Ignacio Camacho

Los virtuosos

A esos votantes del PSOE favorables al desbloqueo habría que preguntarles si creen que se merecen a sus candidatos

Los virtuosos
Ignacio Camacho. PD

A los españoles les preocupará de verdad la ausencia de Gobierno el día en que el Estado no pueda pagar las nóminas ni mantener abiertos los servicios públicos. Pero ese día no llegará porque el Estado funciona y porque la política y las leyes, pese al triunfante relato catastrofista sobre su ineficacia y podredumbre, tienen razonablemente organizadas las cosas.

Con unos Presupuestos prorrogados el país no avanzará pero tampoco se quedará exánime; al fin y al cabo lo mismo que suele suceder cuando hay un Gabinete a los mandos. Si se le pregunta a la gente por su grado de inquietud la mayoría dirá que es alto porque se trata del criterio mainstream, el que supone políticamente correcto, aunque no sienta que la cuestión influye en su vida cotidiana.

El bloqueo es un problema objetivo al margen de la opinión pública y por eso urge resolverlo; lo que está fuera de lugar es apremiar la solución apelando a un clamor ciudadano que, como casi todo lo que sucede en las encuestas, tiene mucho de impostado.

En ningún sondeo publicado aparece, sin embargo, una pregunta esencial para entender el verdadero estado de ánimo sociológico: ¿Prefiere usted que haya un Gobierno de signo distinto al de su ideología? Si las respuestas fuesen sinceras -y no siempre lo son- podrían registrarse ciertas sorpresas que tal vez explicasen estos 302 días provisionales. Pedir que los políticos se pongan de acuerdo es muy fácil; el mérito está en aceptar que lo hagan en sentido contrario al de nuestro propio voto.

A esos generosos votantes del PSOE que se manifiestan favorables a dar paso a Rajoy con tal de desbloquear la situación habría que darles una condecoración a la virtud cívica; están manifestando mucha más madurez y menos sectarismo que sus representantes electos. Nadie les ha interrogado, sin embargo, sobre si en caso de persistir el atasco volverían a apoyar al mismo partido. Es decir, si creen que se merecen a sus candidatos.

Pedro Sánchez está convencido de que sí. Es más, piensa que su terco obstruccionismo le arrimará además un montón de votos procedentes de Podemos, y que la mayoría del electorado de izquierdas prefiere el impasse a la reelección del presidente en funciones.

Quiere ser el héroe de la resistencia a la derecha, el William Wallace del izquierdismo dogmático. Y no se cree las encuestas, de lo cual ciertamente nadie puede culparlo. El secretario general -un líder es otra cosa, como bien dice el colega Gonzalo López Alba- de los socialistas confía en la posición irreductible del llamado «voto biográfico».

Él también sabe que el Estado no va a cerrar porque no haya Gobierno y si no es con él al frente no parece dispuesto a facilitarlo. Sólo hay un modo de conocer cuántos españoles están de acuerdo con su actitud, que es el de contarlos en las urnas, y ése es precisamente el que casi todos, al menos de boquilla, repudiamos.

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