Luis Ventoso

El Papa no aplica la máxima del Jefe: «Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»

Y de repente la edad se echó encima de personas que eran colosos

El Papa no aplica la máxima del Jefe: "Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios"
Luis Ventoso. PD

EN estos momentos tendría que estar empezando a escribir un artículo lamentando las melifluas palabras de nuestro presidente del Gobierno ante la sedición en toda regla de los separatistas contra nuestro país, frente a la que solo cabe defenderse con el Estado de Derecho, en lugar de apelar a un diálogo gaseoso, secretista y, sobre todo, imposible, pues lo único que tu oponente acepta de ti es destruir tu nación y sus leyes.

Pero estamos en Navidad y pido venia para hablar de otro asunto, aun a riesgo de resultar sentimentaloide, o hasta melindroso. Querría hablar de los viejos, su importancia y su lamentable abandono.

En contra de una corriente de opinión casi universal, no soy el mayor fan del Papa Francisco (de hecho me iba más el introvertido sabio alemán que el extravertido jesuita argentino, lo que hace que mis allegados me tachen de inmediato de «carca» y epítetos peores).

Me temo que el actual titular de la cátedra de Pedro no aplica demasiado dos grandes máximas del Jefe: «Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (es decir, la religión no debe enredarse en la política) y «cuando hagas limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha» (discreción total en las obras de caridad, sin cámaras ni anuncios urbi et orbi que publiciten tus actos de bondad).

Pero Francisco presenta también rasgos magníficos, sobre todo cuando saca a relucir su madera de párroco atrevido, que canta las verdades del corazón con una tonificante claridad y nos baja de la berza hedonista y tontolaba. En esa línea, resulta ejemplar su denuncia constante sobre lo mal que tratamos a los ancianos en las sociedades opulentas, una peste que él denomina «la cultura del descarte».

En las comidas de estas navidades he contemplado la erosión de la inexorable máquina del tiempo sobre varios seres queridos.

Una mujer que antaño se distinguía por su personalidad de hormigón armado mostraba ahora una inesperada dulzura de carácter, desvalida por las lagunas de su memoria. En realidad volvía a ser como una niña.

De un modo tan duro como hermoso, la derrota de la edad la igualaba con la inocencia de sus nietos. Un hombre que fue un empresario de vivísima inteligencia y temperamento férreo aparecía muy frágil y propenso a las lágrimas, intuyendo que tal vez no vivirá otras navidades. Sus miradas se van al vacío. Sus palabras menudean.

Sus piernas se vuelven de juguete y sus corazones protestan tras cuatro pasos. El oído se cierra y la vista se opaca. Pero hay algo que siempre sigue ahí: todos reconocen y agradecen el único bien de auténtico valor que les queda, que no son las casas, ni los coches ni los cargos, sino el cariño de quienes los rodean.

No hay estupidez mayor que dar la espalda a los viejos, porque fueron los jóvenes que nos sacaron adelante, porque son la memoria y conciencia de todos y porque pasada la curva de la penúltima frivolidad descubriremos, abrumados y perplejos, que ahora los viejos somos nosotros. Un buen viejo no es un estorbo.

Es un regalo. Brindemos con ellos y que los cínicos perdonen mi cursilería.

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