César Valdeolmillos Alonso

No molestar a la orquesta

No molestar a la orquesta
César Valdeolmillos Alonso

Un líder lo es cuando sus seguidores le admiran, le quieren y le respetan por su forma de dirigir la organización a la que representa, y sobre todo, si está orgulloso de pertenecer a ella y de dirigirla, evita a toda costa que la misma protagonice un bochornoso espectáculo del que tengan que avergonzarse propios y ajenos.

El dirigente con categoría social, política y humana, es aquel que lima aristas, armoniza, auna voluntades y consigue que los distintos pareceres de quienes integran la institución de la cual es máximo responsable, se orienten por convencimiento y no por la fuerza, hacia la consecución de un objetivo común. De lo contrario, si percibe que su proyecto produce un rechazo notorio y no es capaz de persuadir a quienes no lo comparten, lo que debe hacer, por bien de la organización es dimitir y evitar las heridas que siempre producen las confrontaciones abiertas.

La misión de un lider que lo es, no es cavar trincheras entre sus propias filas, levantar murallas que protejan a unos en contra de otros, ni volar los puentes de diálogo; no es la de vencer, sino la de convencer. Vencer con…
Su labor es similar a la de un director de orquesta: lograr que la aportación combinada de las distintas secciones de la misma, constituya una sucesión de sonidos modulados para recrear el oído y que finalmente su bien hacer, arranque la ovación entusiasmada del auditorio.

Esta es la labor de cualquier dirigente político. Conjugar las distintas tendencias existentes entre sus cuadros para que todos interpreten una misma partitura. Una partitura que entusiasme al electorado y al final obtenga como premio la ovación entusiasmada en forma de votos.

Pero claro, si la cuerda interpreta una composición, el viento otra diferente y la percusión no sabe a que carta quedarse, mientras el director va por libre ¿Se imaginan cual puede ser el resultado? Lo más probable es que el público, cansado de tamaño desorden y confusión, termine por levantarse y escapar de aquella barahúnda.

Y esto es lo que le ha pasado, concierto tras concierto, a la orquesta del Partido Socialista. El público, en forma de votantes, le ha ido dando la espalda progresivamente, hasta el extremo de que han sido los propios profesores, los que temerosos de quedarse finalmente sin auditorio, han forzado al director a dimitir.

El director de orquesta tiene que ser consciente de que para conquistar el aplauso del público, a quien primero tiene que seducir es a los propios profesores a los que va a dirigir, pero no imponiendo su criterio por la fuerza que le otorga la batuta, sino por su conocimiento musical, intelectual y emocional de los sentimientos que la partitura pretende transmitir y reflejar en el momento de su recreación, y lo que es muy importante: que esta identificación que el director hace de la obra, sea capaz de transmitirla fielmente a todos y cada uno de los instrumentistas, para que ellos a su vez, puedan convertir las notas muertas escritas en un pentagrama, en emociones vivas que conmuevan lo más profundo de quienes componen el auditorio.

Esto es algo que debe tener muy presente cualquier dirigente, porque el director, ninguna partitura puede recrear sin la orquesta, mientras que la orquesta, si puede elegir otro director.

Lo más grave de esta triste situación, es que la fecha del concierto está fijada y es perentoria, los profesores están divididos, carecen de director y no saben que partitura interpretar.

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