Ignacio Camacho

Escrache a la democracia española

La marea populista se cohesiona a través de la tensión

Escrache a la democracia española
Ignacio Camacho. PD

Elenemigo natural es la normalización de la política

EL enemigo del populismo es la normalización de la política. Ese asunto tan aburrido de las mayorías y minorías, el Gobierno y la oposición, los consensos legislativos o la confrontación parlamentaria.

La marea populista crece sobre los defectos del sistema y vive en y de la anomalía democrática. Su campo es la calle, su altavoz la televisión, y su medio la demagogia. Necesita un estado de excepción permanente con el que sostener su cháchara.

Por eso Podemos quiere convertir la investidura de Rajoy en el pretexto de una algarada.

El juego democrático sólo le interesaba de modo pasajero, instrumental, como herramienta de un asalto al poder en el que ha fracasado. Su vocación no es la de un partido convencional, sino la de un movimiento revolucionario de masas. Y a ella quiere volver para evitar que esta legislatura le condene a un papel de oposición secundaria. Fallida la vía electoral que creyó prematuramente despejada, Iglesias regresa a la estrategia de la tensión y propone sitiar de nuevo el Congreso en un sorprendente escrache a sí mismo.

Se siente más fuera que dentro, más a gusto en la deslegitimación de las instituciones que en el acatamiento de su expresión soberana. El protagonismo paroxístico otorgado por las televisiones le ha llevado a creerse un tribuno de la plebe investido de un aura infalible y justiciera. Y en esa especie de delirio político ha llegado a una autocomplacencia desvariada: el gobierno del doble ganador de las elecciones le parece un golpe contra la democracia.

El auténtico golpe es el que Podemos ha puesto en marcha. Un ataque frontal contra el sistema político y los mecanismos institucionales que sólo ha aceptado durante el breve tiempo en que su líder se creyó con expectativas de controlarlos.

La decepción es comprensible porque los tuvo a su alcance por unas semanas: las que duró la posibilidad de tomar el poder bajo la presidencia títere de Sánchez, al que convirtió en un candidato subrogado. Nunca aceptará que en la legislatura anterior fue él quien decidió jugar a todo o nada.

Ese error libró al país de una catástrofe y ahora lo ha librado el ataque de tardía responsabilidad de los sectores más juiciosos del PSOE. La reacción de Iglesias es la del niño que se quiere llevar el balón cuando el partido no se juega con sus reglas. Sólo que él no es el dueño de la pelota.

Eso se lo han hecho creer unos altavoces mediáticos que lo han encumbrado con tal de favorecer sus audiencias. Los mismos en los que confía ahora para engrandecer sus protestas al calor de una política espectáculo que necesita más combustible para la hoguera.

El escrache al Congreso, tras el de González en la universidad, será el siguiente episodio de ese seriado show de truculencia. Vendrán más porque el populismo no resiste la rutina de la normalidad y va a buscar la relevancia de la bronca, que siempre resulta mucho más telegénica.

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