Juan Pérez de Mungía

La huella

La huella
La libertad de la máscara

Incapaz de sobreponerse al mercado de las opiniones, el hombre moderno ejerce su violencia contra sí mismo y se envuelve como mercancía en un intercambio que ocurre entre marcas. La persona se ha hecho objeto fetiche para un consumidor ávido que paga por pornografía subjetiva en los medios y en las redes sociales. El fetiche es un fragmento de otro. El fetichista es espontáneamente animista. Sólo un fetichista experimenta control y posesión de un objeto a disposición. El sujeto desaparece en la reliquia, en el objeto fetiche; el orgasmo pertenece al objeto que le posee, es la experiencia del onanismo compulsivo del criminal en serie, autocomplaciente con sus fantasías.

El sujeto se entrega desnudo en las redes sociales, sin secreto, para ser devorado de inmediato, bajo una autofoto, bajo un celofán anecdótico, para despertar un apego ocasional de un desconocido, del que no puede ni usar ni disfrutar, ni siquiera como evento publicitario. Sólo cree recuperarse en sus síntomas, en sus preferencias y fobias. El parecer ha substituido al ser. No importa que pueda ocultarse, un hombre, una mujer sólo es si se conforma al estereotipo de género. Un transexual es hombre o mujer con sólo parecerlo, estéril, como corresponde a una mercancía. La naturaleza ha desaparecido en la exposición pública.

La imagen de sí mismo está dominada por el narcisismo y la autoreferencia; desaparecida la experiencia de pudor, el deseo desaparece, y desaparece la capacidad para desear a otro, dedicarse a otro, y reconocer a otro; no existe nada detrás de la máscara social. El valor depende enteramente de cómo se expone este sujeto-producto al mercado como una pura marca publicitaria. Hace de su cuerpo un lienzo, un objeto de uso. Es el proceso de mercantilización que impone el mercado que sólo conoce un uso de la sexualidad: su valor de exposición como mercancía, como espectáculo. El deseo requiere íntima exaltación, el sexo intimidad, el erotismo pudor, intimidad y sugerencia de una identidad en silencio que no puede llegar a desvelarse sin experiencia de encuentro, ni puede simularse bajo una máscara. La pornografía aniquila el deseo y el propio sexo. Hombres y mujeres se han hecho máscaras, maniquis que portan marcas.

El derecho al desarrollo libre de la personalidad es la coartada jurídica del sistema social para ignorar y desproteger de sus desatinos a los ciudadanos. La sociedad ignora la íntima conexión que existe entre una conducta y su impacto social. Ni la depresión ni el suicidio, ni el consumo de drogas, ni la expresión de la sexualidad ni la identidad de género tienen interés público. Todo sucumbe a la negación de la naturaleza si carece de interés público. La vida de un sujeto no requiere protección, excepto que su suicidio se exprese en la conducta del conductor kamikaze o del piloto suicida; la expresión de la sexualidad no merece reproche alguno excepto en la pederastia, mientras la protección de la infancia sea de interés público; el consumo de drogas no merece reproche alguno excepto cuando es causa de un delito o de baja productividad, aunque no se haya hecho nada por controlarlo. Existe toda una suerte de prácticas sociales disruptivas y destructivas que merecen ser ignoradas en cuanto pertenecen a ese difuso ámbito de la identidad personal, como si la experiencia y la ciencia no mostraran su íntima conexión con un estado de decadencia social que lleva a la sociedad a la ruina, como se puso de manifiesto en las guerras del opio. La sociedad y el sistema judicial ignoran la naturaleza propedeútica de cualquier hábito, una forma de autoentrenamiento que como en el maltrato animal, un psicópata emplea como instrumento para sentirse inmune al dolor ajeno.

Los roles de género se reconstruyen continuamente en la cultura. El zapato de tacón ilustra en su forma aparentemente más benigna los estragos de un estereotipo social que identifica a las mujeres como usuarias únicas y al zapato de tacón como un fetiche de género. La extensión del uso de tacones se inicia en bailes de cabaret, en tugurios y en burdeles como un complemento de la parafilia de pago. No importa que el zapato de tacón pueda aumentar el riesgo de osteoartritis, que lleve a doblar las rodillas, a arquear la espalda, y que suponga riesgo para las rótulas y desgaste del cartílago. Si no existe razón para proteger de su conducta perniciosa a su autor y víctima, ¿por qué habrían de considerarse estos y otros riesgos de salud, asuntos de interés público?. ¿Acaso no forma parte de la marca mujer? El derecho del estudiante a no aprender, el derecho del trabajador a ausentarse del trabajo, el derecho del ciudadano a obtener lo que no merece, el derecho de una persona a envenenarse, o a arrojar su vida por la borda forman parte de aquel tipo de conductas que carecen de interés social; la vida no es un bien jurídico a proteger. Ha dejado de ser sagrada. Fumar o drogarse puede parecer una decisión individual, y tatuarse también lo es. No importan los riesgos. Lo que no es ni lícito ni ético es que el conjunto de la sociedad pague los vicios privados y sus consecuencias públicas. Se dice que las terapias de rescate son necesarias para evitar que las personas mueran pero también debería ser verdad que los recursos deben aplicarse a aquellas que no van a reincidir en su error. La protección del derecho al libre desarrollo de la personalidad no puede justificar que se ignore el impacto social del violador reincidente, del pederasta o del asesino en serie. La sociedad ignora esa íntima conexión entre conducta privada y consecuencias públicas. Se estima que en EEUU y en Europa entre un 6% y un 24% de ciudadanos se tatúan. El tatuaje no es por sí mismo una causa de las conductas con que se asocia. Sin embargo, la edad media de muerte para personas tatuadas es de 39 años, en tanto para personas no tatuadas es de 53 años (P = .0001)(1). La presencia de tatuaje es más significativo que el contenido del tatuaje. Se trata sin duda de un epifenómeno, no estrictamente una causa de muerte. Las razones para tatuarse son variadas, uniones rituales, expresiones de individualidad, influencia de amigos, afiliación tribal a bandas organizadas, externalización social de eventos personales significativos, o signos para formar parte de un colectivo social. Las personas se marcan a sí mismas como ganado de una tribu de pertenencia imaginaria que cursa con una amplio rango de conductas de riesgo, tales como drogadicción, conductas sexuales de riesgo, conductas suicidas, trastornos alimentarios, absentismo escolar, prácticas sado-masoquistas orientadas a la expresión de un tipo de conducta prosocial indeseable.

El hombre moderno es su propio explotador, lanzado solo a una búsqueda de éxito imaginario de la misma naturaleza que la de aquellos que se cobran la vida de famosos para la gloria de los medios. Internet y las redes sociales han transformado la esencia misma de la sociedad creando una nueva masa: «un enjambre digital», una masa de individuos aislados, sin alma, sin acción colectiva, sin sentido, sin expresión (2). Bajo esta máscara se vacía el individuo en una serie de tribus intolerantes y fanáticas que asumen la forma de un totalitarismo apenas visible que no tardarán en reclamar un caudillo que les devuelva la disciplina de que carecen para salvarles de una segura destrucción.

Carson, H.J. (2014). The Medium, not the Message: How Tattoos Correlate With Early Mortality. Am J Clin Pathol. 142(1):99-103.

Han, Byung-Chul (2014). En el enjambre. Herder.

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