Fernando Jáuregui

¿Seguro que España funciona sin Gobierno?

¿Seguro que España funciona sin Gobierno?
Fernando Jáuregui. PD

Pienso que, tras la fallida investidura de Mariano Rajoy, se extiende por toda España, más como chascarrillo que como verdadera convicción, la especie de que el país puede funcionar perfectamente sin Gobierno, o con un Gobierno en funciones, que es como tener un Ejecutivo con una mano atada a la espalda y la otra esposada a una farola.

Aunque las cifras que esgrime el ministro Guindos –advirtiendo de que las cosas pueden empeorar, y mucho– son, en general, buenas, los datos del paro aparecidos este viernes auguran tiempos de nubarrones.

Y la experiencia cotidiana de usted y mía nos indica que todos conocemos a gente que tiene sus asuntos simplemente paralizados porque nadie, en la Administración con unos Presupuestos prorrogados, puede o quiere tomar decisiones.

Así que no son solamente los males derivados de las posibles sanciones europeas, los editoriales cada vez más cáusticos de los medios extranjeros o los riesgos de recesión que siguen de la falta de unos Presupuestos generales del Estado para 2017, como nos advierten voces gubernamentales.

No tener un Gobierno que gobierne de acuerdo con los nuevos moldes, no autoritarios y participativos, que deberían caracterizar al poder en España, tendrá indudables consecuencias para usted, para mí, para nuestras familias y nuestros vecinos, que contemplaremos cómo se van deteniendo nuestros proyectos, cómo hay inversiones comprometidas que no llegan, cómo el tiempo va corriendo claramente en nuestra contra, corroyéndolo todo.

Porque España, aunque a veces pueda parecer peor tener un mal Gobierno, o un des-gobierno, que un Gobierno con capacidad limitada, que, además, puede ser malo, no es capaz de funcionar por sí sola. Por muchos errores que nuestros responsables cometan en su exceso de afán regulatorio, en sus trapisondas, en su falta de visión, no existen en nuestro país ni una Administración lo suficientemente sólida y autónoma ni una sociedad civil digna de tal nombre que puedan aguantar un año sin que el peligro de desmoronamiento encienda las luces rojas. Casi todas las luces rojas.

Me producen algo de escándalo ciertas voces, incluso algunas que considero sensatas y hasta amigas, que nos hablan de que todo va bien, que nada es preciso cambiar en nuestras regulaciones y leyes y que no hay que dramatizar ante el tiempo que llevamos desgobernados, que peor lo tuvieron en Italia o Bélgica, por ejemplo, y ahí siguen (menudos ejemplos).

Y que, si hay que celebrar unas nuevas elecciones, aunque sea en tiempos navideños, pues se celebran y en paz (será por aquello de la Noche de Paz). Porque, nos añaden esas voces, fíjense ustedes en los restaurantes y los hoteles llenos, los millones récord de turistas que vienen a este maravilloso país lleno de encantos, las carreteras estupendas y los trenes de alta velocidad a tope: el país marcha, funciona.

Y eso es precisamente lo que a mí me inquieta: no que haya lugares turísticos donde incluso estén pensando en limitar el número de visitantes, porque ya no cabe un alfiler; no, por supuesto, el número de empleos crecientes, pero inestables, que genera este ‘boom’ turístico, en parte, lamentablemente, generado no solo por las evidentes bondades del territorio español, sino por la huida de turistas de otros países más amenazados que el nuestro, aunque, lógicamente, me angustie que ese terrorismo ciego exista y golpee donde puede.

Lo que me inquieta de veras es que en esta sociedad española lo único que funciona es precisamente eso, el turismo, que está tirando de todo lo demás. Que este puede ser, dicho sea con todos los respetos y admiración a una profesión que es la de algunos familiares, casi exclusivamente un país de camareros y empleados de hotel. Que la organización de la sociedad civil se limite a un grupo, cada vez más numeroso, de grandes, medianos y pequeños emprendedores en este sector. Y pare usted de contar, o poco menos.

Hace tiempo que sé que nuestros responsables, algunos de los cuales tan irresponsablemente se comportan hablándonos de ideología y de la supervivencia de sus partidos, en lugar de preocuparse de los intereses ciudadanos, desdeñan comentarios como este que ahora concluyo: están convencidos, ya se ha visto en esta sesión de investidura, de que ellos, y sólo ellos, tienen razón. Y quienes discrepamos de esta razón, que no somos pocos, estamos todos vendidos al enemigo.

No quiero abandonar toda esperanza: muchas cosas han de pasar de aquí a que, el 31 de octubre, ‘ellos’ se vean forzados a convocar las terceras elecciones en un año, no sé si el día de Navidad o lograrán ponerse de acuerdo para que tengan lugar una semana antes. Lo único que espero es que, lo que tenga que pasar, entre comités federales, congresos de partidos, sustituciones, cambios forzados de opiniones-que-de-ninguna-manera-iban-a-cambiar, pase ya de una vez.

Importa un rábano la supervivencia de ciertos llamados líderes y de ciertos partidos que marchan de manera tan anticuada; lo que importa es nada menos que la supervivencia de la nación, y no me estoy poniendo dramático, como dicen esas voces ‘tranquilizadoras’, autosatisfechas y conformistas a las que antes me refería.

Aunque, como siempre, lo que pase ocurra, valga la expresión, ‘pasando’ de nosotros, que, total, sólo somos los que votamos –aunque eso ya lo veríamos en su momento– y pagamos impuestos, entre otras cosas para pagarles a ‘ellos’ sus sueldos. Con tal de que lo que pase sea lo que debe pasar, todo lo damos ya por bueno en esta sociedad conformista que nos hemos dado*

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