Ignacio Camacho

Racismo electoral

La demagogia triunfa por la galbana del sistema. Ante su estúpida confianza en el poder taumatúrgico de la democracia

Racismo electoral
Ignacio Camacho. PD

EL debate más antipático que plantea el éxito del populismo es el que conduce al cuestionamiento de las reglas de juego. Ciudadanos que impugnan la decisión de otros ciudadanos desde un manifiesto complejo de superioridad intelectual y moral.

El virus de la discordia, del enfrentamiento civil, como secuela de la epidemia demagógica. La perplejidad y la frustración ante el fracaso de la presunta razón democrática. La dificultad de admitir el dramático triunfo de la mentira como expresión instrumental de un voto de revancha.

Victorias como la de Trump, la de Siryza o la del Brexit dejan demasiadas preguntas antipáticas. Sobre la trivialidad de la opinión pública, sobre el voto de las tripas o de la rabia. Sobre la eficacia de las falsas promesas levantadas mediante la hegemonía de la propaganda.

También en España muchos se preguntan cómo cinco millones de electores pueden haber respaldado a Podemos y su siniestra distopía autoritaria. Los propios populistas españoles han incurrido en el racismo electoral al despreciar el sufragio adverso de los mayores de 45 años: un planteamiento narcisista, excluyente, malthusiano.

El mismo que en la Cataluña soberanista envuelve la dominancia autocomplaciente de un delirio mitológico, mesiánico.

La demagogia ha triunfado muchas veces desde el principio de la Historia, y siempre con consecuencias devastadoras que no terminan de formar una experiencia de aprendizaje.

Porque los demagogos vencen sobre los errores de los demás. Productos de las grandes crisis, de los descalabros sociales, se cuelan por las grietas del sistema, escalando sus cuarteados muros con las cuerdas del desengaño. Se alzan sobre la rabia y el resentimiento con un llamamiento a la venganza.

Contra los inmigrantes, contra los ricos, contra Europa, contra los bancos: sólo cambia el chivo expiatorio, el culpable simbólico del naufragio.

Pero las sociedades abiertas no aprenden. Desdeñan la amenaza mientras le construyen pistas de aterrizaje. La televisión y su política del espectáculo. La corrupción.

El desistimiento en la batalla de las ideas. Los liderazgos cansinos. El fracaso pedagógico contra la trivialidad. Y esa letal displicencia arrogante, esa estúpida confianza en el poder taumatúrgico de la democracia.

Y de pronto, el asombro al comprobar que existen patologías democráticas. Que el principio sagrado de la soberanía popular conduce, cuando los agentes públicos declinan sus responsabilidades, al fenómeno autoenajenado de los suicidios colectivos y las calamidades voluntarias.

Entonces los espíritus cándidos insultan a los votantes que escucharon las soflamas impunes que nadie rebatió con el necesario rigor ni la suficiente energía de combate. Y descubren que a veces los pueblos se equivocan. Claro que se equivocan. En su derecho están: libre albedrío. El problema es cómo evitar que se den cuenta demasiado tarde.

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