Santiago López Castillo

¡Que mantas!

¡Que mantas!
Santiago López Castillo. PD

Entre refugiados, emigrantes con y sin pateras, escaladores de verjas con fronteras y top-mantas estamos aviados. Encima, dos alcaldesas encaramadas a la escalada de la necedad, o sea progres, están dejando las dos grandes ciudades de Madrid y Barcelona hechas unos zorros. A la suciedad de nuestras calles, pura mierda, se suman esos vendedores ambulantes que campan por sus respetos. Con otros gobiernos munícipes se hacía la vista gorda y a lo máximo, el negrito recogía su mercancía y se iba dos calles más abajo. Ahora, no. Ahora, ancha es Castilla si no se independiza. Y no se le ocurra a usted reprender a estos ilegales porque le cae la del pulpo. Con un simple arquear de cejas, llegará una voz con timbre de oenegé y le reprenderá al grito de «todos tienen derecho…» pero no obligaciones (de las organizaciones llamadas humanitarias habría mucho que hablar en las que se dan intereses perversos).

Mossos de esquadra detuvieron a unos manteros que pasaron a disposición judicial y, finalmente, a la cárcel. Pues nada. Estando la Colau en Barcelona y en Madrid la Carmena, ¡ay!, los negritos a la calle. De ello se encargó una jueza -de la línea política de la munícipe madrileña, al parecer, cuán politizada está la judicatura, siempre virando hacia la izquierda-; de ello, decía, se ocupó una magistrada y excarceló a las criaturas morenas, siempre en chandals de marca, con móviles de última generación y con derecho a atención sanitaria en primer grado, segundo y tercero. Nunca olvidaré, por una emergencia, llevar a mi nonagenaria madre a La Paz para una radiografía. Entramos a las nueve de la noche y hubimos de salir por desistimiento a las dos de la madrugada porque por delante tenían que estar los sudacas, sin ánimo peyorativo, y los de la tez morena.

Comprendo que la descolonización de África se hizo mal. Pero los países de los nativos algo podrían hacer para mitigar la hambruna. Quiero decir, los gobernantes que viven cual jefe de la tribu con todo tipo de lujos mientras sus súbditos se mueren de asco. Menos mal que los misioneros vienen desde hace años dándoles sustento y ocupándose de sus enfermedades. Pero una vez acogidos estos pobres indigentes, han de someterse a la legalidad del país de acogida. Es lógico que comerciantes de las calles que ocupan estos «mantas» se quejen con toda la razón. Deje usted de pagar los tributos y se las verá con las instituciones y Hacienda. Mas estas ácratas alcaldesas consienten todo y pasa lo mismo con los okupas. A esto lo llaman solidaridad y tolerancia.

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