Luis Ventoso

Qué maravilla los desahogos sentimentales y xenófobos

Qué maravilla los desahogos sentimentales y xenófobos
Luis Ventoso. PD

ÉRASE que se era un país que funcionaba estupendamente con una política liberal, de apertura al mundo y atracción de capital y mano de obra extranjeros. Tras emerger rápido del revés de 2008, se convirtieron en los que más empleo creaban de toda la UE, indicio de que no les iba tan mal en ella.

Su paro era friccional, menos del 5%. La llegada de un fuerte flujo de trabajadores foráneos les permitió además eludir la espada de Damocles del envejecimiento demográfico.

Por último, gozaban de una influencia internacional muy superior a la que les tocaba por tamaño. Caían bien y su industria cultural, universidades y televisión constituían un poder blando que se proyectaba en todo el mundo. Pero un día, un grupo de hooligans de corbata, tories ultranacionalistas, cerveceros y con la testosterona a flor de piel, se escindieron del Partido Conservador y crearon uno nuevo: el Partido para la Independencia del Reino Unido (UKIP).

Con sus soflamas ensimismadas comenzaron a ganar votos en la Inglaterra profunda. Su tesis era que su país ya no era soberano, pues estaba subyugado por la atroz bota de la UE e invadido por hordas de inmigrantes, que robaban sus empleos a los buenos ingleses (¡con un 5% de paro!).

Ante el creciente éxito electoral de esa apelación a los bajos instintos, Cameron se alarmó y decidió adelantarlos por la derecha, convocando un referéndum sobre la UE. Calculó mal.

La exaltación sentimental del propio ombligo es un virus que se propaga rápido si se abre la caja de Pandora. Cameron perdió, aunque por menos de cuatro puntos, y dejó un país partido en dos.

Su recia sucesora, la señora May, que invoca el valor de las urnas pero no tiene a bien pasar por ellas, ha copiado el léxico y catecismo de UKIP. Aboga por cerrar fronteras, salir de la UE a la brava y más intervencionismo y endeudamiento para pagar el desaguisado del Brexit. En su partido se queman las manos aplaudiendo. Llegó el «Día de la Independencia».

«Vamos a tomar las riendas de nuestro destino». ¡Qué maravilla!

La libra se escoña. El país pierde simpatías. Las mayores fábricas foráneas amenazan con replegarse. El problema del separatismo escocés se aviva. El capital global arruga la nariz y titubea. El ministro de Economía hace rondas de urgencia por Wall Street pidiendo sopas.

La City de Londres, la mayor industria, peligra si sus bancos pierden el pasaporte europeo. Un gran físico inglés, que ganó el Nobel esta misma semana, se declara «asqueado», advierte que la ciencia del país se va a ir al carajo con la pataleta provinciana y sopesa renunciar a su nacionalidad. La gran bailarina española Tamara Rojo, directora del English National Ballet, se pregunta si la obligarán a coserse una estrella, como a los judíos. Los británicos se han creado un inmenso problema que no existía solo por darse el gustazo nacionalista.

Queridos estadistas de la CUP, Esquerra, Podemos, PSC y restos de Convergència, ánimo, que la liberación nacional va a salir de traca. Una vieja potencia, con 64,1 millones de vecinos, ya está pagando la pavada. Pero seguro que la comunidad autónoma de 7,5 millones se convertirá en el nuevo Shangri-La y el pasmo del orbe. ¿O será que no?

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