Laureano Benítez Grande-Caballero

El elefante que se balancea sobre las telarañas

El elefante que se balancea sobre las telarañas
Laureano Benítez Grande-Caballero. PD

Hasta hace unos días, nunca había imaginado que en Galicia pudiera haber elefantes. Y, mira por dónde, ha tenido que ser la Merkel quien, en un sorprendente «scouting», ha descubierto un ejemplar en las rías gallegas, llamado Rajoy, a quien lanzó un piropo muy germánico, diciéndole que tenía «piel de elefante».

Pues este piropo quedaría muy bien como nombre de Rajoy en caso de que éste fuera un indio del «lejano Oeste»: Rajoy «piel de elefante», aunque también le cuadraría mucho -por aquello de su pachorra gallega- aquello de «Toro sentado». Sin embargo, vista la inquina y la manía persecutoria que tienen contra él todos los partidos del Congreso, el apodo indio que más le encajaría sería el de «bailando con lobos».

O sea, que ya tenemos al segundo «hombre-elefante» de la historia, pues el primero fue el inglés Joseph Merrick (1862-1890), de rostro horriblemente deformado por el «síndrome de Proteus», deformidad que le convirtió en una atracción de feria, en un bufón de circo. Sobre su historia rodó David Lynch en 1980 la película «El hombre elefante».

Curiosa la fauna política de nuestro país, donde, además de hombres-elefante, también tenemos hombres-lobo -y no quiero señalar a nadie-. Y sobre los hombres-hiena, qué les voy a contar.

Ahora bien, hay elefantes de muchos colores. ¿De qué color es el de Rajoy? Sin duda, estamos ante un caso de elefante azul, con claras reminiscencias del uniconnio ese que perdió Silvio Rodríguez no se sabe ni cuándo ni dónde. Aunque menos poético y musical, también tuvimos un elefante azul con el alucinante Joan Laporta, que le sirvió para entrar en «Can Barca» como en una cacharrería.

Pero también hay elefantes rosas, de esos que se ven en los «delirium tremens» cerveceros, en las noches salvajes de marihuana y botellones; de esos que las hordas podemitas ven volar en hemiciclos, salones y asambleas, cuando, puño en alto y con las fauces llenas de espumarajos, dicen que van a asaltar los cielos -cabalgando elefantes volanderos- ganando las próximas elecciones. Igual les da por organizar una cacería juancarlista para abatir al elefante rajoyano, pero este plan es irrealizable, ya que ocasionaría una enorme cacerolada de los animalistas del PACMA, que, como ustedes saben, simpatizan mucho con los bolivarianos.

La especialidad de los elefantes -como ustedes saben- es irrumpir arrolladores en las cacharrerías, pero Rajoy es un ejemplar único, ya que se sienta en su trono a ver cómo los cacharros y los cachorros de la izquierda «se quiebran ellos solos», como diría García Lorca.

Frente a esto, el Rajoy-elefante tiene como actividad característica balancearse sobre telas de araña, ya estén formadas por agresivas redes sociales en su contra, o por cadenas televisivas que le han demonizado hasta la saciedad, acusándolo de tibieza ante la corrupción, y escondiendo desvergonzadamente sus innegables logros económicos, con el fin de echarle del poder. Así, en sorprendente equilibrio, se ha columpiando milagrosamente en la telaraña del «#echaraRajoy», resultando que la venenosa picadura de las tarántulas de unos medios de comunicación descaradamente en su contra apenas han hecho mella en su acorazada piel elefantina.

Estamos ante un caso pasmoso de supervivencia elefantina, pues para Rajoy no hay cementerios de elefantes que valgan, aunque las telas de araña sobre las que se balancea estén tejidas por el mismo hombre-araña. O sea: Pablo «Spiderman».

¿Resistirá el elefante Rajoy la precariedad de la sutil tela de araña que le tenderán todos los partidos del Congreso para hacer imposible su legislatura? ¿Podrá balancearse sobre los delegados hilos que sostienen su gobierno en minoría? ¿Aguantará su piel elefantina las dentelladas de los chacales y los leones que le acosarán durante su mandato?

La respuesta podría muy bien ser la frase que le dijo a Joseph Merrick su madre, en el transcurso de una visión que tuvo el hombre-elefante instantes antes de morir, citando a Alfred Lord Tennyson: «Nada va a morir».

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