Ignacio Camacho

Rajoy ha descubierto que puede mantenerse el poder sin un discurso claro sobre Cataluña

Rajoy ha descubierto que puede mantenerse el poder sin un discurso claro sobre Cataluña
Ignacio Camacho. PD

AL nacionalismo hay que admitirle la superioridad en la cohesión y en la perseverancia. Su pétrea mitología y su dominio del marco mental en Cataluña han comenzado a abrir grietas en los partidos constitucionalistas.

Engullido para la causa soberanista el PSC, ahora es el centro-derecha el que se enfrenta a las dudas que nunca tienen los partidarios de la secesión, perfectamente alineados en torno a su matraca impertérrita.

El pensamiento indepe, como allí lo llaman, actúa como un virus que se acaba apoderando de todo organismo que no haya adquirido anticuerpos de autodefensa.

Algo así le ha sucedido a Inés Arrimadas, la portavoz de Ciudadanos, que parecía una versión femenina del combativo doctor Rieux, el de «La peste» de Camus, y ofrece de repente síntomas de haber sucumbido a la epidemia.

En la sede acristalada de Ventas preocupa que el argumentario de la tercera vía, una especie de soberanismo de baja intensidad, proclive al pacto, esté resquebrajando el sistema inmunológico de su lideresa. En el PP también han comenzado a sentirse indicios de debate a raíz de que el Gobierno haya cambiado de estrategia.

A la organización catalana del partido le ha pillado a contrapié la ofensiva «diplomática» de Sáenz de Santamaría; temen que a García Albiol lo vayan a pasar a la reserva después de haberlo enviado como un comando suicida a defender la última colina.

En medio de esa solapada inquietud ha tronado Aznar desde FAES, convertido en guardián de las esencias, acusando a la vice de «asumir el relato independendista». Palabras mayores, una enormidad.

Soraya había admitido a Carlos Herrera el posible pecado original error del recurso contra el Estatut. Pero Aznar es rehén de sus propias decisiones: fue él quien en el pacto del Majestic comenzó la destrucción de las estructuras del Estado en Cataluña, quien hablaba catalán en la intimidad y quien le entregó a Pujol la cabeza de Vidal Quadras.

Sin embargo, el expresidente ha metido los dedos en una herida que lleva tiempo abierta: la eterna vacilación del moderantismo español frente al terco conflicto separatista: mano dura o blanda, negociación o estacazo, contemplatividad o firmeza.

En la anterior legislatura, Rajoy aplicó su manual de estilo quietista y acabó chuleado, pero ha descubierto que, a diferencia de los socialistas, puede mantener el poder sin levantar frente a la cuestión catalana un discurso claro.

El Gobierno ha mandado a Santamaría con la mano tendida porque su presidente confía en que las contradicciones internas del bloque soberanista acaben aflorando pese al fragor de la desobediencia y el desafío. Los anticuerpos que mejor desarrolla el marianismo son los de la paciencia.

En la noche de los Cavia, uno de los cerebros jurídicos de la brigada constitucional se expresaba en estos términos: «Vamos a resistir todo lo posible antes de aplicar el 155». En esas estamos.

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