Manuel del Rosal

Unos -muy pocos- se elevan a los cielos mientras otros se arrastran como gusanos

Unos -muy pocos- se elevan a los cielos mientras otros se arrastran como gusanos
Madre Teresa

«Buscando el bien de los demás encontramos el nuestro» Platón, filósofo griego
La madre Teresa de Calcuta acaba de ser declarada santa. Antes recibió el premio Nobel de La Paz, uno de los pocos premios Nobel de La Paz justamente merecidos.

Teresa se olvidó de sí misma para entregarse a los demás. Eso, en un mundo donde el egoísmo es uno de los pilares donde este se asienta junto a la injusticia, la cobardía y la mentira; es algo inaudito. Teresa se ha elevado hasta los altares desde la humildad, la entrega a los demás y el trabajo orientado a hacer el bien. Y no olvidemos que todo eso lo hizo con el coraje que para hacerlo se necesita.

No vayamos a creer que para ser santa hay que estar en la mojigatería, no; para ser santa o santo hay que ser fuerte en tus convicciones, tener coraje, no ceder en los momentos penosos y difíciles, hacer frente a quienes – llevados de su envidia y egoísmo – te ponen palos en las ruedas y piedras en el camino. Para ser santa o santo basta con entregarte con amor a los demás, ser feliz cuando los demás lo son, olvidarte de ti para dárselo todo a los demás.

Y no creamos que los santos y las santas no tiene momentos de duda, de debilidad, de cansancio, pero todo lo vencen cuando la sonrisa de un niño o el agradecimiento de un pobre enfermo brillan como una estrella ante los ojos de quien, tras un día y puede que una noche de intenso trabajo dedicado a los demás, se siente reconfortados por el brillo especial e indefinible de esa sonrisa y ese agradecimiento, brillo que jamás podrán percibir quienes, en vez de elevarse se arrastran como gusanos empujados por su egoísmo, su ambición, su codicia, su odio, su rencor, su resentimiento, su inmundicia, su envidia, su usura, su cobardía, su lujuria, su infidelidad, sus engaños, sus mentiras, su traición, su fetidez, su corrupción, su perversión.

Son los que se arrastran por el légamo de las cloacas para poder elevarse un poco, para poder asomar su cabeza por entre el dinero o el poder que ambicionan. Son los que, dominados por un egoísmo desaforado, carecen de la capacidad de pensar en los demás. Desafortunadamente para el mundo los dedicados a los demás, los que se olvidan de sí mismos para entregarse a sus semejantes, son muy pocos en comparación con los que han hecho de su egoísmo, de su cobardía, de la satisfacción de sus más bajos instintos, de la explotación de los pobres, del aprovechamiento de los humildes, del engaño masivo a los ciudadanos el Leifmotiv de sus vidas.

Y el engaño masivo a los ciudadanos está presente en España desde hace meses. Engañan los que quieren alcanzar el poder. Pervierten la palabra, anulan la verdad, vomitan promesas imposibles de cumplir, demonizan al contrario y ellos se alaban mientras esconden en la mochila sus ambiciones, sus ansias de poder. Están dominados por un egoísmo desacerbado, bárbaro, demoledor. El olor a poder les embrutece en sus ambiciones aún más de lo que ya están embrutecidos. No ven, no oyen, no perciben a los demás; por lo tanto, no hacen ni harán nada por los demás. Para estos ejemplares solo hay una cosa: EL PODER A CUALQUIER PRECIO. Los vapores adormecedores del vino de la ambición y el poder los dominan.

Son incapaces de sentir empatía, de ponerse en el lugar del otro. Carecen de los resortes humanitarios y mentales para pensar en el bien general porque confunden su bien con el de los demás a los que sacrifican para obtenerlo. En nuestro caso concreto España y los españoles son para ellos instrumentos al servicio de sus deseos, de sus instintos, de sus planes maquiavélicos. Es por eso que nos utilizan y usan para alcanzar sus fines, fines inconfesables por lo oscuros, perversos e insolidarios. Son los que, al contrario que los que como Teresa encuentran su bien a través de llevar el bien a los demás, utilizan y usan a los demás para alcanzar sus propósitos.

El mundo no va bien. España no va bien. Es imposible que puedan ir bien mientras los que se elevan por su generosidad, su entrega, su amor a los demás sean tan pocos en comparación a los millones y millones que se arrastran como gusanos por el muladar de sus ambiciones, deseos e instintos más bajos, sirviéndose de los demás para alcanzar sus fines escondidos en los oscuros entresijos de sus perversas mentes.

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