Teodoro León Gross

PSOE, ni líderes ni vasallos

PSOE, ni líderes ni vasallos
Teodoro León Gross. PD

En el PSOE empiezan, con cierto desasosiego, a mirar al futuro. Claro que aún tienen un presente endemoniado; y como suele suceder, las ramas no dejan ver la dimensión del bosque.

Pero tras el recuento de cadáveres en el campo de batalla, ha empezado la gestión de daños. La histeria quizá pasó, como dice Page, pero no la conmoción. De momento, con las encuestas y los posos del viejo sentido común, sólo tienen claro evitar terceras elecciones; y a quien duda, se le despacha rápido:

-Y de ir a terceras elecciones ¿con qué candidato?

La mera pregunta pone un gesto de estupor en los capos socialistas, como si un cuchillo les acabase de descorrer la cortina de la ducha en el Motel Bates. El PSOE es un partido descabezado. Y el liderazgo no es un factor importante en el éxito de una organización política, sino un factor determinante (Fiedler & Chemers).

El mandato menor de Sánchez no es un accidente, como Mr. Chance, sino un síntoma. Javier Fernández suscita simpatías, pero es de perfil bajo, tanto que quizá podría servir en Génova pero no en Ferraz; Susana Díaz está achicharrada, y su último fogonazo fue el mensaje de Navidad de 2015, tras dejar pasar el tren en 2014; del gran semillero de Cataluña, Iceta es una caricatura; Madina perdió el aura de liderazgo en las primarias de 2014; los barones tienen la impronta de gobernadores civiles y hasta el senado socialista ha perdido la auctoritas, sobre todo Felipe pero también Rubalcaba, y apenas resiste Borrell, único nombre indemne en esta crisis.

Es tal el vacío, que aún hay quien concede esperanzas a Sánchez, que va por las esquinas recitando «los muertos que vos matáis gozan de buena salud» como un falso Tenorio.

El PSOE arrastra un largo divorcio con la inteligencia, y la ruptura de ese vínculo es uno de sus agujeros negros. Hasta la segunda mitad de los 80, su fuerza de atracción irradiaba sobre cualquiera con algún proyecto público, pero, como concluye el pensador e historiador José Luis Villacañas, «a partir de los 80 fue expulsando de su seno todo lo que tenía que ver con la intelectualidad, estrechando la capacidad de integración y generando una lógica de alto cargo… como partido burocrático, sin ideas, sin frescura y sin capacidad de conectar».

Esa burocracia quizá atraería aún algo de farándula, como Zapatero con el clan de la ceja, pero ya nunca inteligencia. El fetiche de Gabilondo, catedrático de Metafísica sin carnet del partido, retrata su vacío de banquillo. Es el cisne negro del partido.

En ese vacío, la tentación del populismo es una vacuna desesperada. La podemización del PSOE, como apunta la gestora. De hecho Sánchez clamaba a las bases contra las élites del partido por secuestrar su derecho a pronunciarse sobre el «no es no».

La simplificación de los problemas complejos es el secreto del éxito del populismo. Nadie puede descartar el regreso de Sánchez con el señuelo de «devolver el partido a sus militantes». La masa crítica, de hecho, no suscita mucha confianza. Ya no se trata de qué buenos vasallos si oviesse buen señor, sino qué buenos señores si oviessen buenos vasallos.

La hoja de ruta del PSOE pasará por el republicanismo aunque los gurús del marketing propongan candidatos de diseño. Zapatero recurrió a Philip Pettit, pero acabó en brazos de «la democracia sentimental». Desde entonces no hay nadie en banquillo.

Tal vez el naufragio de Podemos, con el triunfo de Iglesias sobre el pragmatismo errejonista, devuelva al PSOE su espacio natural. Pero ¿quién va a liderar el futuro? Esa es la pregunta dramática estos días.

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