Fernando Jáuregui

¿Qué le estaban transmitiendo a Rajoy por el teléfono móvil?

¿Qué le estaban transmitiendo a Rajoy por el teléfono móvil?
Fernando Jáuregui. PD

Una de las virtudes/defectos de Mariano Rajoy es su aparente impasibilidad ante las cosas y acontecimientos que le rodean. Nada parece impresionarle y, menos aún, alterarle. Presume -yo no lo creo del todo- de no escuchar las tertulias radiofónicas o televisivas, y de no leer más periódicos que los deportivos: ya tiene al equipo de comunicación monclovita, que encabeza Carmen Martínez de Castro, para pasarle los resúmenes de las cosas más interesantes o disparatadas.

Por eso sorprendió tanto la atención, imagen absolutamente inusual, que el presidente del Gobierno dedicó a lo que le contaba su teléfono móvil durante casi el acto oficial de la Pascua Militar y, según cuentan, durante buena parte de la recepción posterior ofrecida por el Rey al mundo castrense.

¿Qué le estaban transmitiendo a Rajoy a través del teléfono móvil? ¿Quién, quiénes, era/n su/s comunicantes/s? Nadie se atrevió a hacerle esta pregunta durante las dos horas que duraron el acto y sus apéndices; de estos últimos ha quedado excluida la prensa desde hace algunos años, cuando alguien decidió que los periodistas, con nuestro afán por el ‘cotilleo’ (sic) deslucíamos la uniformada ceremonia de la recepción posterior a los discursos; claro, como no tenemos ni uniforme, ni galones, ni medallas…

Curioso impenitente, traté de preguntar a uno o dos de los que sí asistieron qué se pensaba de esa atención obsesiva, que a mí siempre me ha parecido una descortesía hacia los demás y que tan rara es en el presidente Rajoy, por el Smartphone.

La verdad es que presumiría en vano de intuir qué acaparaba los afanes presidenciales. No es Rajoy persona que se deje enredar en conversaciones banales cuando lo que importa es otra cosa, máxime cuando se requiere rigurosa etiqueta de chaqué a los civiles y uniforme de gala a los militares. Pero alguien me comenta que Rajoy está, ahora sí, obsesionado, entre otras cosas, con Cataluña: ha comenzado a no entender nada de lo que en la política catalana está ocurriendo, y uno tiende, si somos sinceros, a compartir con él esa perplejidad.

Ahora, Puigdemont, sin que nadie le urja hacia la puerta de salida, dice que él ya está descontando el tiempo para su retiro, que no repetirá en el cargo y que allá ellos, los suyos, a la hora de buscarle un sucesor; pero que, cuando tenga lugar la próxima Pascua Militar, él ya no estará en el palau de la Plaza de Sant Jaume. Ya ha comenzado el baile de candidatos al cargo de molt honorable, casi como si se tratase de la búsqueda de un/a nuevo/a secretario/a general del PSOE.

O, ya que estamos, de Podemos, que la conversación amena de Pablo Iglesias con un tronco (de madera, un leño, vamos) ha inquietado a más de uno en la formación morada: ¿de verdad estamos en buenas manos? No le faltan, desde luego, a Rajoy motivos para estar pendiente de las últimas nuevas. Porque todo lo anterior es, en el fondo, ‘peanuts’ comparado con lo que nos viene con Trump, que parece ser palabra prohibida entre los políticos españoles, no se vayan a irritar allá, del otro lado del Atlántico, si alguien, en este confín del Imperio, se atreve a expresar en voz alta lo que piensa del histrión.

Y el caso es que, me cuentan mis espías, del próximo presidente americano se habló, y no poco, en la recepción castrense, porque a la oficialidad española le inquieta lo que pueda pasar con la OTAN, con Rota, con la inteligencia conjunta, y eso que hablar de inteligencia y Trump es como mentar la bicha.

También, me dicen, se habló bastante de las posibilidades del hasta recientemente ministro de Defensa, Pedro de Morenés y Alvarez de Eulate, de convertirse en el nuevo embajador español en Washington. Nada menos. Y, claro, se habló y no paró de esas publicaciones malvadas que afectan al esposo de la sucesora de Morenés. Y de otro ex del Departamento, Federico Trillo, que ya prepara las maletas para regresar, qué remedio, de Londres.

En fin, que temas de conversación que afectasen al mundo castrense, dicen los espías en el Palacio de Oriente el pasado viernes, no faltaban; es lo malo de excluir a los periodistas, que tanto deslucen, de los actos oficiales: que todo lo transmiten a través de las maldades o de las versiones incompletas de quienes les cuentan lo que pasó y lo que no pasó, de qué se hablaba, y en qué términos, y de qué no.

Y, claro, se disparan las hipótesis sobre la anécdota, que en España supera siempre a la categoría: con la cantidad de cotilleos sabrosos que circulaban entre canapé y canapé, ¿qué diablos le estaban contando a Rajoy en el whatsApp de su teléfono móvil, algo tan interesante, o tan importante, que se perdió buena parte de los muy sabrosos chau-chaus de los corrillos?

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