Rosa Belmonte

Matar a los hijos

¿Mandar a tu hijo con un cinturón explosivo a volar una mezquita? Al final van a hacer buena a Magda Goebbels

TODOS hemos hecho mandados para nuestros padres a regañadientes. Y había que traer bien las vueltas. Pero muchos tenemos la suerte de que no nos hayan pedido que fuéramos a la mezquita con explosivos. Y mucho menos con una camiseta del Barça. Imagina morir con eso puesto.

Soy mucho más partidaria de morir vestida de Salomón, igual que Tyrone Power en Madrid. Con botas, estola, brazaletes y maquillaje. El adolescente de 14 años pillado en Kirkuk (Irak) antes de explotar dijo a la policía que lo había mandado su padre y que uno de sus hermanos ya se había inmolado. Venían de Mosul.

El padre, un gandul. Mandar a los hijos en lugar de ir él a hacer el mal. Aunque lo mismo había utilizado psicología inversa. Ya se sabe que hay tres maneras de conseguir hacer alguna cosa: hacerla uno mismo, pagar a alguien o prohibírsela a tus hijos.

Se entiende mucho más al chiflado japonés que ha apuñalado y matado al suyo de 12 años porque no había estudiado para su examen de ingreso en una escuela privada. Quería lo mejor para el chiquillo.

Ha dicho a la policía que lo ha apuñalado «por error». Hombre, por error le pegas un tiro en el culo, como Fraga a Carmencita Franco. Al final, a la que se entiende de verdad es a Magda Goebbels. La solución final con sus seis pequeños no fue tan descabellada.

Échate al mundo siendo hijo del «pequeño y cojito jerarca del propagandismo germánico». Así lo llamaba en sus memorias Giménez Caballero al contar cómo le enseñó a manejar el capote que le llevó de regalo. En la carta que Magda mandó desde el bunker a Harald Quandt, su hijo mayor (que no era de Goebbels), le escribió que sólo había un honorable final para sus vidas nacionalsocialistas.

La llamada primera dama del Tercer Reich ya había dejado que su padre biológico muriera en Buchenwald. Richard Friedländer era judío, claro. Lo ha confirmado el historiador Oliver Hilmes. Claude Lanzman criticaba una frase de Imre Kertész en «Sin destino» (de vuelta a Budapest, el protagonista dice echar de menos el campo). Lanzmann cree que es porque la experiencia de Kertész no se refieren tanto a Auschwitz como a Buchenwald, que no era un centro de exterminio.

No habría cámaras de gas, pero sí fusilamientos, enfermedades, tortura, trabajos forzados o experimentos médicos. 56.000 muertos. 11.000 judíos. Uno de ellos, el padre de Magda Goebbels.

Magda llevó hasta sus últimos extremos eso con lo que la escritora Kathy Lette bromearía muchos años después: «Me encuentro en esa fase de la maternidad en la que meto a los niños debajo del fregadero y pongo a su alcance las sustancias de limpieza tóxicas» (Lette tiene una novela mala con un título que me encanta: «Atracción Fetal»). No es porque descubriera unos pocos grados de separación con Magda Goebbels pero una acaba entendiendo que liquidara a sus hijos.

Los pocos grados vienen de mi relación con los hijos y nietos del imaginero murciano Garrigós del que Giménez Caballero llevó (y montó) un Nacimiento a la familia antes de pretender emparejar al Führer con Pilar Primo de Rivera. Que los mató por su bien.

No tenían futuro sin el Tercer Reich, como dice en «El hundimiento» a Albert Speer. Pero a esa rata que manda a sus hijos con un cinturón de explosivos no le encuentro justificación.

El PP y Ciudadanos han concluido que la corrupción política se reduce al enriquecimiento personal y a la financiación ilegal.

Pero en su día exigieron la dimisión de Chaves y Griñán. Los políticos pueden definir qué es la corrupción con el mismo fuste que yo decidir cuándo está bien matar a los hijos.

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