Fernando Jauregui

La rebelión de los ‘jarrones chinos’

La rebelión de los 'jarrones chinos'
Fernando Jáuregui. PD

Este país está tan hambriento de novedades, tan acostumbrado ya a la jarana inestable de la política que nos han dado durante décadas, que basta que el ex presidente José María Aznar se vaya a dar una conferencia ante un auditorio seleccionado para que los cenáculos y mentideros inventen -o no- una posible iniciativa ‘aznarista’ para crear una formación nueva, a la derecha del Partido Popular. Personalmente, ni creo que en la mente de Aznar, y en la de su ‘creación’ la FAES, anide tal proyecto, ni me parece que tendría espacio, por mucho que este lunes incluso se publicase algún sondeo que daría a un tal partido hasta ¡cincuenta y un escaños! Nada menos. Detraídos, claro está del PP que preside Mariano Rajoy, parece que auténtica ‘bestia negra’ para Aznar.

Nada molesta más al sucedido que el hecho de que su sucesor, sea en el terreno que sea, tenga éxito y reconocimiento. Aznar hizo a Rajoy su sucesor quizá porque no había otro a mano -ni Rato, por vaya usted a saber qué motivos, luego corroborados, ni Mayor Oreja, porque le faltaban algunas características clave, como el sentimiento ‘killer’, parecían idóneos–. Y Rajoy, hombre que había pasado por casi todos los ministerios clave, dejando el vacío de huella alguna, pero también ausencia de escándalos o meteduras de pata, y que había sido vicepresidente con Aznar, que no se ha bajado del coche oficial en un cuarto de siglo, llegó al fin a la presidencia tras dos legislaturas de espera, en parte porque la metedura de pata de Aznar el 11-m le frenó el ascenso inmediato a La Moncloa.

Sí, Aznar tuvo aciertos como presidente, sobre todo en su primer mandato, sin mayoría absoluta. Luego, en el ‘aznarato absoluto’, le recordamos muchas prepotencias, algunas falsedades gordas en complicidad con el peor Bush, una boda faraónica y mucha antipatía. Y, como ex presidente, sus alianzas con poderes económicos han hecho enarcar muchas cejas, como le ocurre a Felipe González. Ahora parece haberse convertido en guardián de las esencias de la derecha más pura -quizá no la más dura: no puede convertirse a este hombre circunspecto, en un icono de la extrema derecha–, la que no ha sabido representar Vox. Ha devenido en vigilante de la playa de las esencias, como Felipe González lo es en el campo socialista: ambos ex presidentes hablan poco, pero tratan, como le pasa a Alfredo Pérez Rubalcaba en su campo, de influir mucho, sin dejar sus otras, más rentables, actividades. Y lo mismo, excluyendo lo de las actividades rentables, diría yo del otro ‘jarrón chino’ que anda por ahí un poco como un verso suelto, José Luis Rodríguez Zapatero, empeñado en una campaña, y bienvenido sea, para frenar los ímpetus del ‘sanchismo’ frente al ‘susanismo’ en el caos en el que amenaza con convertirse el PSOE.

Para nada comparto la opinión de quienes dicen que los ex presidentes se deben quedar en su rincón, quizá en el cementerio de elefantes del Consejo de Estado, calladitos. Todo lo contrario: creo que todos debemos aprovechar su experiencia única, la sabiduría acumulada en el ejercicio de un cargo sin parangón, por muchas deficiencias con que lo hayan podido ejercer. Si alguna crítica se me ocurre -y se me ocurren varias- a los ‘jarrones chinos’ es la de que participan, precisamente, demasiado poco en la cosa pública: no se les ve el pelo en los aniversarios de la Constitución, ni en otros actos institucionales. Escriben poco en tribunas públicas y van demasiado a bien remuneradas conferencias privadas, que no tienen mayor trascendencia.

Por eso, bienvenida sea la crítica de Aznar al PP, aunque personalmente la comparto poco: hay otras muchas cosas que decir de la gestión de los ‘populares’. Y bienvenidos sean los ‘pescozones’ de González y Zapatero a la trayectoria, pienso que nefasta, de Pedro Sánchez. Pero me gustaría que sus actuaciones, escasas y no siempre bien hilvanadas, estuvieran exentas de resquemores, revanchismos, rencores y mala baba. Y no estoy, siento mucho decirlo, seguro de que lo de Aznar en relación a Rajoy, que ahora preside de manera omnímoda el partido que Aznar refundara hace más de veinticinco años, no tenga una buena dosis de todo lo antedicho. Además, claro, de una limitada -pero limitada– dosis de razón, faltaría más.

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