Javier De Lucas

De la rebelión como cambio

De la rebelión como cambio
Javier de Lucas. PD

Todo sucede muy deprisa. Demasiado deprisa. A una velocidad vertiginosa. La Historia ya no existe; la estamos eliminando por falta de aliento tan necesario para recuperarnos ante tanto vértigo.

De lo acontecido no va quedando más que una mínima y difuminada imagen similar al paisaje que pasa ante notros a través de la ventanilla de un tren de alta velocidad. Las imágenes de los recuerdos desagradables son inmediatamente sustituidas por otras más agradables mediante el proceso selectivo natural de la inexorabilidad del tiempo, y si no, nos las inventamos, por aquello de maquillar la realidad. Esto es lo que distorsiona la vedad insoportable, pero parece que no interesa conservar los recuerdos amargos…

El carácter reflexivo que por su propia naturaleza exige la Historia, como todo lo pasado, ha desaparecido. Ya solo cabe la inmediatez y la improvisación; porque, en la propuesta espontanea puede estar el éxito, aunque aquélla resulte estéril, si al otro se le sorprende (o se cree sorprenderle) con el paso cambiado… Y esto no sólo es aplicable a casos domésticos, sino universales. El problema para nuestros políticos es que los ciudadanos, lejos de ser idiotas como ellos creen, están atentos a todo cuanto hacen y deshacen; prueba de ello es donde se han situado en la consideración de todos: cuando se tienen hundidas las ruedas hasta el cubo en el lodazal que se ha creado a pulso la clase política, es imposible recuperar la marcha, salvo que se cambien el carro y de camino.
El momento que vivimos en nuestra política, y sabido por todos, pone de manifiesto cuanto digo. Las propuestas y los cambios se atropellan unos a otros en cada lugar que se gobierna por unos o por otros. Se juega con ideas y proyectos sin base alguna y sin meditar lo más mínimo su alcance y si es lo justo o lo adecuado para la ciudadanía, sin pararse a pensar en que no basta con acumular mayorías numéricas. Porque, éstas, si no obedecen a razón, el fracaso no solo se repetirá finalmente, sino que se repetirá de forma más estrepitosa si cabe.

En este sentido viene a colación, como siempre y como no puede ser de otro modo, la enseñanza de los que pensaron la política más que todos juntos de los que ahora la ejercen. Ellos la crearon. Aristóteles en su Política hace alusión a los regímenes de gobierno, a las insidias y a las fuentes de las sediciones, cuyo fin último es la conquista del Poder.

Dice así:

«En primer lugar, se debe establecer el principio de que muchos son los regímenes existentes y si bien todos están de acuerdo en la justicia y la igualdad proporcional, [también llamada igualdad geométrica (según el mérito), que actúa frente a la igualdad numérica o aritmética (basada en el número), como se rige la democracia] no las alcanzan. La democracia surgió de creer que los que son iguales en un aspecto cualquiera son iguales en absoluto. Y la oligarquía de suponer que los que son desiguales en un solo punto son desiguales en todo: por ser desiguales en bienes suponen que son desiguales absolutamente. En consecuencia, unos considerándose iguales exigen participar en todo en igualdad; y otros, considerándose desiguales pretenden tener más, pues el «más» en ese aspecto es una desigualdad.

Así pues, todos tienen cierta justicia, pero desde el punto de vista absoluto están en el error. Y por esta razón, cuando unos u otros no participan del poder según la concepción que cada uno tiene, se sublevan. Y de entre todos, podrían rebelarse con más justicia, aunque son los que menos lo hacen, los que se distinguen en virtud, pues es muy razonable que sean los únicos absolutamente desiguales.»

Las razones por las que se induce a la sublevación son las que pretenden el cambio de los regímenes establecidos o las que intentan el control de los mismos regímenes establecidos, incluyendo en ésta la cuestión de intensidad al pretender hacer del régimen ya existente, oligárquico o democrático, por ejemplo, más o menos oligárquico, o, más o menos democrático. Pero siempre es el control del poder su finalidad, lo que mueve a la sublevación de los que lo conciben interesadamente.

Parece que Aristóteles se refería a la situación actual en la que está inmerso el mundo; no es así, obviamente. Sin embargo, si es bien cierto que una vez más el conocimiento de la condición humana es la que nos hace prever, sin lugar a error, lo que acontecerá per secula seculorum. El ser humano ni escarmienta, ni aprende, ni cambia tras sus errores; la Historia nos lo confirma, por desgracia, una y mil veces hasta la saciedad.

Y esto es lo que estamos sufriendo tanto en nuestra política nacional, como en la política interna de los partidos. Salta a la vista la igualdad de «desigualdad» que padecen de forma obsesiva todos nuestros políticos. Todos prometen con discursos apasionados enarbolando banderas de igualdad, de justicia, de libertad… Pero lo que acarrean es más desigualdad, más injusticias y más conductismo.

La cuestión aquí y ahora, una vez más, es quién de ellos, si es que existe alguno entre todos, podría estar legitimado para rebelarse con más justicia, liderando el cambio, que, desde la virtud y la desigualdad absolutas, frente a la igualdad vergonzante de todos ellos, se impusiera por razón ética, por razón de excelencia (areté).
La virtud, las virtudes, no se consiguen en tres días; siendo de carácter intelectual, las superiores correspondientes al alma, y de carácter corporal, ético, por corresponderse con las costumbres y el carácter. Nacen, pues, del esfuerzo y la lucha por la superación del intelecto, y de la costumbre en la práctica de las tres virtudes que hacían la excelencia en el hombre ya desde la antigüedad: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

Cualquier ciudadano de tal integridad estaría legítimamente reforzado, para sustentar la inmensa responsabilidad tan necesaria para gobernar con raciocinio y equilibrio en la búsqueda del bien común.

Me temo que es más difícil encontrar un político cabal y virtuoso, a que un camello entre por el ojo de una aguja.

Javier De Lucas

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