Luis Ventoso

La Plaga: Twitter se ha convertido en una máquina de insultar

La Plaga: Twitter se ha convertido en una máquina de insultar
Twitter, redes sociales, insulto. PD

ANTES de nada, una aclaración. Aunque a Pablo Manuel Iglesias, Kim Kardashian o el finiquitado Sánchez les pueda parecer increíble, 6.820 millones de seres humanos no están en Twitter, pasan.

La red social cuenta con 305 millones de usuarios. ¿Muchos? Desde luego. Pero una pequeña minoría en el conjunto de la humanidad. Además, el invento es un mal negocio para sus impulsores: perdió la friolera de 521 millones de dólares el año pasado y 577 el anterior.

Gina Miller, de 51 años, compendia varios atributos que la convierten en diana perfecta para la bilis que fermenta en la red social. Casada con un tigre de los fondos de inversión de la City de Londres, es una ejecutiva que está forrada.

Gasolina para la envidia. Además, se trata de una británica mulata y nacida en Guyana (mal asunto tras el tufillo xenófobo que ha exhalado el Brexit). Como remate, estamos ante una mujer muy hermosa, que hasta trabajó como modelo en su mocedad. Con semejante mochila a cuestas, Gina se lanzó a una audaz pugna judicial contra el Gobierno inglés.

De acuerdo con la constitución no escrita británica, ella consideraba que el Parlamento debe votar la salida de la UE; no puede iniciarla el Gobierno por su cuenta e ignorando a la Cámara, como pretende la primera ministra Theresa May.

El argumento de Gina era bien sencillo: si se entró en la UE con una ley ratificada por el Parlamento, tiene que salirse aprobando una nueva ley, pues solo una norma puede suspender otra. Como es lógico, el Alto Tribunal le ha dado la razón.

Pero la prensa sensacionalista eurófoba, los brexiters del Partido Conservador y la turba anónima tuitera la han puesto a parir, a ella y a los jueces. Inglaterra está cambiando con su deriva nacionalista y sentimentaloide. Y para mal. Es muy indicativo que se cuestione a la Justicia frontalmente, algo que hasta ahora parecía reservado a latinos un poco estrafalarios, como Puigdemont, la CUP, Iglesias Turrión o el inversor inmobiliario Espinar.

Pero donde se han batido todos los récords de salvajadas contra Gina Miller ha sido en Twitter.

En Dallas vive una presentadora de deportes televisiva de idéntico nombre. El jueves, tras la sentencia del tribunal inglés, abrió su cuenta en la red social y se encontró dedicatorias de este corte: «¡Fuera de nuestro país!», «Vuélvete a la jungla» o «Espero que te pilles un cáncer y te mueras». Los hooligans del Brexit la habían confundido con la Gina Miller londinense.

Ese es el nivel del debate en la rutilante red social. Insultos macro/argumentos micro. Esta semana, una agresora logró al final hacerme sonreír. La animosa tuitera me ponía verde por un artículo: «Me parece asqueroso y me da miedo, mucho miedo», escribía cargada de razón.

Luego seguía charlando en red con un coleguita y acababa confesando que «en realidad todavía no he tenido tiempo de leer el artículo». ¡Insultos preventivos! Antes de que abras la boca ya eres un imbécil (o un «fascista», coletilla favorita de este neofascismo populista).

Una plaga. Lo decía Shakespeare y luego lo repitió Faulkner: a veces la vida se convierte en «un cuento contado por un idiota lleno de ruido y furia». Pero eso sí, con un «hashtag» por delante.

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