Ignacio Camacho

A la derecha cada vez le quedan menos causas propias

A la derecha cada vez le quedan menos causas propias
Ignacio Camacho. PD

VA camino de convertirse en una rutina. La primera providencia seria de cada Gabinete del PP, tras las tandas de nombramientos, consiste en subir los impuestos.

La vez anterior fue para acometer un obligatorio plan de ajuste del desparrame heredado de Zapatero; ahora se trata de cuadrar el déficit que ha dejado el propio Gobierno.

La subida actual es menos dramática pero afecta a la misma cuestión de principios, o de ausencia de ellos, y revela la convicción esencial de que para exprimir a los contribuyentes siempre existe algún pretexto. En este caso además el marianismo cuenta con una coartada suplementaria en la que descargar parte de sus responsabilidades: el siempre encomiado, deseado y aplaudido consenso.

En materia de presión fiscal siempre resulta fácil el acuerdo. El viejo consenso socialdemócrata de recurrir a la máquina de recaudar para no tocar la sagrada estructura del gasto.

Sobre esto sólo hay discrepancias en el método y la cuantía de la factura, y al respecto podrá el PP argüir que más dolorosa sería si gobernasen los adversarios. Sin embargo, esa invocación del mal menor no es más que el reconocimiento de una renuncia ideológica que entrega a la izquierda el monopolio de la verdad tributaria.

A la derecha cada vez le quedan menos causas propias, entregada como está a un pragmatismo funcional que convierte en papel mojado su programa.

A partir de esa abdicación de las ideas, la política se convierte en la mera aplicación de fórmulas mecánicas subordinadas a la hegemonía mental de la socialdemocracia.

El ciudadano disconforme con los grandes aparatos burocráticos carece de alternativa más allá de unas décimas de fiscalidad suplementaria.

Los sedicentes partidos liberales han aceptado el mito de un Estado del bienestar de dimensiones irrevocables, negándose a cuestionar siquiera la posibilidad de reducir sus gigantescos aparatos clientelares. Bajo ese marco de pensamiento único, la inmensa burbuja administrativa se parapeta en la necesidad del gasto asistencial para mantener su condición intocable.

Sentado el principio de intangibilidad del insaciable Estado subvencional, sólo queda ofrecerle sacrificios humanos: los de unas clases medias extenuadas por el esfuerzo, abatidas por la continua prospección en sus rentas menguantes. El ciudadano es un mero proveedor de recursos, desprovisto de seguridad jurídica y sometido a un bombardeo de gravámenes impositivos escondidos entre los pliegues del consumo y de los innumerables estamentos institucionales.

La existencia de un clima de uniformidad política en torno a este sistema de incautación no debería sin embargo confundir al centro-derecha. Porque la mayoría de sus electores sí creen en otra forma de gobernar y desean una Administración menos costosa y más pequeña. Y porque hasta los más escépticos se acaban hartando del incumplimiento sistemático de las promesas.

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