Javier De Lucas

Sobre la verticalidad

Sobre la verticalidad
Javier de Lucas. PD

Ante la premura del acontecer continuo no tenemos tiempo de detenernos a valorar el sentido y la utilidad de cuanto hacemos. Estamos perdiendo esa sensibilidad y consciencia en los hechos actuales. Hacemos las cosas de forma mecánica e inercial.

Algo tan cotidiano como el caminar, el pasear en solitario, pasa ante nosotros absolutamente desapercibido; como si de un acto intranscendente se tratara. Sin embargo, no es así, porque en ese encadenar pasos vamos dejando constancia de nuestro ánimo y nuestra disposición en cada instante.

Si observamos ese momento cuando caminamos, el hecho en sí de caminar, nos induce a la reflexión sobre ello mismo y a ser conscientes de lo que nos apremia u ocupa…
De pronto, reparamos en cómo caminamos y sobre varios conceptos hacia los que deriva nuestro pensamiento. Todo gira en torno a la mayor o menor verticalidad de nuestro cuerpo respecto del plano de la tierra, del recto proceder y del dinamismo que imprimimos al estar en el mundo.

¡Cuántas veces hemos caminado sin observar cómo lo hacemos! Y lo que es más importante, caminamos sin darnos cuenta de las razones que nos inducen a hacerlo de la forma en que lo hacemos.

En general, y en los tiempos que corren, solemos caminar más que con viveza con velocidad, con una especie de incontinencia de la prisa; caminamos con verdadera ansiedad… Deprisa, como el que no sabe hacia dónde va ni lo que busca… Realmente no cuidamos la estética del caminar: a veces lo hacemos con manifiesta oblicuidad hacia delante y otras con cierta inclinación hacia atrás.

Ninguna es buena. Aquélla expresa un caminar atropellado, un sinvivir en los pasos, un vivir inútilmente precipitado; sin la más elemental atención hacia nuestra columna ni hacia nuestros músculos; tampoco hacia lo que lo que por las prisas nos privamos, menos aún hacia nuestra alma… La segunda, en el caminar inclinado hacia atrás, revela una cierta indiferencia, cuando no cierta patitiesez; pose de falsa autoestima, y muy propensa al tropezón y al desacierto…; porque, en cuyo caso, tan estirados vamos que no suele verse el terreno que se pisa ni al que tenemos al lado.

El caminar en la oblicuidad nos hace más inestables y vulnerables, nos muestra más indecisos. Enlazamos los pasos de forma mecánica, de tal suerte que el último soporta siempre la huida inquietante del anterior, como escapando del saber y, más aún, del comprender. El caminar inclinado desorienta y confunde, como todo lo que nace de la sinrazón. Tanto en la inclinación adelantada como en la retrasada e indolente, se pierde la confianza de lo actual, de lo que nos ocupa en ese preciso momento…

Al avanzar no nos recreamos en la decisión, nos quema el enfrentamiento con lo que nos llega; en el retroceso no es menor la desconfianza, nos cuesta trabajo encontrarnos con lo inexorable, nos resistimos a la mudanza que siempre esconde lo por venir…

Somos como caminamos y caminamos como sentimos, pero sin pararnos a pensar cómo sentimos.

No es insustancial el caminar: es un proyecto en marcha, una aspiración sin retorno, el curso de la existencia guiada por los pies, que, sin cabeza, sólo conduce al agotamiento y a ninguna parte. Cada paso debería ser la confirmación irrefutable del anterior; o, en el peor de los casos, la rectificación del último desliz.

La prisa es una forma visible de la preocupación, a la que siempre acompaña el desasosiego. Cuánto vacío en la prisa, cuánta incertidumbre, cuánto tiempo perdido, cuánta exigencia, cuánta impertinencia, cuánto desencuentro…

Pasear es deleitarse en los pasos, lo mismo que acariciar es deleitarse en las caricias. En cada paso conquistamos un imperio, se recupera el aliento que el pensamiento transforma en ideas depuradas, eficaces y profundas. Y cuando nos detenemos por unos instantes, lo hacemos como para reconsiderar lo pensado; miramos a la tierra y al cielo buscando la identidad con lo sagrado y la aceptación de lo eterno e inmutable.

En el caminar sereno, alzado, preciso, se exhibe el porte y la dignidad. Es un gran momento para el pensamiento, porque nos damos la oportunidad de mostrar sin pudor la imagen de nuestro exilio. Cuando caminamos sin prisa, adoptamos la verticalidad con el mundo, mostramos la serena arrogancia del que hace suyas las verdades de sus pensamientos irrefutables…

Antes se caminaba de forma transcendente, y parecía un diálogo entre el pensamiento y el corazón. Los pies y la cabeza están en las antípodas respecto del corazón, y la una sin los otros los caminos carecerían de sentido y orientación. Porque los pasos firmes y calmados nos llevan siempre donde el pensamiento y la razón conducen.
Cuando caminamos con vertical serenidad, tenemos el cielo y el horizonte infinitos como única huida hacia la eternidad. Y se produce una trinidad perfecta: pies, corazón y razón conforman una lanza etérea, inquieta, inflexible, disparada en busca de mundos colmados de esperanza; porque, en éste de locura y sinrazón, la soledad todo lo invade; la urgencia todo lo domina; el vértigo de la precipitación todo lo confunde; la hipocresía todo lo anima con sonrisas cansadas; el inconsciente estruendo de lo absurdo todo lo impregna de silencio…

Cuando caminamos con vertical serenidad, todo se contempla y se aviene en el pensamiento y en el alma de todos…
Cuán desprovistos estamos de estos momentos; cuánta angustia vital, cuánta urgencia nos apremia hacia el pensamiento para admitir la realidad que tanto nos exige cambiar serenamente.

Cuánto van a necesitar y extrañar nuestros hijos la dulzura del pensar que hoy no pensamos… Nuestro triunfo: el destierro para ellos.

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