Ignacio Camacho

El PP, Rita y el complejo de culpa

En la conciencia colectiva del PP se agolpan los reproches del desencuentro con una punzada moral de remordimiento

El PP, Rita y el complejo de culpa
Ignacio Camacho. PD

LA muerte de Rita Barberá ha sembrado en el PP un palpable remordimiento, semejante al del divorciado que siente íntima culpabilidad ante el fallecimiento de una ex esposa superada el trauma íntimo de la ruptura.

De repente se agolpan en la conciencia colectiva -y en no pocos casos individual- del partido todos los reproches del reciente desencuentro, convertidos tras la tragedia en una lacerante punzada moral.

Los mandobles del portavoz Rafael Hernando hacia las «hienas» del periodismo que hacían escraches acampadas ante su puerta, la de ella, no están faltos de razón pero responden a la necesidad humana de espantar los propios demonios de la culpa, agolpados ante la casa de los populares con desasosiego de almas en pena.

Una desazón que ha incrementado la acusación implacable de la familia de la difunta al deslegitimar la enlutada viudez de sus correligionarios señalándolos como responsables de sus sinsabores emocionales y su amarga soledad personal y política.

Todos los que la conocían y trataban saben que Rita, soltera contumaz, vivió con solitario desengaño el repudio del verdadero amor de su vida.

Lo que el doloroso desenlace pone de manifiesto no es más que la crueldad darwinista de un oficio que la exalcaldesa conocía en toda su dimensión de aspereza, ingratitud y pragmática necesidad de supervivencia.

Como política pura que era, piel de rinoceronte curtida en mil cacerías propias y ajenas, estaba al tanto de hasta qué punto la vida pública se vuelve tirana y encarnizada cuando las cosas se ponen feas.

También lo sabían los suyos, Rajoy el primero, al aplicarle la descarnada razón de Estado con una cesárea displicencia. Algunos se pasaron en la sobreactuación, ansiosos de meritoriaje en el paradigma de la pureza, y extremaron el rechazo con términos de los que hoy tal vez se arrepientan. Pero Barberá sólo fue víctima de la inhumanidad de la

realpolitik, que pasa por encima de cualquier sentimiento de empatía, de afecto o de nobleza. El PP se jugaba el poder y no se paró en consideraciones de gratitud ni en favores debidos al pasar por encima de su protestada presunción de inocencia. Only bussiness. La expresión civilizada de la ley de la selva.

El resquemor retroactivo de esa crudeza ha provocado un intento de rectificación en el pacto sumarísimo firmado con Ciudadanos, pero Rivera, investido de su papel de vestal anticorrupción, no parece dispuesto a dejarse impresionar por el tardío propósito de enmienda.

Se gusta al verse como un ángel flamígero y no se va a enternecer por cargos de conciencia. El marianismo está quebrado por el debate porque se sabe arrastrado más allá de sus convicciones; en el fondo, la dirección del PP siempre ha creído que la alarma ante la corrupción ha devenido en histeria. Pero ya no tiene vuelta atrás; le toca pagar las facturas de sus anteriores vicios aunque le atormenten las consecuencias.

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