Manuel del Rosal

Las palabras dignidad, honor y verdad: pueden ir a la papelera de reciclaje

Las palabras dignidad, honor y verdad: pueden ir a la papelera de reciclaje
Manuel del Rosal García. PD

No recuerdo cuando ni donde leí, más o menos esto: «Aquel país había perdido de tal forma la dignidad que, hasta los árboles crecían inclinados; de día y de noche»

La RAE, en su próxima reunión va a plantear enviar a la papelera de reciclaje tres palabras cada día en más desuso y prácticamente desaparecidas en el vocabulario de los ciudadanos. Tras un tiempo en esa papelera y comprobar la RAE que ni se hace uso de ellas y, mucho menos, se practica lo que ellas definen; serán definitivamente eliminadas del DRAE. Las palabras son: Dignidad, Honor y Verdad.

Ustedes dirán a qué viene esto. Pues viene a que parece ser que el señor Hernando, portavoz del PSOE, justificó su giro de 180º con respecto a las tesis de Pedro Sánchez al que juraba en arameo y en cualquier otro idioma una fidelidad perruna, diciendo que si dejaba de ser portavoz no podría pagar la hipoteca. Aquí, el señor Hernando, me va a permitir decirle que las hipotecas se pagan trabajando; se lo voy a silabear: TRA – BA – JAN – DO. Es fácil, señor Hernando, basta trabajar duro como todos los demás españoles y así pagará su hipoteca; pero, claro, para trabajar hace falta saber hacer algo, es decir, ofrecer al mercado de trabajo algún conocimiento o habilidad que produzca réditos a la empresa donde trabaja. ¿Qué usted, al igual que la mayoría de los políticos, han convertido la política en su trabajo – muy bien remunerado, por cierto – olvidando aquello de que un cargo político es un servicio a la sociedad? Lo sabemos todos y, si hay alguien que no lo sabe, es que es tonto sin remedio.

Dignidad, honor y verdad son arcaísmos de los tiempos del alcalde de Zalamea que dijo aquello de «…el honor es patrimonio del alma, y el alma solo es de Dios». Ya, ya lo sé, mucha gente del común, también desconocen esas palabras, no hay más que ver como por mostrar sus vergüenzas en los programas basura de la televisión, la gente pierde el honor, la dignidad y hacen de la mentira su signo identitario. Los hay también que ponen en venta su honor, su dignidad y la verdad por unos cuantos miles de euros o por un 3%, incluida la honorabilidad. La pérdida de la dignidad se da en todos los estamentos sociales, pero, claro, algunos políticos – que deberían dar ejemplo – son los que más suenan cuando sale a la luz su pérdida de dignidad. Lo cierto es que en esta sociedad el honor, la dignidad y la verdad es patrimonio de unos pocos que todavía ponen en valor esas palabras. De unos pocos que mantienen su nivel de dignidad por encima del nivel del miedo, del nivel de la codicia, del nivel de la vanidad y que saben aquello de que nadie se te puede montar en tu espalda a no ser que tú se la ofrezcas doblada y genuflexa.

La dignidad, una vez perdida, es muy difícil recuperarla; en algunas ocasiones, imposible y aunque la persona que la ha perdido disfrute de las sinecuras que le puedan dar los logros obtenidos al perderla, será siempre señalado como aquel que un día y por un carguito, la perdió. Y es que la España de hoy – entremos todos y salga el que pueda – ya no es la España cervantina, aquella que creía en la palabra de dada, la verdad, la dignidad, el honor y la lucha por los valores que dan sentido a nuestras vidas.

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