Ignacio Camacho

Socialismo ecléctico

La socialdemocracia de Soares ya no existe. Ha sido incapaz de actualizar con éxito su proyecto de reformismo moderado

Socialismo ecléctico
Ignacio Camacho. PD

HA lamentado alguna vez Javier Solana que la socialdemocracia europea, constructora del Estado de Bienestar entre los años 70 y los 90, fuese incapaz de exportar su modelo.

Que sólo funcionó en países de clases medias fuertes y una tradición de estabilidad política. El problema, sin embargo, es más complejo que una simple cuestión de mercado: ese socialismo moderado no ha sabido actualizarse en su propio ámbito natural.

No ha logrado encontrar el tono ni el proyecto para volver a liderar a las naciones prósperas durante esta gran crisis del siglo XXI.

La asunción de muchos de sus postulados por los partidos liberales lo ha dejado ideológicamente inerme y a merced del fenómeno de radicalización de la izquierda que logró evitar hace cuatro décadas, cuando un grupo de dirigentes pragmáticos, europeístas convencidos, supo entender que el progreso del continente sólo era posible con unas mayorías integradoras construidas desde el reformismo templado.

Mario Soares fue uno de estos líderes eclécticos que rompieron con la hegemonía comunista para conquistar el poder con programas moderados. Sin él, la nueva democracia portuguesa hubiese derivado de modo irreversible hacia el dogmatismo revolucionario de los militares rojos y de políticos iluminados como Cunhal y Saraiva de Carvalho.

Como González en España -y como Mitterrand en Francia, aunque éste aprendió a fuerza de fracasos-, renunció a maximalismos doctrinarios que conducían a la fractura del país y modernizó Portugal con programas sensatos de reconstrucción nacional.

Su liderazgo durante la transición constitucional evitó que el proceso de los claveles desembocase en un enfrentamiento civil. Fue siempre un hombre de consensos y de diálogo que forjó su enorme autoridad moral y política a base de sentido de Estado.

Esa socialdemocracia ya apenas existe. Arrasada por una crisis para la que no encontró respuestas, se ha visto desbordada por una izquierda extremista que explota el empobrecimiento de la clase media con mensajes de ruptura envueltos en un populismo táctico.

Su conflicto es de identidad ideológica: se ha quedado sin soluciones con las que defender su discurso igualitario. Y además su alternancia con la derecha la ha dejado al alcance del sentimiento antipolítico que arroja sobre el sistema la culpa de su desencanto.

En la propia Portugal, los sucesores de Soares gobiernan hoy en coalición con los herederos del comunismo y otros anticapitalistas indisimulados. El fallecido expresidente no vio mal la fórmula como mal menor, porque en su instintivo pragmatismo sabía que los suyos carecen de masa crítica para regresar al poder en solitario.

Pero se trata de un retorno al punto del que él mismo se alejó porque lo consideraba inviable; una estéril involución hacia el pasado. Y lo que entonces no sirvió no va a servir ahora salvo para retroceder sobre un éxito de cuarenta años.

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