Santiago López Castillo

¡Qué se vayan!

¡Qué se vayan!
Santiago López Castillo. PD

Una vez más, mil veces más, un millón de veces más, la Guardia Civil ha vuelto a deslumbrarnos. Es la institución ejemplar, sobria, serena, que da todo por la Patria si algún ministro socialista no le amputó el emblema como se hizo en El Talar (Academia de Suboficiales) a instancias de los independentistas. Un agente de la Benemérita, fuera de servicio, con sus dos hijos salvó la vida a ocho personas en un embalse de Cáceres donde una embarcación estaba ardiendo.

Se me viene a la memoria la genial portada de Mingote en ABC -allá por los años 80- en que un guardia civil sacaba de las aguas de una riada a un hombre con chapela y con idéntico título que este escribidor pone aquí para ensalzar la ingente labor de este Cuerpo ejemplar y supremo. De cuántas tragedias no nos habrá salvado esta gloriosa institución, la más valorada con el Ejército y a los que ponderamos sus gestas nos llaman «fachas». Bueno, ¿y qué?

Salvo los recalcitrantes, radicales y esperpentos, derrotados en la guerra civil, el común de los mortales admira la abnegada labor de esta gloriosa institución. Tropecientos mil ejemplos y tan callando. La seguridad de los pueblos, los montes en llamas, detectores de la droga asesina, rescate de emigrantes en pateras, salvadores de tierras temblorosas, perseguidores de delincuentes, protectores de los animales del planeta, mano ejecutor de los violentos de género… En cierta ocasión, invité en mi programa «Parlamento» al director general de la Guardia Civil Santiago López Valdivieso. Pero con la condición de que viniera con sus perros policías. Dicho y hecho. Era la primera vez que estos canes pisaban un plató de TVE en directo. Me sentí henchido de emoción.

¿Qué sería de nosotros sin la Guardia Civil? ¿Y que sería de los bocazas que claman para que se vayan «y nos dejen en paz»? ¿Qué paz? La de los muertos. En más de una ocasión, los guardias civiles han socorrido a etarras y a sabiendas de que eran auténticos terroristas. Sentí vergüenza ajena, en cambio, cuando Tejero agredió y zancadilleó al teniente general Gutiérrez Mellado, y servidor hacía la transmisión el día del 23-F.

Pero volvamos al héroe origen de estas líneas. Se llama Miguel Ángel García Sánchez, que en el embalse de Gabriel y Galán, en Cáceres, salvó la vida a ocho personas que zozobraban en su embarcación ardiendo. Se le debe condecorar con la Cruz del Mérito de la Guardia Civil. La institución armada que no descansa ni en posición de descanso y vela de día y de noche por nuestra seguridad. Para los que la tildan de «franquista», les recordaré que se fundó el 13 de mayo de 1844 por el Duque de Ahumada. En toda su historia, lució -ante cualquier ideología- su máxima de «Todo por la Patria». O lo que es igual, un alto honor.

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