Javier de Lucas

El estar y la nada

El estar y la nada
Javier de Lucas. PD

Luego dicen los políticos que no todos son iguales y que merecen el máximo respeto frente a los corruptos y facinerosos; pero es que le hacen a uno hablar, como decía el del chiste. Ver la terrible lucha por el poder que libran en todos los partidos, además de ser un espectáculo vergonzoso, le sume al uno en la más absoluta de las desesperanzas.

Todos quieren mandar, que no gobernar, ya sea desde su propio partido o desde la oposición, haciendo imposible la gobernabilidad del que ha ganado las elecciones. Así es la nueva forma de entender la democracia. Si un partido gana por mayoría absoluta, es acusado de prepotente, por el hecho de ejercer para lo que ha sido llamado el que gobierna. Si gana por mayoría simple, no vale; pero es empujado a formar gobierno de coalición forzada para que se siga gobernando por una mayoría absoluta inducida por el chalaneo, y tampoco se le deja gobernar. Si el que gana gobierna con un programa que da buenos resultados, es protestado porque el que protesta dice que lo haría mejor, aunque los ciudadanos no le hayan votado; y en el mejor de los casos salen a la calle los sindicatos para forzar un gobierno desde la inoperancia de aquellos con tal de desmantelar cualquier proyecto que, por muy positivo, se considera insuficiente, incluso sin haber dado tiempo a evidenciar resultado alguno.

En resumidas cuentas, en la nueva democracia, aunque gane las elecciones quien fuere, los que imponen su gobierno son los perdedores.

Hay días en los que no se sabe quién ejerce el liderazgo de la oposición: si un día son los que marcaron los votos de los comicios, otro lo son los que por simpatía reaccionan ante el ataque de los de su propia cuerda ideológica, pero de partido diferente. Y hay días en que tampoco se sabe quién es el que gobierna. Es el «todos contra todos» al mismo tiempo del «todos contra el que lleva la pelota». ¡Esto es de locos!

Da la impresión de que a lo que se dedican los partidos es a librar cruentas batallas internas por alcanzar el poder orgánico de su partido para, desde él, urdir un asalto definitivo al Poder del Estado al que todos pertenecemos.

Todo el mundo sabe cómo gobernar mejor y con resultados óptimos inmediatos; pero ninguno quiere formar parte del gobierno electo para no comprometerse ante un hipotético fracaso de lo anteriormente acordado.

El panorama que se ve en la política española, no es que sea deplorable, que lo es; es algo peor: da risa, por no llorar. Los planteamientos que se hacen desde la coalición oponente son de tal superficialidad y falta de nivel, que hasta una asamblea de curso de bachillerato es más seria y respetable.

Mientras que en el «País del Todovale», en el que no existe la más mínima posibilidad de que alguien marque, con la ley en la mano, los límites de lo permisible y de la libertad mal entendida, no habrá manera de evolucionar de forma sostenida hacia el progreso y el civismo en general.

Hemos llegado a tal grado de esperpento, que resulta inquietante oír decir, incluso con cierto soniquete cheli, frases como «somos libres, ¿no?, «es mi libertad, ¿no?», «tienes que respetar mi libertad», «estamos en democracia, ¿no?»… Todo ello para justificar todo tipo de desatinos y atropellos contra los derechos ajenos, privados y públicos.

Pero cuando el culmen de la estupidez humana llega a lo más alto es al oír lo de «respeto que Ud. no respete, pero…, bla, bla, bla, bla…», como masculló un diputado «progrés» (híbrido de progresista inculto y de burgués farandulero) sabiendo en su fuero interno que lo que estaba diciendo era la mayor majadería, ¡además de injusticia, claro!, que jamás se pueda haber oído en un parlamento civilizado alguno. Y esto es lo que da cobijo a la otra sarta de latiguillos estúpidos. Porque, qué es eso de respetar a quien no respete…; por ahí se empieza, y «¡luego pasa lo que pasa, viene lo que viene y ay ay ay no quería…!»

Sin respeto o respetando lo inadmisible no existe posibilidad alguna de construir caminos eternos…

La gravedad del «respeto que Ud. no respete» es máxima. Puesto que, además de encerrar una miserable cobardía y un vomitivo fariseísmo, tiene un calado del que se derivan consecuencias difíciles de atajar; porque el ser humano tiende a lo facilón y a lo gregario, y en ello caen los descerebrados a la mínima que se les presenta; haciendo gala, para más inri, de ser más evolucionados que nadie.

¿Cómo votar, pues, a políticos que o bien por acción o por silencio son culpables-cómplices de esta deriva loca en que está degenerando nuestras Cortes? En ellas, ya vale dar de mamar a los bebés, que los diputados se besen como sólo corresponde a la intimidad de cada cual, que tras una ponencia se levante el puño, que se haga apología del terrorismo explícitamente, que se juegue con las tablets y el tiempo que pagamos todos, que se «tienda» la ropa tras el respaldo de los escaños, que no se respete el mínimo de protocolo en atuendo e higiene… En fin, ¡un desastre…! Y todo aceptado con el silencio de todos, con la aquiescencia bochornosa de los que otorgan con su silencio hacia los que vulneran lo sagrado: el Parlamento.

Pues de esos polvos viene estos lodos. Parece que algunos han perdido la memoria histórica y, lo que es peor, han perdido la perspectiva del presente más cruel y abyecto. Si a todos los canallas, facinerosos, asesinos, violadores, ladrones, usurpadores, tiranos, terroristas, profanadores de creencias e ideas respetables, y un largo etc., no se les hubiera concedido el más mínimo respeto ni la más mínima tregua, otro gallo nos cantara. Esto visto en el ámbito político; extrapolable, por desgracia, al ámbito social. Creo que no es necesario, una vez más, hacer relación de las atrocidades que se consienten o se pasan por alto amparadas por ese «respeto que Ud. no respete». ¡¿Por respetar a quien no respeta la sociedad que los sufre!?…

He aquí el nuevo panorama político que nos ofrecen nuestros nuevos funcionarios-políticos-escañeros.

Lidiar con políticos de tal ineptitud y bisoñez es lo que trae. El nihilismo desertizante. La NADA.

Repito: Sin respeto o respetando lo inadmisible no existe posibilidad alguna de construir caminos eternos…

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