Luis Ventoso

Tras ningunear a los católicos, Colau y Carmena se van al Vaticano a dar lecciones

Tras ningunear a los católicos, Colau y Carmena se van al Vaticano a dar lecciones
Luis Ventoso. PD

MANUELA Carmena y Ada Colau, alcaldesas de Madrid y Barcelona, se han ido al Vaticano a poner verdes al Gobierno de su país y a sus compatriotas por su supuesta falta de compasión y acción ante el drama de los inmigrantes. Su actitud resulta irritante, por varios motivos.

En primer lugar, porque quienes acuden a hacerse la foto al Vaticano se han distinguido por hacer de menos a los católicos, con actitudes displicentes hacia ellos, reduciendo las ayudas a sus organizaciones y tratando de retirar de las calles su simbología en celebraciones cristianas como la Navidad y la Semana Santa.

Viajar ahora al Vaticano parece pura hipocresía y un intento burdo de chupar rueda del prestigio del Papa Francisco. El caso de Carmena resulta especialmente cínico, pues mantiene como portavoz a una persona condenada en firme por asaltar una capilla católica.

En segundo lugar es muy molesto que se comporten como si ellas ostentasen el monopolio de la compasión. Mientras se adornan con un discurso solidario utópico, que en la práctica no se traduce en nada, los marinos de guerra europeos -muchos españoles- salvan cada día a docenas de inmigrantes en el Mediterráneo, en una operación onerosísima que costea la UE.

Lo mismo puede decirse de nuestros efectivos de la Guardia Civil, Salvamento Marítimo y Cruz Roja, que desempeñan una tarea sorda y de inmensa humanidad en las costas. España es además un país maravillosamente acogedor y solidario, que, por ejemplo, ha integrado de manera admirable a 699.000 rumanos, 678.000 marroquíes y medio millón largo de hispanoamericanos.

En tercer lugar, además de predicar hay que dar trigo. Todos tenemos conciencia y sentimientos, no solo las dos divas de la compasión.

Todos sufrimos con las lacerantes noticias de los naufragios, con las fotos de los niños masacrados en Alepo (por las bombas de Putin y Al Assad, por cierto, esas que olvidan doña Ada y doña Manuela). Pero para ayudar a esas personas se requiere una infraestructura, servicios sociales, empleos.

«Si recogemos a esas personas no serán una carga para nadie», señala Colau. Falso. Todos queremos ayudarles, por supuesto, pero es mentira que no exista un coste. Harán falta maestros que les enseñen nuestro idioma, tendremos que integrarlos en la sanidad pública, habrá que darles trabajo, lo que no será sencillo en un país con un paro del 18,9%.

También surgirán problemas de integración que deberemos superar, porque su fe y cultura son muy distintas a las nuestras (entre otras cosas, sus mujeres sufren un machismo galopante, del que nuestras amnésicas alcaldesas jamás se acuerdan).

Por último, las brillantes estadistas municipales soslayan por completo el meollo del problema: ¿Por qué se han originado ese éxodo de inmigrantes?

Pues por el descontrol en Oriente Próximo, fruto de la horrible guerra civil entre chiíes y suníes, con Irán y Arabia Saudí jugando cruelmente con el destino de miles de personas que muchas veces acaban muertas en una patera (de esto tampoco habla el Papa Francisco, siempre presto a regañar a Europa, cuando es precisamente un oasis de cordura y buen vivir).

Refugiados sí, por supuesto. Pero con realismo y presupuestos encima de la mesa.

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