Ignacio Camacho

Abrazafarolas

Abrazafarolas
Ignacio Camacho. PD

UN Gobierno como el de Rajoy, que tiene entre sus tachas más visibles la del descuido del relato posterrorista, debería mostrar cierta cautela, siquiera diplomática, ante el llamado proceso de paz -qué resbaladiza palabra- colombiano. En primer lugar porque el acuerdo está pendiente de ratificación plebiscitaria, aunque se trate de un referéndum trucado.

En segundo término, porque una parte de la sociedad de Colombia está en contra del convenio, con el significativo apoyo de dos expresidentes cercanos a la ideología del PP que en su momento asumieron el duro coste de negarse a cerrar el conflicto en los humillantes términos ahora firmados. Y por último, porque España es un país que sabe, o debería saber, lo mal que sienta en casos como este, llenos de dolor, heridas y cuentas pendientes, el aplauso superficial y unánime de los foráneos.

El concierto de Zapatero con ETA, más o menos subrogado por el marianismo, es la rendición del tren de Versalles comparado con el compromiso que ha aceptado el presidente Santos. Aquí hemos legalizado al brazo político del terrorismo, pero al menos los tribunales ponen freno a la reinserción exprés de ciertos etarras en comisión de servicio.

Y bien que dolió que la Corte europea forzase, al tumbar con displicencia buenista la doctrina Parot, la excarcelación de algunos criminales sanguinarios. Sólo por eso convendría ser prudentes ante un pacto que blanquea a la narcoguerrilla, blinda judicialmente a sus componentes y les concede la posibilidad de convertirse en respetables próceres del Estado.

Los importantes intereses españoles en la zona no justifican la alharaca oficial sobre un asunto que entre nosotros suscita odioso paralelismo con heridas sin cauterizar y sufrimientos mal aplacados.

Ha tenido que ser Felipe VI el que matice el alborozo gubernamental negándose con cordura -sea cual sea su opinión personal- a avalar con su presencia la solemne firma del tratado. Irá Don Juan Carlos y ya es mucho rango para un evento que hiere la sensibilidad de tantos colombianos. Bastante lejos fue el Rey al dar su visto bueno en el discurso ante la ONU, como lejos ha ido el PP al encabezar el unánime respaldo del Congreso a la diplomacia abrazafarolas de Margallo.

Si esta fuera una nación ajena al drama terrorista tendría la cosa un pasar; se da sin embargo el caso de que hemos vivido una larga calamidad que a escala resulta nimia comparada con la escabechina civil de Colombia. Ni nuestros 860 muertos ni los miles de allí se merecen el olvido y tal vez la derrota a los que los condena este brindis pancista, banal y apresurado.

Es verdad que no son magnitudes ni circunstancias comparables… o sí. Porque terrorismo es terrorismo, democracia es democracia y Estado es Estado aquí y allá. Y porque nada se parece más a un terrorista que otro terrorista, ni un Gobierno pusilánime a otro Gobierno entregado.

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