Santiago López Castillo

Cataluña, en mi corazón

Cataluña, en mi corazón
Santiago López Castillo. PD

Cataluña, mi Cataluña del alma, es como un ascua incandescente que agoniza, se apaga, y revive a la más breve brisa. Con el nuevo Gobierno, Rajoy ha vuelto a poner encima de la mesa -sin ningún ruido, como un papel de negociado- el problema que es del resto del Estado español, como ellos dicen para no pronunciar la palabra España si no son anestesiados. Vuelta a la matraca. El derecho a decidir y su puta madre, sálvese el que pueda.

La II República, para los desmemoriados, detuvo al independentista Companys al proclamar la nación catalana sin ningún miramiento. Ya en el franquismo fue fusilado, muerto y sepultado y hoy le siguen venerando -por lo civil, claro- estas hordas secesionistas que sueñan con lo que nunca existió: el estado catalán. Los padres de la Patria de la Constitución dieron cobijo a los separatistas y luego, mi buen amigo Peces-Barba, me dijo:

-«Nos han engañado…»

Pero no a mí como cronista único de TVE para explicar a los cuatro vientos el contenido de la Carta Magna (500 horas de debates). Que seguramente por cansancio me otorgaron el I Premio de Periodismo de la Constitución española.

Esto -dicen- se arregla con diálogo, diálogo. Dialogar ¿qué? No cumplen las sentencias. Es un desafío permanente. Una traición en toda regla. No se puede hacer un referéndum a nivel regional si no es en toda España, lo diga Agamenón o su porquero. Y en cima, las citaciones de los juzgados se las pasan por el forro de sus caprichos. El valiente Homs, ese lacayo de Mas, cada vez menos, pide que le acompañen a los tribunales y que sus sectarios independentistas le hagan la ola e irradia el deseo de que el Parlamento no le conceda suplicatorio para ser juzgado por el Supremo. Jo, qué miedo, una potencia extranjera le sienta en el banquillo.

Pero ellos siguen en su estrategia. Dame pan y llámame burro. Tienen orejeras. Oyen y ven lo que quieren. Hasta Francia ha cursado una protesta por ingerencia de la Generalidad al intentar anexionarse -el independentismo catalán- parte del territorio galo por aquello de la Cataluña Norte. ¡Manda huevos! Aquí no hay más Cataluña que la que yo conocí al principio de los años 70, siendo un repetidor de la Costa Brava y de Baqueira/Beret conociendo a mi gran amigo Manolo Español, español y del Real Madrid. Así como a Salvador Dalí y a Josep Pla con su boina negra y dentro de la faja su cuaderno gris.

Me duele que unos cuantos imbéciles mancillen un territorio querido y se solacen en pajas vespertinas con el mar solo, el agua sola, el viento único… Me da miedo pensarlo cuando nadamos en la globalización. Hay una Palafrugell refulgente. Sin igual. Brava. No acobardada.

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