Juan Pérez de Mungía

¿Qué hacen unos populistas como estos en un país como éste?

¿Qué hacen unos populistas como estos en un país como éste?
Elecciones

El peso del voto de los ciudadanos peor formados, de quienes no habitan en grandes ciudades, el peso del voto de los trabajadores industriales de ciudades en quiebra ha sido un factor decisivo en el triunfo de Trump, en una deriva populista prácticamente inédita en EEUU desde su fundación. Se trata precisamente de aquellos ciudadanos sobrecogidos por el miedo, ese mismo miedo que retrataba la extraordinaria cinta Easy Ryder. Se trata de ciudadanos de segunda que sienten que tiembla el suelo que pisan, y que han sufrido y vienen sufriendo las peores consecuencias de un manejo fraudulento de la ingeniería financiera, permitido por leyes perversas, y experimentan una brecha social cada día mayor. Si han sido las élites las que han arruinado nuestra vida ¿por qué no elegir un líder que haga bandera de nuestra desesperación? La base social que ha dado la presidencia a Trump pone al descubierto la intrínseca debilidad de la democracia representativa. Las soluciones fáciles del populismo se imponen bajo distintos ropajes por el mundo desarrollado.

El artículo del que suscribe, «Donald Clinton & Hillary Trump», que publicamos en este mismo digital, anticipaba el resultado que se daría en las elecciones norteamericanas: «El sistema electoral norteamericano es todo menos simple y el resultado bien puede dar sorpresas». La misma sorpresa que Elsa Pataky se llevó al atribuir a Trump la frase «El derecho a portar armas es una de las bases de la democracia», cuando en realidad la había pronunciado Pablo Iglesias. Esta revelación de Pablo Motos en el famoso programa «El hormiguero» no dejó a nadie indiferente, sobre todo a los votantes del partido político Podemos. No son comparables Trump e Iglesias pero lo que sí emplean ambos es la misma estrategia populista. Igualmente en el pasado artículo «La nación podemita y el discurso Filofascista», que un lector especializado puede consultar aquí, en periodista digital, avanzábamos el decálogo goebbelsiano para la conquista del poder que emplean los populismos: diferentes caudillos, mismas estrategias.

La democracia en el mundo occidental aparece en el marco de un proceso por el que la soberanía del monarca se divide y distribuye en los tres poderes de Montesquieu, en el poder ejecutivo, el poder judicial y el poder legislativo. Sólo una organización del Estado que resuelva los inevitables conflictos sociales en el marco institucional de estos poderes permite la democracia. Los poderes judicial y legislativo se configuran como poderes colegiados, un tipo de poder que cede sus resoluciones a la inteligencia colectiva en el marco de leyes y reglas propias del derecho procesal. El poder ejecutivo, por el contrario, es un poder centralizado. Sólo el poder ejecutivo puede amenazar el equilibrio y emerger como un poder usurpador.

El poder de un individuo puede amenazar la democracia, y siempre lo hace desde el poder ejecutivo. Mussolini, Hitler y sus émulos en distintas regiones no son sino manifestaciones de poder corrupto. El poder legislativo puede ejercer de comparsa y lacayo, como un poder en la reserva del que reclutar al salvador de la patria, y desaparecer después de inocular el veneno del servilismo a todos los poderes del Estado. Hoy en día, ese proceso de segmentación de la soberanía se ha extendido a las instituciones que regulan y vigilan el comportamiento social y articulan los intereses contrapuestos de sociedades e individuos. La independencia de los bancos centrales, de las instituciones económicas, la Comisión del Mercado de Valores, la Autoridad Fiscal, el Tribunal de Cuentas, son asimismo poderes colegiados que evitan que un actor único ocupe todo el poder. La destrucción de estas instituciones, su ocupación por un partido político, son la primera amenaza a la democracia. No inútilmente Trump ha amenazado con acabar con la Reserva Federal. Quiere, además, acabar con el Tratado de Libre Comercio, lo mismo que defiende Pablo Iglesias. Diferentes personajes y una meta común. ¿Cómo es posible que un individuo se alce con el poder partidario hasta el punto de constituir una amenaza a la democracia?.

