Ignacio Camacho

La clave de la educación no está en política ni leyes sino tomar las cosas serias en serio

La clave de la educación no está en política ni leyes sino tomar las cosas serias en serio
Ignacio Camacho. PD

LA verdadera potencia económica de un país está en su sistema educativo. Esto lo suele repetir Luis Garicano, el gurú de C’s, un partido que tal vez se arrepienta de no haber pedido la cartera de Educación cuando tenía a su alcance la entrada en el Gobierno y podía elegir entre la implicación o la irrelevancia.

En cualquier caso el diagnóstico es acertado y hasta se queda corto: la instrucción pública no sólo constituye la clave del bienestar de una nación sino de su cohesión, su estabilidad y su fortaleza moral. De su felicidad, en última instancia. El conocimiento es el nuevo nombre del desarrollo.

La última entrega del informe PISA ha dejado en España la fotografía de una brecha de desigualdades territoriales que cuestionan la eficacia de la descentralización de competencias educativas.

Pero estas velocidades escolares no coinciden con el mapa habitual de las asimetrías autonómicas… salvo en que Andalucía también está a la cola del ranking, una triste constatación convertida en invariable rutina estadística.

Los expertos escrutan el significado de las diferencias, buscan parámetros de gasto por habitante, de ratios de alumnos, de inversión por PIB, de renta per cápita… y no hallan elementos suficientes para levantar una explicación sociológica o política a la evidencia de que Castilla y León sea una región capaz de compararse en resultados con Finlandia.

No cuadra. Como tampoco el avance meteórico de una Portugal atribulada por dificultades socioeconómicas. No funcionan las teorías simples emanadas de la ideología, ni los apriorismos metodológicos.

Los portugueses, por ejemplo, han renunciado a exámenes y reválidas que la propia directora de la OCDE -autora intelectual de nuestra Lomce- ha señalado como panacea del fracaso en un alarde ventajista.

El sistema pedagógico lo define la política pero supone mucho más que un enfoque político. Tampoco responde a una ecuación presupuestaria. Su éxito depende de la conexión con el modelo de sociedad y con el pensamiento estratégico.

No existen respuestas unívocas. Los líderes asiáticos parecen haber encontrado un camino en la definición de las habilidades que hay que enseñar y han convertido esa prioridad en algo más que un objetivo pedagógico: en un proyecto.

Un proyecto cultural en su sentido más genérico; una apuesta de aprendizaje sobre las condiciones del mundo moderno. Un proyecto de evolución y de progreso.

Quizá la respuesta se encuentre en intangibles difíciles de encuadrar en el habitual debate de prejuicios. La articulación familiar, los entornos, los hábitos sociales. La atención al profesorado, el aprecio de su responsabilidad y de su esfuerzo. El compromiso profesional, vocacional, específico.

Los factores humanos que tienen que ver con el esmero, la aplicación, la motivación, la voluntad de perfeccionamiento. El valor de la buena gestión y de tomarse las cosas serias en serio.

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