Jon Juaristi

A paso de cangrejo, la Universidad española regresa a los buenos tiempos de la Transición

A paso de cangrejo, la Universidad española regresa a los buenos tiempos de la Transición
Jon Juaristi. PD

EN verdad, no sé de qué se queja Felipe González. A Indalecio Prieto lo corrieron a tiros de un mitin de Écija los de las Juventudes Socialistas, que andaban pasándose en masa al podemismo de la época con Santiago Carrillo al frente. Aquello sí que fue un escrache y no estos pellizquitos de monja. Qué mal acostumbrado lo tenemos a Felipe, y eso que ni siquiera salió al escenario.

A mí sí que me escracharon en ese mismo escenario, hace cinco años, cuando, como director general de Universidades de la Comunidad de Madrid, trataba de inaugurar el año académico 2011-2012. Entramos en el Aula Magna, Paraninfo o lo que fuera de la Universidad Autónoma, ocupado hasta arriba por los detritos sólidos y sin embargo semovientes del campus, el rector, la secretaria; mi amiga Inés Fernández Ordóñez, catedrática y académica de la RAE, encargada de pronunciar la lección de apertura; los rectores de las demás universidades públicas de la comunidad, el director y el subdirector del CSIC. El pollo que nos montaron fue bestial, pero conseguí pronunciar la fórmula de inauguración del curso y hasta cantar el Gaudeamus, aunque me esté mal decirlo.

Las universidades públicas españolas nunca han sido plaza fácil. Cuarenta años han pasado desde que a Felipe González, durante su primera gira política por la dulce Euskadi, lo sacaron a guantazos, los abertzales, de la Facultad de Económicas de Bilbao, en Sarriko. Lo recuerdo porque perdió su cápsula de seguridad y salimos protegiéndolo tres futuros catedráticos de la Universidad del País Vasco, Emiliano Fernández de Pinedo, Federico Grafe y yo mismo. Éramos más jóvenes, y hasta el propio Felipe soltó algún mamporro memorable. El otro día, Arcadi Espada, con quien coincidí en una movida del ABC Cultural, me recordaba la de veces que los

maulets nos escracharon a él y a mí en las universidades públicas de Cataluña. Al final, la costumbre nos resultaba tan aburrida que ni siquiera íbamos. Que los divirtiera la seva mare.

¿Por qué pasan estas cosas en las universidades públicas españolas? Pues porque la autonomía universitaria se convirtió hace mucho, cualquiera sabe cuándo, en algo muy parecido al estado de naturaleza, de guerra no declarada de todos contra todos, de zona minada por la estupidez y la cobardía, de ámbito sustraído al monopolio estatal de la violencia legítima.

Y donde no hay reglas, donde no rige la ley del reino, donde hay que negociarlo todo, día tras día, acaban ganando los matones. En las universidades públicas españolas, desde la restauración de la democracia, no ha entrado la Policía. Lo sé porque, mientras llevé escolta en la Universidad del País Vasco, los policías nacionales que cuidaban de mi persona tenían que quedarse a la puerta del campus.

ETA, en cambio, entraba hasta donde quería, asesinaba catedráticos en sus despachos, ponía bombas en los ascensores y no se movían ni los bedeles. Y no cavaba zulos ni almacenaba armas en los laboratorios porque otras bandas, de yonquis o de indigentes, robaban hasta las cañerías de plomo. Lo he visto.

¿Qué ha producido de valor o de interés la universidad pública española en los últimos cuarenta años? Podemos, efectivamente. No hay un fruto más granado de la universidad pública española. Cuentan que cuando Samuel Becket vio a Arrabal levantando barricadas en el mayo del 68, junto a los estudiantes de París, le gritó: «¿Qué haces?

¿No ves que esos mangantes serán notarios dentro de tres años?». Aquí no. Pero, gracias a su esfuerzo intelectual y a su respeto al mobiliario, muchos de los futuros graduados de las universidades públicas españolas quizá lleguen a guardias rojos. O a yihadistas.

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