Laureano Benítez Grande-Caballero

El príncipe de los Leónidas

El príncipe de los Leónidas
Laureano Benítez Grande-Caballero. PD

Aunque parezca increíble, en la escena política española, por donde pululan personajes de un endemismo español sobrecogedor, ha surgido una nueva especie, integrada «cum laudem» en el Parnaso del esperpento nacional: «los Leónidas».

Realmente, más que una nueva especie, es una mutación de una ya preexistente: «los indimisibles», nicho ecológico constituido por todos aquellos personajes que se niegan a dimitir, a pesar de haber fracasado estrepitosamente en los cargos para los que fueron nombrados o votados, e incluso aunque les lluevan chuzos de punta por doquier debido a probadas corruptelas, y les organicen estrepitosas caceroladas que con un clamor cósmico exige su dimisión por sus tramposerías, más o menos mafiosa, y su incompetencia.

Impasibles el gesto y el ademán, diríase que son sordos y que, además, no quieren oír las tamborradas galácticas de un pueblo que lucha por despegarles de sus poltronas, de su sitiales aterciopelados, de sus golosas prebendas, de sus celestiales privilegios, de su obsesiva adicción al poder. Lejos de ceder a la presión de la calle, se enrocan más y más en sus fortalezas numantinas, en sus torres de marfil, en sus matacanes almenados, rodeados de su corte de pretorianos, que no dudan en entonar a su reyezuelo aquello de «Ave César, morituri te salutant».

Van de derrota en derrota hasta el fracaso final, pero ni aún así sueltan su boca tenazmente succionadora de la gran ubre del poder. Al grito de «Vade retro, audaces fortuna juvenat», se transmutan en kamikazes de un sol lastimsamente en poniente, en un patético Séptimo de Caballería al mando de ineptos generales Custer que llevan a sus rebaños a una cruel escabechina, donde mueren con las botas y los votos puestos.

Son los Leónidas, los espartanos que intentaron vencer a un ejército persa terriblemente superior en el desfiladero de las Termópilas: 7000 griegos contra 250.000 persas. Tenían más moral que el Alcoyano, sin duda. Ahí nació la leyenda de Leónidas I, rey de Esparta, el pionero de los perdedores románticos. Sin embargo, a decir verdad, el mérito de iniciar esta especie hay que atribuírselo al bíblico Sansón, que se llevó por delante a una muchedumbre de filisteos cuando abatió las columnas de un templo, aun sabiendo que moriría en el intento.
Luego llegaron las odiseas de otros Leónidas: los numantinos, la epopeya judía de Masada, la legendaria masacre de milicianos secesionistas texanos asediados en el fuerte de El Álamo por el ejército de México… Emocionantes hazañas de grupos humanos que combatieron como nunca y murieron como siempre. Superados en número, asediados, fueron protagonistas de crónicas de muertes anunciadas, resistiendo ahora y siempre a los invasores en sus aldeas irreductibles.

Sin embargo, a pesar de su perfil de fracasados, esos Leónidas se revistieron en la historia de una aureola legendaria, porque su locura suicida ha conmovido a los siglos por la épica de sus valerosas gestas.

De esos Leónidas hemos tenido muchos en España, sobre todo en aquellos hidalgos que surcaron los mares y se adentraron en apocalípticas selvas e imperios abrumadores con un par. Pero nuestros Leónidas de ahora son diferentes, pues, en la hora decadente de nuestra Patria, se enfrentan a batallas perdidas no para defender con su vida a su Patria o los valores de la colectividad que representan, sino para salvaguardar sus intereses personalistas, sus privilegios, sus ambiciones desmedidas de poder, aunque para ello tengan que traicionar a su país.

Es así como aquellos heroicos aventureros han degenerado en los «indimisibles», cuyo caso más extremo es el de los pedristas o sanchistas, sociatas alucinados asediados por tierra, mar y aire por una arrolladora avalancha persa. Siguiendo locamente a su Papá Luna, pretenden gobernar un país aliándose con los que quieren destruirlo. Bondad graciosa: no solo no dimiten, sino que además sueñan con las mieles del poder.

