Juan Pérez de Mungía

El canto de las sirenas

El canto de las sirenas
Cofundador de la Facultad de Sociología

El problema de la universidad pública es orgánico, inherente al modelo organizativo de ocultar intereses privados bajo intereses públicos. Es el modelo burocrático de la universidad pública el responsable de la situación, como si los intereses públicos estuvieran mejor defendidos por los rectores y gerentes que los interpretan. Hoy no hay más interpretación de los intereses públicos que el de los podemitas, una típica excrecencia de la universidad impúdica Complutense, premiados con la escuela de la gobernanza. De la proletarización del profesorado vienen estos barros. Se preguntaba Stinchcombe cómo es que las universidades americanas no cargan a sus profesores con clases, y se responde: la matrícula de los estudiantes paga el prestigio de sus profesores, su empleo futuro, no las clases que reciben de sus ayudantes!. El bajo precio de la matrícula correlaciona con el aumento de carga docente y el empleo de profesores precarios de salarios miserables que esperan lograr su ambición a bajo coste.

Si se pensó que las agencias de evaluación y acreditación universitarias imprimarían una revolución en el proceso de acreditación de profesorado, nada mas lejos de la realidad. Su gestión burocrática refrenda la habilidad para simular competencia de los candidatos que esconden los mismos trabajos bajo títulos distintos en un currículo-ficción, y se acreditan en virtud de sus cargos burocráticos y su capacidad para haber servido como negros. ¿Cómo habría de examinar un órgano burocrático el contenido y calidad de los artículos científicos y cómo podrían discriminar entre autor y autoría si provienen de la misma escuela?.

El sistema de acreditación es una suerte de cacofonía de los viejos vicios: primero se seleccionan a conveniencia los profesores asociados y ayudantes precarios que constituyen la mitad de la fuerza de trabajo universitaria; su sacrificio les permite acreditar luego experiencia docente y publicar si se arrimaron a un buen árbol y acceden a los recursos que manejan sus próceres en exclusiva; con suerte publican con sus protectores, y con el tiempo se acreditan a través de publicaciones de nulo impacto en ciencia básica, para venir a consolidarse con tribunales ad hoc nombrados a dedo por la mayoría político-electoral del momento. Un rector desasistido, y que mira a otro lado, refrenda. ¿Que profesional competente y exitoso acudiría a una convocatoria universitaria pasando durante años por el veinte por ciento del salario que puede obtener en el mercado libre?

La deposición de la Universidad Española en el mundo

España ocupa en el Academic Ranking of World Universities (ARWU) una posición que no se corresponde con su PIB, ni por su número de estudiantes, profesores y universidades y ni siquiera por el dinero que se invierte en educación. La universidad española es un despilfarro y un despropósito. La calidad es inexistente, es asimétrica, desproporcionada y ridícula si atendemos a los seis indicadores que permiten evaluarlas y establecer su puesto en el Ranking mundial: los datos son catastróficos si atendemos al número de antiguos alumnos y profesores con premios Nobel, investigadores citados en diversos campos, artículos publicados en Nature y Science, artículos indexados en Science Citation Index – Expanded y Social Science Citation Index y rendimiento académico per capita de la institución. La universidad española podría ser disuelta para refundarla. ¿Cabe alguna suerte de amnistía que deje todos los delitos impunes y pueda comenzarse de nuevo?

El Estado es rehén de un sistema inventado por los propios beneficiarios universitarios en una suerte de clientela que mezcla los intereses personales de estudiantes, empleados y profesores, todos organizados bajo la misma hoja de ruta, de los sindicatos de «clase» que en la práctica deciden quien es el rector. Como los poderes públicos no pueden disolver las universidades públicas se dedican a mantener la hidra de 60 cabezas alimentando la espiral del fracaso social e institucional, no importa que existan quienes de sus profesores se escapen a la ruina de una enfermedad terminal, el cáncer acaba proliferando por todo el tejido como un cáncer cérvico-uterino de células Hela.

Mitología Universitaria

Como Saraswati, la diosa consorte de Brahma, brazos y manos se extienden para nutrirse del presupuesto público. Es necesario levantar las alfombras para descubrir lo que los Rectores esconden bajo el misterio de la «Autonomía Universitaria»: coge el dinero y corrre. El mantra de la «Soberanía Universitaria» convierte a los Rectores en emires y tahures unicamente sujetos a su propia ley, ajenos a cualquier evaluación objetiva de su rendimiento. A los rectores les eligen sus clientes, los estudiantes que no confían en el mérito sino en la obtención de una acreditación que les abra el mercado de la mano de amigos y familiares, los funcionarios y empleados sindicalizados dispuestos a mercadear con el rector la mejora de sus condiciones y de sus salarios, los profesores mas ambiciosos y menos representativos del estado actual del conocimiento y de la profesión. La recluta de profesores que retornan de otros paises trae a los que luego se vuelven decepcionados y consolida a aquellos cuya prosperidad en esos paises estaba en entredicho.

