Juan Pérez de Mungía

El efecto «MacMuffin» de Carmena

El efecto "MacMuffin" de Carmena
Manuela Carmena, de 'ciclista'. PD

Una extraña concatenación de eventos bajo el designio podemita ha venido a unir a Barcelona y Madrid en el desatino. El lenguaje vino a acuñar la palabra alcaldada para referirse a la acción arbitraria de un alcalde cuando abusa de su autoridad, y ada es un sufijo a menudo peyorativo para referirse a una acción indeseable. Existe una trama oculta en las decisiones de las alcaldesas de Barcelona y Madrid para aparentar gestión cuando no hacen nada. Carmena y Ada no leyeron el anuncio de una antigua librería de la calle Libreros de Madrid que anunciaba al visitante, «si has venido a hacer nada, no vengas aquí». Carmena y Ada además de en su aire de amas de llave y cría, coinciden en su capacidad para contribuir a la destruccion del tejido económico de la ciudad, en su absoluta ignorancia de la economía, y en la ausencia de un proyecto municipal. Ambas ciudades sufren las Carmena-Adas consistentes en la improvisación, en la falta de presupuestos en tiempo y forma, en el rechazo de los socios políticos que les auparon a su sillón, en la exigua ejecución de las inversiones, en la concesión de ayudas a las asociaciones de su mismo pelaje político, en la entrega de bienes públicos a los de su secta, en simular la participación ciudadana, en la persecución de los inversores, y en la paralización de los proyectos que transforman una ciudad. Sufrimos a una alcaldesa que declara sin pudor, «Yo que soy una persona que toda mi vida me he sentido enormemente feliz con mi imaginación, estoy empezando a sentirme un poco temerosa de decirles todo lo que se me ocurre».

Menos mal que existe un hilo de autocrítica y se calla todas las sandeces y ocurrencias que dicta su senilidad, porque Carmena substituye la decisión racional, por supersticiones, como Colau hace cuando entrega la ciudad a las tribus urbanas en detrimento de sus ciudadanos. La enfermedad de los circuitos neuronales produce monstruos irracionales. Las ideas con pedigrí de Carmena son bien ilustrativas, como sugerir la recogida de colillas para fomentar la limpieza, como convertir a los hijos en árbitros que muestran una tarjeta roja a su padre cuando tira una cotilla al suelo tan presente en el imaginario de Orwell y en los comisarios políticos de barrio, como promover partidas de cartas para que los turistas se sientan como en casa, de bridge, no de mus, y participen en tertulias mientras consumen una cañas, por supuesto españolas. Y eso por no hablar de reclutar universitarios para los servicios de limpieza de la ciudad, en particular tras el botellón. Son todas ideas fantásticas, expresiones brillantes de su extraordinaria imaginación, como aquellas soluciones al tráfico que pasan por poner en circulación las más rancias estereotipias de género: «Hay que tener en cuenta el género de los conductores. (…) A las mujeres a lo mejor nos podrían interesar unos aparcamientos disuasorios que nos dieran otro servicio más, podríamos aprovechar para hacer algo». Estas declaraciones tan simpáticas y ocurrentes van perfilando el perfil enfermo de la alcaldesa que como de nada sabe, solo sabe decir lo que le viene a su brillante imaginación. Algunas frases parecen sacadas del Libro de los Orgasmos Mentales «Mientras el hombre piensa en llegar antes y a tiempo, la mujer piensa en llegar, pero rentabilizando el tiempo del que dispone», en su inenarrable explicación psicodramática sobre el tráfico urbano.

Carmena es la misma juez que fracasó en meter en cintura a los subasteros fascistas de los Royuela y de toda suerte de ganapanes que durante tanto tiempo se nutrieron como buitres de los desahuciados en la Ciudad Condal. Como buena hija de la iglesia donde se llama padre o madre a quien no lo es, Carmena asume la pose de una bienpensante con una cínica gestión de la ciudad mientras arruina a sus comercios con decisiones atrabiliarias y castiga a los inversores con decisiones reglamentarias inmotivadas. En la degenerada mente de la alcaldesa la cuestión de género juega un papel fundamental proponiendo la creación de cooperativas de mujeres que limpien los colegios. Menos mal que sólo amenazó a los sindicatos de los trabajadores de la limpieza y a la seguridad social, y no se le ocurrió plantar nabos en la granja del club de campo o sembrar maíz en la ribera del manzanares o predicar con paz y amor que el ISIS deje de matar porque ella es todo bondad, amor y religión cristiana. Carmena cree en el solsticio de invierno, en las saturnales y en las reinas magas transformadas en una especie de Adas Colaus celestiales y multiculturales desfilando en cabalgatas imposibles frente a 25000 niños, aquellos que a juicio de los podemitas, representan cuatro millones de desnutridos, que atrapan los caramelos al vuelo para compensar la desnutrición podemita.

