Miguel Angel Bastenier

La prensa: estado de la cuestión

Nunca probablemente había reinado en el público un volumen parecido de crítica a los medios

La prensa: estado de la cuestión
Miguel Angel Bastenier (EL PAIS). PD

¿Serán estos -como arranca Dickens su Historia de Dos Ciudades-, los mejores o los peores tiempos que el mundo ha conocido, en este caso para la práctica y desarrollo del periodismo profesional?

El parteaguas es la irrupción de Internet en nuestras vidas.

Aunque algunos nos resistimos al bautismo fácil, a hablar de un nuevo periodismo digital, y sostenemos que el periodismo sigue siendo uno y nunca trino, sería absurdo negar que vivimos un antes y un después.

Pero lo primero es lo primero. El planeta se siente mal consigo mismo. Como ha escrito en este periódico Francisco G. Basterra, hay «una globalización del descontento» que lo abarca todo: el yihadismo terrorista rampante en Europa y de forma mucho más sangrienta -Boko Haram- en África; la deliberada impotencia de Occidente para combatirlo en tierra sirio-iraquí; el surgimiento de soluciones miríficas en forma de partidos de una extrema derecha antieuropea; la devastadora violencia ciudadana y corrupción en América Latina; una extravagancia con interrogante a punto de tomar la Casa Blanca; los dolores de parto de una nueva geopolítica: China que intenta, siglos después, volver a ser «el imperio del centro», y Rusia que no se había ido nunca del todo.

Y el periodismo no podía permanecer ajeno a semejantes convulsiones. Nunca probablemente había reinado en el público un volumen parecido de crítica a los medios de comunicación, como puede apreciarse en el más somero recorrido por las redes; nunca tantos ciudadanos habían considerado a los periodistas, así en bloque, vendidos, la voz de su amo y siempre de un mal amo, tramposos, limosneros a costa de lo que ahora se llama «tráfico en las redes», para generar una publicidad que es hoy bien escasísimo.

Pero lo que ha ocurrido no es un misterio. La transmisión de la información, y mejor se diría simplemente «comunicación», por la vía digital, instantánea, global, en muchos casos gratuita o con grandes facilidades de pago, ha asestado un golpe de incalculables consecuencias a la prensa de papel, que ha reducido páginas, redacciones, circunvalaciones del globo terráqueo, en resumen, presencia social, sin que las webs, tanto de periódico clásico como autocéfalas o únicamente digitales, ocupen la totalidad de ese espacio histórico.

Y ante esta «gehenna de fuego», como decían las Sagradas Escrituras, se delinean dos escuelas de pensamiento.

La gran periodista centroamericana, Giannina Segnini, fuerte de su conocimiento de las inmensas posibilidades de desarrollo del universo digital, sostiene, impávida, que este es el mejor momento de la historia para hacer periodismo, que esto es un empezar de nuevo pero con las mejores perspectivas posibles.

La proliferación de lo que se llama a sí misma «prensa alternativa» o independiente, como una guerrilla de la profesión, dicen algunos que es el futuro.

Y no solo en lo tocante a la digitalización, a la que se apuntan con atrevido neologismo los autodenominados «nativos digitales», sino para el periodismo de siempre.

Si hemos de dar crédito a Marty Baron, director del Washington Post, la reconquista, bien que tras recibir el periódico una formidable inyección de capital, ha comenzado, como podría probar el recentísimo anuncio de que va a contratar a 60 periodistas en los próximos meses. Alabado sea el Señor.

La segunda escuela, más difusa, nada euforizante, pero no incompatible con la anterior, parte de la base de que el periódico a vécu, ha dejado de ser el vehículo fundamental del torrente informativo en el que se trata de seguir a flote. Y hace de las redes, escritas, multimedia, audiovisuales, las pistas de despegue de la información, con la idea de que las webs estén un día en condiciones de sufragar la operación papel, siquiera sea relativamente modesta.

Un homenaje a un tiempo pasado que no volverá. Y hasta aquí la doble visión de Dickens de los tiempos, juvenilmente supremos o cautamente catastróficos, de la Revolución Francesa; la de un futuro que está aún por publicar.

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