Luis Ventoso

Donald y el lapiz

Todos querríamos fabricar en casa, pero no funciona así

Donald y el lapiz
Luis Ventoso. PD

EN su día, Reagan, como ahora Trump, fue objeto de caricaturas reductoras por parte de la inteligencia europea.

El presidente era un ignorante, un actor mediocre de olvidadas películas del Oeste, al que la Casa Blanca le caía enorme. El cliché pasaba por alto la complejidad real del personaje.

Por ejemplo, en los largos tiempos muertos de los rodajes, el pasatiempo de Reagan consistía en leer manuales de economía. Pero a diferencia de Donald, el viejo Ronald no sentía aversión hacia el mundo académico.

Al revés. Al igual que su socia de revolución conservadora, Margaret Thatcher, sabía que las ideas son el nutriente de una política creativa y admiraba a dos grandes economistas liberales, Friedman y Hayek.

Maggie y Ronald bebieron de su pensamiento y ganaron. Junto al Papa polaco, le dieron la puntilla al comunismo, una ideología que cercena los anhelos naturales del ser humano, y crearon un mundo más libre y próspero.

Milton Friedman fue el inteligentísimo hijo de unos modestos inmigrantes judíos llegados a Brooklyn. Tan despejado era que tras estudiar economía concluyó pronto que las teorías de Keynes, otra de las luminarias de su siglo, eran «bastante naifs».

En sus días de asesor de Reagan, Friedman grabó un vídeo llamado «Historia de un Lápiz» (es célebre, si no lo han visto, búsquenlo, vale la pena). En solo dos minutos explica que la economía de mercado es algo natural, casi inevitable. Con una simple parábola ilustra la grandeza del comercio abierto, del intercambio.

«Miren este lápiz», demanda el sabio, mientras muestra un sencillo lapicero de siempre, amarillo y negro y de goma roja en la punta.

«No hay ninguna persona en el mundo que pueda hacer sola este lápiz», añade retador.

Y luego lo explica. La madera viene de un cedro del Estado de Washington y se corta con sierras de acero, que necesitan hierro. La mina es de grafito, de explotaciones sudamericanas.

La goma fue importada de Malasia, «donde no había árboles de caucho, los llevaron empresarios desde Sudamérica, apoyados por el Gobierno británico».

Hay más: la pintura, la anilla de cobre bajo la goma, el pegamento que lo une todo…

«Miles de personas colaboraron para hacer este lápiz. Gente que no habla el mismo idioma, de religiones diferentes, que podría odiarse si se conociesen, que ni siquiera decidieron hacer un lápiz y a los que no empujó ningún comisario político», concluye.

A todos nos desasosiega que la mayoría de los artículos que nos rodean, del pijama al cepillo de dientes, sean «Made in China».

Por eso será muy popular en su país la cruzada de ayer de Trump para imponer el «Made in USA», grabando con aranceles a las firmas estadounidenses que fabriquen fuera. Pero no funcionará.

Es poner puertas al viento. Obama también lo barruntó. Fue en febrero de 2011, en una reunión con las eminencias de Silicon Valley.

Irritado con el famoso «diseñado en California y ensamblado en China» (lo segundo en letrilla micro), Obama preguntó: «¿Por qué no podéis fabricar el iPhone en casa?».

Steve Jobs, que moriría solo nueve meses después, le respondió: «Ese tipo de trabajos, presidente, se han perdido y no volverán».

Donald necesita un lápiz. Y libros para subrayar.

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