David Gistau

Trump ha liberado a los demagogos de derecha españoles de la asociación con el fascismo

Trump ha liberado a los demagogos de derecha españoles de la asociación con el fascismo
David Gistau. PD

LA proliferación europea de profetas demagogos, nacionalistas cerriles y traficantes de odio sólo se había irrumpido, en lo que se refiere a España, en el ámbito de la izquierda. En la derecha, pese a que Vox fue diseñado para encarnar ese personaje, no terminaba de cuajar una adaptación local del lepenismo.

Ya fuera porque el PP se las arreglaba para enfriar los ardores de sus extremistas potenciales o porque en España sigue pesando el estigma social del franquismo, que no fue renovado por algo más fotogénico y contemporáneo como Podemos logró hacer con el viejo comunismo de siempre.

Pues bien, eso era hasta ahora. Porque en España ya ha surgido un líder catalizador de la derecha demagoga, aunque no se le pueda votar: es Trump.

En las primeras horas posteriores a su victoria, creímos que el prestigio fulminante que Trump adquirió entre ciertos opinadores y comentaristas de barra de bar se debía a dos factores: el instinto gregario que nos hace conceder un empaque a cualquiera que gana y el profundo placer que causaba ver a los socialdemócratas derrotados, llorosos y tan desquiciados como para discutir la limitación del sufragio universal.

Esto podría haberse entendido en caso de durar unas horas de euforia, después de la cual tendría que haber regresado la lucidez de visualizar a Trump en el Oval.

Lo que surgió después fue una gran desinhibición de personas que llevaban años agazapadas en la clandestinidad de la corrección política, aplastadas por los dogmas socialdemócratas, con miedo a expresar lo que de verdad pensaban de ciertas cosas y de ciertas personas. Con miedo a pasar por «fachas».

Sólo cuando se convocaban las unas a las otras para cenar en reservados donde nadie podía escucharlas se animaban a decir sin eufemismos lo que de verdad pensaban. Pero se sentían muy solas y nacidas en la época equivocada, sólo podían desquitarse aventando odio, rencor e inadaptación.

Trump ha hecho dos enormes servicios a estas personas. Por una parte, las ha cohesionado en una expresión antisistema, tal vez precursora de algo mayor que tomará Europa, sin tener por ello que simpatizar con la extrema izquierda de Podemos, partido que hasta ahora manejaba en monopolio lo anti.

Algo, además, en lo que han decidido sentirse culturalmente acompañados hasta por Clint Eastwood. Por otra parte, ha liberado a los demagogos de derecha españoles de la asociación con el fascismo, que los tenía acorralados.

De repente, la xenofobia, la autarquía y la exaltación nacionalista -minifundista- no son características residuales del antiguo fascismo europeo, sino la prédica de la mejor y más sofisticada democracia del mundo, de la ciudad que brilla en lo alto de la colina. A quién puede extrañar que Farage y Le Pen pierdan el culo por relacionarse con esta compañía rehabilitadora.

A quién puede extrañar que nuestros odiadores ocultos, anacrónicos, africanistas, hayan encontrado también la coartada alrededor de la cual proclamar por fin que existen.

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