Luis Ventoso

Pablo Sánchez ama la política, pero la política no le ama a él

Pablo Sánchez ama la política, pero la política no le ama a él
Luis Ventoso. PD

AUNQUE ha contraído méritos para un gran homenaje, no sería elegante ensañarse con Pedro Sánchez en esta hora del finiquito. En primer lugar, por fair play. Es un poco miserable hacer leña del árbol caído, y más cuando hubo hasta sollozos.

En segundo lugar porque ya es irrelevante. Aunque intentará volver, pues su tesón y autoestima son inversamente proporcionales a sus cualidades, Sánchez era un zombi desde diciembre de 2015, cuando firmó la más espantosa derrota de la centenaria historia del PSOE (que él mismo se encargó de empeorar en junio, no sin mérito).

«Amo la política», proclamó ayer Pedro en su renuncia al escaño, un tardío gesto de dignidad que lo honra. El problema, querido Pedro, es que ella no te amaba a ti. Sánchez, apodado a su llegada «El Guapo», fue uno de tantos líderes de cartón piedra, que se sienten ungidos por los dioses sin haber ganado ni unas elecciones parroquiales como cabeza de cartel (en el PP también hay varias eminencias así).

Más interesante que el mutis de Sánchez resulta el papelón del PSOE. Si España ha estado diez meses en barbecho no fue por una conjura astral.

Ha sido por responsabilidad exclusiva de los socialistas. Si hubiesen tenido en diciembre el reflejo democrático elemental de reconocer el derecho a gobernar de quien había ganado, que es lo que hicieron ayer, España se habría ahorrado todo el circo de tres pistas (Pedro, Pablo y Albert).

Lo primero que ha anunciado el PSOE es que vetará los presupuestos. Un notable ejercicio de omnisciencia, pues los rechaza ya antes de conocerlos. Si cumple tal amenaza, el Gobierno saldrá a jugar con una pata de palo. En año y medio o dos tendremos nuevas elecciones. Vista la folkclorada de la Nueva Política, los siguientes comicios deberían suponer un retorno cabal al bipartidismo, con dos candidatos renovadores: Feijoo, incuestionable en el PP tras sus victorias electorales en plena crisis, y quien tenga a bien elegir la exigua militancia del PSOE, jefa o jefe, porque la legendaria Susana tampoco está resultado precisamente Roosevelt.

¿Jugamos a ser Podemos con corbatita estrecha, como quería el ya extinto Sánchez; o retornamos al centro de las grandes mayorías? Si quiere recuperar votos, la nueva lideresa o líder socialista debería llamar al día siguiente al PP y rubricar un gran acuerdo por la unidad de España. Acto seguido, arrumbar la empanada del «federalismo asimétrico», que solo hace el caldo gordo a los separatistas, y romper en Cataluña con el partido nacionalista PSC para salir con la venerable marca PSOE. En paralelo, por patriotismo y cordura, tendrían que ayudar a recomponer las cuentas públicas.

Por último, los socialistas necesitan cultivar un poco eso que hay debajo del pelo, rearmarse intelectualmente. A día de hoy, hasta Neymar podría ser el secretario general del PSOE, porque todo se reduce a Bárcenas y Rajoy, más gasto social y más impuestos, y clichés huecos trufados con la palabra talismán: «progreso».

Aunque su don es flotar como el corcho, Mariano va a sudar tinta. Pero lo de enderezar al PSOE… eso será de faquir. En catre de clavos al rojo vivo y con Pablo Manuel echando sal (gruesa) a las heridas desde sus televisiones.

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