Dos factores concurren en que sea posible que un grupo oligárquico, un número reducido de individuos, encabezados por un líder usurpe el poder y destruya la democracia: la existencia de partidos con vocación totalitaria -y no simplemente temporalmente hegemónica-, y la existencia de un cuerpo social desesperado e ignorante. La tradición partidaria en EEUU evitará con toda probabilidad cualquier tentación totalitaria, aunque podamos observar alguna de sus expresiones, pero no evitará que se impongan las soluciones fáciles que amenazan la democracia desde la desesperación y la ignorancia. España, por su parte, en un contexto mucho más igualitario que EEUU, presenta las condiciones para que ambos riesgos confluyan. Los nacionalismos periféricos y la emergencia de Podemos son la mejor expresión: soluciones mágicas que arriesgan la democracia que se legitiman en la ignorancia y la desesperación. No en vano las izquierdas hispánicas defienden una escuela pública que no evalúe el desarrollo y la competencia de sus estudiantes por ser segregacionista impidiendo que emerja el talento de nuevas élites. Mantienen de este modo cautivos a los ciudadanos en un localismo que les convierte en clientelas fieles a un destino suicida diseñado por el partido. Este es el sentido de las lenguas vernáculas. ¿Cómo es posible que no existan poderes que se opongan a estos riesgos?

Las instituciones que representan a los ciudadanos, desde las Cortes hasta los parlamentos locales, deberían ser los valladares de las tentaciones totalitarias de los partidos. El problema es precisamente el modo en que se organizan y en cómo reclutan a sus miembros. Contrariamente a la obligación que establece la Constitución sobre los partidos que deben ser democráticos, los partidos se configuran como redes clientelares que aseguran la fidelidad y el aplauso, y hacen transparente el conflicto social. De no haber sido condenado por agresión, José Bódalo habría obtenido el acta de diputado. Cañamero que le substituye es su digno imitador. No en vano ha venido administrando como alcalde recursos públicos para fijar al territorio y convertir en esclavos a los ciudadanos de su pueblo que sobreviven gracias al PER. No es muy distinto el grado de formación y talento de muchas de sus señorías, y no es mejor la ética de muchos de los que se han aupado a posiciones privilegiadas haciendo de las Cortes un sindicato de intereses, del estilo que denuncia Pablo Iglesias, y del estilo que él representa. No es la democracia la causa de estos disparates, sino el modo en que las leyes permiten el secuestro del Estado por partidos de vocación totalitaria nutridos de arribistas ignorantes.

Cualquier ciudadano formado e informado puede darse cuenta de que los diputados y senadores no son los mejor preparados para ejercer su magistratura en las instituciones representativas de la nación, que son a menudo advenedizos, como en la novela de Jerzy Kosinski conocida en España por la película Bienvenido Mr. Chance. Son diputados y senadores porque estaban ahí, con la persona correcta y en el momento oportuno. Declaran sus intereses y sus viajes, pero nadie declara por qué suerte de mecanismos personas ignorantes, sin experiencia profesional, y sin mérito alguno, acaban representando a los ciudadanos y participando en un sainete de comisiones que si no fuera por asesores legales externos acabarían legislando sobre quienes son los propietarios de la luna. Ningún proceso selectivo les encumbra a su posición como así ocurre en todas las instituciones y sociedades públicas y privadas. Un Estado que no dispone de las instituciones necesarias para canalizar el conflicto dentro de las mismas se condena a sí mismo a su desaparición. Las instituciones no pueden nutrirse de ignorantes que se entretienen en disimular la posición adquirida reivindicando su origen.

Como en los accidentes automovilísticos, donde al culpable real ni se le identifica ni se le condena, en política la destrucción de una nación no se imputa a quien la causa. La democracía tiene menos garantía que un electrodoméstico. Rodríguez Zapatero fue presidente de España, y aún muchos no se han enterado de que era un farsante que causó la ruina del pais esparciendo dinero público. Si llevó, en cambio, a sus ministras a Vogue. Destruyó el partido socialista, pero no ha recogido los desperfectos. Sanchez identificó el partido con una formación asamblearia y se aupó sobre los intereses y miserias de los militantes, de aquellos que estaban en contra de ejercer el talento colectivo, confiando en los más capaces, como si ser Secretario General de un partido y Presidente de un Estado pudiera improvisarse.

La partitocracia es una farsa representativa que sostiene el sistema democrático bajo la promesa de seleccionar los mejores para esa función, personas honradas con formación, talento e imaginación. Muy al contrario, los partidos no priman la capacidad y el mérito, lo simulan con primarias amañadas o asambleas dirigidas por el caudillo de turno, ¡Dios nos libre de nuevas élites! No extraña que los diputados aparezcan en redes privadas de intercambio sexual, se conviertan en poderes fácticos de intereses espurios, o traten de medrar con el tráfico de influencias. Un partido cuenta con los que puede, no con los que quiere y los ciudadanos no pueden elegir libremente intentando depurar lo que los partidos no depuran. Las listas cerradas esconden a muchos ineptos que chupan del carro del Estado agazapados en los sistemas clientelares de los partidos. La democracia sobrevive en estado de permanente amenaza.

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