Juan Pérez de Mungía

Su majestad no tiene quien le escriba

Su majestad no tiene quien le escriba
El Rey Felipe VI

Será por su real gusto que su majestad ha escogido su despacho de trabajo para despachar su discurso anual, institucional y melancólico. Los reyes han perdido el boato y el estigma, no lucen la capa de armiño, la púrpura y el toisón de oro y su testa incoronada apenas indica que sea nuestro Rey, el que reina y no gobierna. Nuestro Rey no va desnudo, y es amable y conciliador; su principal problema es que es Rey y eso, se quiera o no, no deja de representar una desventaja.

El discurso es austero, viste un traje de chaqueta a medida; el espectador no entiende ni puede entender que pongan una silla de visita delante de su mesa de despacho para así hablar al público que cena en esos momentos y atiende sus palabras como podría escuchar la radio.

El discurso se graba, la realidad se simula; un equipo se desplaza y un conjunto de asesores cuidan cada detalle para hacerle un muñeco en la escena. No se puede ser Rey sin sacrificio de la propia identidad. Y hay detalles que no encajan, ¿porqué hay un macetero delante de la mesa con flores de pascua?, ¿Es que acaso cuando vas a ver al rey con ocasión de cualquier investidura encuentras un macetero y al rey sentado en la silla de visitas?. El escenario carece de sentido.

Un palacio es un lugar normal para el Rey, no hay reyes sin palacios, no uno, sino varios, ni reyes sin coronas porque coronas hacen majestades, poner al Rey en su despacho y colocarle de tal guisa es un disparate y los asesores deberían ser despedidos. El Rey cruza las piernas, sus manos se mueven por encima del ombligo y el sermón de navidad va destilando un fuerte olor a naftalina, en el salón de casa está la familia que ha venido a engordar y el Rey se encuentra metido dentro de una caja tonta soltando su discurso. Las luces led del árbol de navidad parpadean insistentemente en sus colorines propios.

El pobre rey intenta llamar la atención pero no hay forma de escucharle, se escucha, «pásame el pan», «ponme más vino», «ya me darás la receta de la pularda». Es un despropósito. Al Rey no le escucha ni Dios. Sigue ahí metido intentando salir del oprobio de tener que soltar un discurso todos los años; la novedad es que el Palacio Real ha quedado en el olvido y ahora suelta la charleta desde su despacho, un despacho vintage. El lugar no resulta acogedor. Un despacho así, desangelado, sin un ordenador de última generación para conocer todas las noticias de la tierra. ¿Es que el rey no le da a la tecla?. Parece que el rey solo firmara con esas estilográficas de coleccionista, todas inmaculadas y con plumín de oro, las lámparas son cutres, dan una luz tenue, no son lámparas de trabajo. Caramba, en estas condiciones no se trabaja. ¿Que trabajador no tiene su mesa revuelta? Otra vez interrumpe la abuela, «este pâté ¿cómo lo haces?.

El sillón no se ve ergonómico y la mesa está tremendamente ordenada; está claro, el Rey no pega ni chapa, salvo que saque el portátil que tiene escondido para no delatar su marca en una especie de acción de marketin de «product placement». Al fondo del despacho hay banderas de nuestros padres, una española y otra europea. Esto de las banderas tiene su lío, podía haber puesto una estelada para mostrar que es Rey porque proviene de aquel que en 1714 venció a quienes querían un Rey absolutista, antiliberal del Dios, Patria y Fueros.

La cena de navidad continúa, uno moja la salsa, el otro mastica a dos carrillos. Sobre el fondo del despacho destaca un cuadro de Carlos III, vestido con armadura; el antiguo retrato de Felipe I de Parma niño, de Jean Ranc, cayó en desgracia y Felipe VI puso un retrato del rey Carlos III, pintado por Mengs, de la colección del Museo del Prado. Carlos III, el rey viudo y el rey alcalde. Felipe VI se ha remontado al pasado. La imagen de su padre habría resultado muy familiar, demasiado familiar y corta para una dinastía larga.

En el plano de cámara no aparecen otros objetos que si están en ese mismo despacho; lo lógico era hacer una panorámica para mostrar esas otras cosas que hay en un despacho. No sabemos si hay una papelera, y suponemos que no, que el rey no tira papeles, no siendo que los intercepte el servicio secreto, y ni siquiera tiene una destructora de documentos por lo que tampoco utiliza tinta invisible en sus plumas. Parece obvio.

Existen varios problemas en nuestro país, pero el principal sin duda es que no existe conciencia de país, menos de patria, y mucho menos de que el Rey sea necesario. También es cierto que no son necesarios algunos presidentes autonómicos pero siguen ahí pegados al sillón del poder y el poder no hace eficientes a las personas por muchos despachos, salones o atriles que ocupen para anunciar promesas sociales, económicas o políticas. La democracia es cara. Y a veces muy cara. Tenemos más personas que viven de la política que funcionarios de la administración del Estado. El Rey reina pero no gobierna. España tiene una monarquía republicana y Francia una república monárquica, ¿e Italia? -pregunta mi suegro-, Italia tiene un Papa. El Rey se ha convertido en un valladar para quienes quieren ocupar la república para reducirla a cenizas, para inventar una constitución que una vez más destruya nuestro pasado en común. Al Rey de España le queda la tarea dinástica de su primogénita, pero su monarquía es constitucional. La sucesión vuelve a ser un problema constitucional. No tiene más pasado ni más presente que el que le otorga la Constitución, de la que proviene su legitimidad. ¿Que constitución es ésta que permitiría que la ocupara un presidente venal? La Constitución es siempre la cordura de los pueblos que la aprueban. Quedan algunos años, unos cuantos. ¿Alguien imagina que la monarquía se herede a sí misma?. La cena continúa. Es como la última cena. A veces el tiempo aparece en su reposo, y a veces se agita hasta el paroxismo. Ya ha caído el vino, se escuchan los últimos cubiertos y el tintinear de las copas. Un año más agoniza. El tiempo devora a sus criaturas. Un terrible destino para quien pierde la memoria.

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