Jordi Rosiñol Lorenzo

Diversa realidad ¿Real?

Diversa realidad ¿Real?
Jordi Rosiñol Lorenzo. PD

Con cierta pero difusa agitación, recibo el nuevo día, con la vista perdida en el confín de la diminuta sala de estar, intento rememorar la noche a la que dio paso un capítulo más de la previsible serie de tv de medio pelo, plagada de psicópatas y dulzones y musculados investigadores, ¿El sueño? ¿El sueño o realidad de la noche?

Asido a la avejentada taza de café caliente, muy caliente, que humea e impregna la atmosfera de la estancia, dotándola de la fuerza que necesito para encarar una nueva jornada. La mañana asoma triste por el húmedo cristal de la ventana, hoy la neblina priva a los tímidos rayos de sol a rozar siquiera la tierra.

Con el pijama puesto aún, noto el roce de la felpilla en su interior, una prenda que debía haber jubilado hace ya varios inviernos, sino fuera por la manía de cogerle cariño a objetos cómplices y obsoletos, el atuendo desluce a la altura del pecho un estampado que ni recuerdo, o que quizás, mi consciente no quiere recordar, acompaña el guiso unas pantuflas de las que prefiero ni hablar!

Recostado en el sillón, y con la mente vestida de inquietud intento recordar que ha sucedido ¿Por qué fue tan larga la noche? Con la mirada fija y casi sin pestañear, sé que la noche pasada no ha sido igual que el resto de noches dormidas durante los cuarenta y ocho años anteriores que la preceden.

Despierto, pero en trance, las imágenes habituales que llegan a la retina van desapareciendo en un sueño despierto.

Y voy recordando, no, mejor dicho, voy retomando lo sucedido, pero no solo mi mente, mi cuerpo, mi alma regresa! Vuelve a un lugar que sorprendentemente para nada me es desconocido, y sin haber estado nunca.

A la caída de la mirada en el extraño horizonte el día se torno soleado, caldeaba como solo caldea al Sur el mediodía, parado en la calle, pisando la tierra compactada de la calzada, ensimismado recibo el grito de un transeúnte «zagal andas atontao o qué? sarte der medio» sin contestar, y escuchando como se alejan los improperios, me recojo en la desigual acera, al bajar la vista veo mis manos aniñadas, las piernas sin vello vestidas con un pantalón corto que mira de lejos las alpargatas que cubren los pies, y sobre el que cae una blusón blanco amarillento.

Busco rápidamente a mí alrededor, y brusco freno delante del cristal del escaparate de una tienda de ultramarinos, con el corazón acelerado, el improvisado espejo me devuelve a un chaval de no más de doce años, un chaval que no había visto nunca, pero que con seguridad si conocía, y por supuesto sabía que era yo.

Aún embobado delante de la penca de bacalao que cuelga de un gancho al otro lado del escaparate, y que no había visto en todo el tiempo que llevaba allí parado, que no vi, hasta que, ya como debe ser costumbre en el pueblo, recibo sobresaltado un nuevo grito, un chillido que me eriza desde el lazo de las alpargatas hasta la nuca, esta vez procede de una garganta femenina, femenina digo por ser educado, que no por la gravedad e intensidad volumétrica de la buena señora, que no es por decir, que la Angustias lo era, era buena mujer, y muy buena vecina a pesar del tormentoso vozarrón que se gastaba, «Migueee hijo ves a la taberna del doblao, que tu padre anda liado con demasiados chaticos entre pecho y espalda ya a estas horas» Uffff otra vez! Mezcla de rabia, y vergüenza colorean mis mejillas, caminado sin querer, y con ligera torpeza me dirijo al antro.

En la cabeza retumban pensamientos, calificativos de todas clases que me duelen desde el mismo momento que brotan de mis entrañas «otra vez? otra vez este hombre? que cabrón!» «no iría, juro por Dios que no iría» y es cierto, no iría si no fuera por mi madre, una santa que a estas horas debe estar acabando de preparar la comida, una modesta perola de no menos modestos alimentos cocinados en ella, cocinados con más amor que viandas, no tengo más remedio si no voy yo tendrá que ir ella a por él, a por el cabrón, ¡y eso no! Eso me duele mucho, me duele mucho más su vergüenza que la mía»…………….Continuara

Jordi Rosiñol Lorenzo.

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