Y ahí le tenemos, al «Cisne negro», a nuestro Custer castizo en su Little Bighorn, al frente de su falange de pretorianos, que le jalean con la esperanza de que les caiga algún despacho, alguna secretaría o alguna ínsula en el Gobierno Frankestein, militando en un dramático «Grupo Salvaje» estremecedor que recuerda sobremanera a los Leónidas de la famosa película de Sam Peckinpah. Son puro morituri, pero lo harán sobre las tierras quemadas del PSOE y de la España que les importa un pimiento.
Ahí resiste, en la soledad del corredor de fondo, agobiado por una balacera inmisericorde, por un amenazador ruido de sables, creyéndose presidente en su palacio incendiado, cuando no es más que un Laocoonte atormentado por las boas constrictoras de una opinión pública indignada con su patética ambición de gobernar a cualquier precio, un general de horizontes arrasados, polichinela en manos de la horda podemita que ríe ante su cadáver como hienas ante la carroña. Casi no tiene quien le escriba, casi nadie guardará luto por él, pero ahí sigue, príncipe de los Leónidas, pretendiendo cabalgar después de muerto, mientras grita al mundo: «Iré como un caballo loco» -precisamente el nombre del indio que derrotó al inepto Custer-.

Nuestro Leónidas Sánchez no quiere abstenerse con Rajoy porque le considera un corrupto, pero, sin embargo, negocia con la antigua CIU, el partido del 3%; quiere echar a Rajoy, pero afirma sin tapujos que seguirá votando en contra aunque el PP cambie su candidato; considera corrupción los papeles de Bárcenas, pero no duda en perpetrar la enorme corruptela de destruir España pactando con terroristas e independentistas, a pesar de que esto le ha sido prohibido por el Comité Federal.
Emperador de humeantes ruinas, reyezuelo de la nada, canciller de una fortaleza asediada, quiere gobernar con 85 diputados -como Leónidas quiso vencer con sus 300 espartanos-, de los cuales un numeroso grupo votaría en su contra en caso de que se presentara a la investidura, que por esta razón estaría condenada al fracaso aunque se aliara con los mismos demonios del infierno. Ya le gustaría al Sánchez tener a 300 fieles seguidores, y que fueran espartanos de pura cepa -Por cierto, la palabra «Termópilas» significa «Puertas Calientes». A buen entendedor…

Poseído completamente por el cruel demonio del poder, abducido por colocarse los laureles imperiales de su minuto de gloria, Sánchez pretende desesperadamente ser presidente, aunque sea por un día, aunque para eso tenga que llevarse por delante a su partido y a su Patria.
Porque una cosa está clara: pactar con Podemos es entregar en bandeja el PSOE a los radicales de izquierda, porque supondría enfangarse en el derecho a decidir que defienden los podemitas, totalmente contrario al constitucionalismo que está en la esencia de la socialdemocracia pragmática que el PSOE ha aportado desde la Transición. Además de las concesiones que tendría que hacer a los podemitas, el ejercicio del poder por los radicales les proporcionaría una relevancia mediática de la que carecerían en el caso de que los socialistas ejercieran la oposición, pues entonces la nada sería el nicho mediático de los populistas. Y eso sin tener en cuenta que perderían por completo el voto de la izquierda moderada que siempre han representado los socialistas: es bastante improbable que un votante socialista castellano-manchego dé si confianza a un partido que pacta con quienes pretenden destruir España.

En tales circunstancias, el bochornoso espectáculo que están dando los socialistas les impide acudir a unas terceras elecciones, donde serían durísimamente castigados, con lo cual el «sorpasso» podemita estaría servido. Como el gobierno Frankenstein es totalmente imposible, porque muchos socialistas no votarían a favor de él, los Leónidas atrincherados en Ferraz son ya zombies, muertos vivientes, Leónidas de pacotilla esperando en el corredor de la muerte que la maldición persa arramble con ellos hasta los abismos de la nada, a través de las «Puertas Calientes» que abren los infiernos del fracaso, del ridículo, de la derrota.

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