Como política de joven, Carmena, avispada, y al cabo de la calle, del botellón, reconoce en los adolescentes universitarios como «gestores de grandes acontecimientos juveniles» que celebran con birras servidas en botellín y litronas. Carmena logró el apoyo del rector Carrillo, el encausado por desidia en el comercio de cadáveres, para defender la Complutense como un Compluvio feliz donde los estudiantes que fracasan en sus estudios alegran sus días con políticas de calado como aquellas fiestas del botellón. Son los «jurados vecinales» y la «participación ciudadana» los responsables de tomar las decisiones que por su propia incapacidad, la alcaldesa quiere que tomen las riendas del procedimiento y ejecución del exiguo presupuesto municipal que no destinan a sus caprichos, mientras dejan de financiar el metro e ignoran la contaminación de sus líneas de transporte público. Viva la madre que la parió. Por fín la alcaldesa desaparece bajo una nube de vecinos que ordenadamente estudian, evalúan y consienten el gasto en aquellas cosas públicas que se les antojan. Madrid es la «ciudad del abrazo» donde etarras y víctimas se funden en un amoroso perdón y bailan en carnaval mientras los titiriteros ahorcan jueces, no juezas, las mismas que excarcelan a los etarras que se muestran arrepentidos en un acto de constricción y los suelta para que sigan jugando con sus armas. Así con todo, los titiriteros siguen con su representación infantil y dan muerte a un policía, violan a monjas y muestran un cartel que anuncia la buena nueva ‘Gora Alka-ETA’ durante la cuaresma con su portavoz Azkarate Ramos del comando Vizcaya al frente.

Como en la trama de una película el efecto «macguffin», aquel que mantiene en suspenso el desarrollo del filme pero no añade nada nuevo a su contenido. La guionista ha inventado el efecto «macmufin». La Carmena de los «mufins», de las magdalenas sin la mantequilla que olvida comprar su marido, es la misma que entierra la memoria histórica al confundir a los propagandistas de Franco con los héroes españoles de la II Guerra Mundial. Que más da Juan Pujol Martínez que Juan Pujol García, alias Garbo, el espía que engañó a Hitler sobre el lugar del desembarco de Normandía. Es esa mujer que se enternece democráticamente con los fusilamientos de Badajoz.

Estos y no otros son los remedios de una abuela que quiere remunicipalizar todo lo deficitario, cargarse la operación Chamartin, que se cargó las inversiones de Wanda y la aprobación de La Peineta salvada por Cifuentes, son eso, remedios de quien teje y desteje el mismo jersey creyendo así que estrena uno nuevo; así dilapida el capital y el dinero público. Ahora Madrid tiene urnas-cenicero donde los votantes pueden depositar su voto-colilla a fin de no ensuciar más la democrática voluntad de aquella que perdió el juicio para ejercer de esperpento ante los sufridos gatos madrileños.

Ahora Madrid, en la mente de Carmena, viene a llamarse Futuro Madrid, una ciudad peatonal donde los segways eléctricos evitan los atascos, los universitarios y las madres limpian la ciudad, los autobuses se cogen al azar, las baldosas de las calles resplandecen gracias a que los impuestos recaen sobre los ricos, la iglesia y los bancos, donde los pioneritos niños van a las escuelas públicas cantando «Que alegría cuando me dijeron, vamos a la casa de Carmena, ya están pisando nuestros pies los umbrales de Jerusalén…» Los niños se alejan en el horizonte y el sol naciente anuncia una nueva era, la paz de Carmena, la que indica con voz grave «No me arrepiento ni renuncio a absolutamente nada.»

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