Se preguntaba el que fuera rector de la Universidad de Lleida, Jaume Porta, si era la universidad española una universidad de quinquis, en réplica de un artículo de Fernández Enguita cuyo sugerente título, «Endogamia no, incesto y partenogénesis», ya permitía contestar directamente con un rotundo sí. Las mafias que fueron se vienen reconstruyendo a sí mismas ante los cambios legales cosméticos que podrían parecer más rompedores. Y han tenido éxito. Un ejemplo marginal al mal que nos acecha es el destino de los Consejos Sociales. Los Consejos Sociales en lugar de proveer recursos a las universidades que regían se convirtieron en órganos de control interno, un senado de notables deudor de un rector omnímodo elegido por los sindicatos de clase, de su clase. La Universidad sigue en lista de espera (Ollero, 1996). «La gestión burocrática de la universidad destruye la autoridad colegial, convirtiéndola en un terreno fértil para las políticas populistas»; «la cooperación científica se ve sustituida por la cooperación para la construcción de mayorías político-electorales, una universidad pública controlada por una élite local cerrada que vende productos de baja calidad», (Sainz, 1995) que a lo sumo responde ante tribunales excepcionales de lo contencioso-administrativo, en abierta contradicción con lo que se aplicaría en el contexto de una universidad privada que estafara a sus clientes.

La cueva de Polifemo

Se suponía que la acreditación se convertiría en un valladar para las mafias que dedicaban su tiempo a controlar el departamento y a organizarlo disparando con pólvora del rey, haciendo y deshaciendo contratados y funcionarios a su antojo. Nada más lejos de la realidad. Los departamentos funcionan como reinos de taifa que actúan por delegación de un rector que les es ajeno, que distribuye su autoridad y su gestión entre sus electores. El destino de la universidad pública no es hoy mejor y los comentaristas mas ilustrados se estrellan una y otra vez ante las mismas rocas. Tal vez sólo pueda salvarse algún Ulises, y tal vez sólo exista una Penélope que le espere.

La universidad pública agota su tiempo y camina indefectiblemente a su extinción. Entretanto desaparece, otras instituciones privadas toman el relevo. Sobran profesores mal pagados, y faltan profesores que no simulen competencia. La tecnología representa una oportunidad para confiar en la capacidad de autoformación de los estudiantes mas capaces frente a los que se nutren del tráfico de apuntes y exámenes, y del mismo modo podría sobrar aquel docente del tipo de encantador de serpientes, que substituye su papel por coloquios y presentaciones de sus propios alumnos halagando su ejecución, o que expresa su sumisión aprobando a todo el mundo. Las autoridades autonómicas tienen la mirada del cíclope, ven con un sólo ojo, se han creído el discurso de la crisis como si el dinero fuera el bálsamo de Fierabrás. ¿Qué otro análisis cabría hacer?.

Rectores, profesores, sindicatos, empleados varios de cualquier nivel, tutores, padres y estudiantes de toda ralea, todos a una, están de acuerdo: la calidad de la formación universitaria depende del dinero que se ponga sobre la mesa, por supuesto, dinero público. La Universidad: no es el dinero, señores (Lapuente, 2014). Todos aliados de espaldas al mercado. Las empresas e instituciones compiten por el talento, las universidades no compiten por el empleo futuro de sus estudiantes. Es el típico vicio de un mercado de intereses no competitivos. ¿Que espacio existe de mutua competencia entre universidades que pactan un régimen común para la selección de sus estudiantes?.

La universidad española suple la evaluación de calidad de sus títulos académicos encuestando a sus estudiantes actuales(!), como si la felicidad infantil de hoy pudiera justificar el fracaso escolar de mañana. No se apercibe del trágico destino de sus titulados. ¿Cómo y por qué las universidades deberían interesarse en la empleabilidad de los egresados de sus aulas?.

La trágica evidencia de la reforma de departamentos universitarios muestra cuán distante está la universidad pública española de un modelo de gestión profesional. Los viejos capos se han aliado una vez más para convertir la reforma en papel mojado, adaptando su estructura a las nuevas circunstancias, como si la fuerza se hiciera razón a través del debate «democrático». La Universidad «queda [a merced de] las políticas populistas que interpretan cualquier crítica a esta participación corporativista como enemiga de la democracia» (Sainz, 1995). La «democracia» se reinvidica de forma impúdica frente al espíritu reformador. El único objeto de la universidad pública es sobrevivir. «¿donde se ha visto una empresa privada cuyo presidente sea elegido por el personal y la clientela?. Pues así es como se nombran los Rectores Magníficos en estas universidades nuestras»(…) «hablan gravemente de la educación como servicio público. Pero cuando se trata de gastar (…) la universidad se convierte en empresa privada» (Tortella, 2000).

Sólo los estudiantes de las universidades privadas no discuten los contenidos académicos, apuestan por la innovación, jamás hacen huelga, y no se les ocurre reclamar sus calificaciones contra toda evidencia. La universidad publica, por el contrario ignora el mercado, es gestionada como una propiedad patrimonial, suplanta el mercado con acreditaciones vacías y contenta a sus estudiantes con quimeras que les dejarán indefensos.

Al acecho, ayudándose de la inefable habilidad de los Magníficos para segar la hierba bajo sus pies, las universidades privadas van dibujando su porvenir. Algunos piensan que las sirenas son aquellas que conducen a los naúfragos a territorios paradisíacos; en la ambigüedad del término se descubre que las sirenas se refieren al sonido estridente de alarma: el barco universitario está a punto de zozobrar. No necesita dinero, necesita una estructura y una dirección no burocrática.

Tortella, G. (2000) Universidades, empresas y falacias rectorales. El Pais, 15 de Septiembre de 2000.

Sainz, E. (1995). El gobierno de la Universidad. Las organizaciones como sistemas constitucionales. Ensayos sobre el modelo de gestión burocrática de la Universidad pública. Granada: Método.

Ollero, A. (1996). La Universidad en lista de espera. Revista del Instituto de Estudios Económicos, 3, Monográfico.

Lapuente (2014). Universidad: no es el dinero, señores. El diario, 27 de julio de 2014.

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