Gabriel Albiac

Carmena está contenta: ¿No lo hubieran estado Chávez y Maduro?

Carmena está contenta: ¿No lo hubieran estado Chávez y Maduro?
Gabriel Albiac. PD

VEO la vida sólo a través de los libros. Me pregunto qué es lo que ven las gentes que carecen de una buena biblioteca. Me digo que no ven nada. Puede que me equivoque: que es lo que siempre hice mejor en esta vida. Lo más seguro es que sea yo quien se ha quedado ciego y no lo sabe.

Los milagros, dice Pascal que «no sirven para convertir sino para condenar». Cosas de libros, que en esta vida nuestra no sirven para nada.

El milagro. Paseo por este centro de Madrid que la demencia de una alcaldesa, guiada por una jovial banda de lazarillos perrofláuticos, ha trocado en territorio comanche. Constato que algo no cambió, sin embargo. Hay cosas que son eternas. La cola de cada año por la calle del Carmen.

Cientos de metros, miles de personas apiñadas, que rodean por completo una manzana y siguen. Tienen el recogimiento grave de los fieles de un culto para mí misterioso. Las horas de la espera no les son hostiles.

Al contrario: el mérito que acumulan es así más grande. Podrían adquirir su rectangulito coloreado de papel, sin tener que aguardar ni medio minuto, pagándole al reventa un extra de unos euros. No lo hacen. Desprecian hacer eso, los verdaderos fieles.

El sacrificio es esencial en su liturgia. Y es el codificado camino del Calvario que lleva a la salvación: al premio. Tanto más hoscos serán espera y frío, mayor el mérito adquirido ante el altar sacramental de Doña Manolita. No hay atajo para entrar en el paraíso. El ganador de la Lotería de Navidad ha de merecerlo. Sólo así, el milagro. La condena.

El milagro. La cola de tantos cientos, miles tal vez, de devotos, la cola que da vuelta al edificio sagrado y sigue… La he visto a la puerta de otros templos. En esta ciudad, en otras.

En este como en muy lejanos continentes. No sólo la del dinero fácil, que el azar codificado del sorteo ofrece con terrena benevolencia. La cola, infinitamente más grave, de todos los que aguardan, en codificados días de mes, estación o año, poner fin a las culpas, a los infinitos dolores que componen la herencia de los hombres. Es una espera -no, es una esperanza- más lastrada de respeto.

Porque en ella se juegan -pueden, al menos, jugarse- cosas menos risibles que un maldito puñado de euros. Pero es igual de angustiosa la impotencia que erigen en culto. Es la espera -o la esperanza- de quien ya nada espera de la vida. Salvo que algo que no sea de esta vida lo salve. Es el milagro: la condena.

Puerta del Sol. Un gigantesco cartel ensalza la crística figura de un narcotraficante populista. Y el milagroso asesino Escobar se erige en llamamiento a la devoción navideña y al engorde del tráfico más homicida de los últimos siglos: «¡Oh, blanca Navidad!».

Carmena está contenta. ¿Y cómo no va a estarlo? ¿No lo hubieran estado Chávez y Maduro? Nadie va a quitar de Sol al héroe. «¡Oh, blanca…!». Milagro que es condena.

Los milagros, dice Pascal que «no sirven para convertir sino para condenar». Cosas de libros. Que, por supuesto, en esta vida nuestra no sirven para nada.

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