Luis Ventoso

No se entienden las componendas ante los enemigos de España

No se entienden las componendas ante los enemigos de España
Luis Ventoso. PD

UNA lección que enseña la vida es que cuando las personas cuentan con unas ideas claras, sea en la política o en la empresa, las cosas son mucho más sencillas de lo que parecen.

Amancio Ortega, por ejemplo, tuvo dos notables intuiciones, que formuló con claridad y luego ejecutó con eficiencia, austeridad, mucho trabajo y sin pajaritos. Su primera idea fue que se podía hacer ropa de última moda a precio asequible y renovando con celeridad las colecciones.

Una vez que Zara triunfó en España, llegó su segundo chispazo, también de fácil formulación: si he tenido éxito en mi país y el mundo es enorme, ¿por qué no puedo intentar ahora hacer lo mismo en otra nación? Y ahí está. La antítesis de ese modo de operar, la técnica para camuflar la carencia de ideas, también es conocida: crear un comité para estudiar un tema, diluyendo y demorando así la toma de decisiones.

Siempre desconfío de los textos ininteligibles, tan caros a muchos de nuestros supuestos sabios. Selvas preñadas de conceptos enmarañados, entreveradas de latinajos y desbarres «epistemológicos», lastradas por sobrentendidos y madejas inextricables de subordinadas encadenadas.

Muchas veces es solo el cartón piedra que encubre el vacío. Montaigne, Gibbon, Hume, o a otro nivel Ratzinger, o nuestro Sorman, todos escriben con una iluminadora claridad.

Algo similar ocurre en política. A Ronald Reagan le preguntaron en su día cuál era su plan ante la Guerra Fría. «Es fácil. Nosotros ganamos, ellos pierden», contestó. Listísimos politólogos se chotearon de su respuesta, que tal vez suene un poco Forrest Gump.

Pero Reagan estaba expresando su total confianza en la superioridad y honorabilidad de sus ideas y anunciaba a las claras su intención de hacerlas valer. Ganó.

De manera constante, muchos españoles echamos de menos algo así en el modo en que Gobierno y PSOE encaran la abierta sedición contra el Estado que sufre Cataluña. El PSOE es un caso perdido: su aversión patológica al partido que más se le parece, que no es otro que el PP, le lleva a preferir la comandita con los separatistas antes que coaligarse con la otra gran formación que vertebra España.

Además, han inventado una entelequia -el federalismo asimétrico- para situarse en una dañina equidistancia entre los independentistas y Rajoy. En cuanto al Gobierno, resulta enojosa su nueva estrategia de charlotear entre bambalinas con quienes salen de cada reunión con la embajadora Soraya alardeando de que este año harán su referéndum ilegal para romper España.

Aunque sabemos del gusto de nuestra eficaz vicepresidenta por las maniobras orquestales en la oscuridad, se agradecería menos pamplina y más luz.

Al margen de repetir el mantra de que no vale incumplir la ley (¡solo faltaría!), nuestro Gobierno debería hacer un poco el Reagan, dejar la cuestión muy clara cada día.

El proyecto solidario y secular que representa España es mucho más moderno y productivo que un calentón xenófobo contra tus vecinos, que además desborda la ley, por eso el plan es sencillo:

«Nosotros ganamos y vosotros, los separatistas retrógrados, que queréis romper nuestro país y hacer un daño inmenso a Cataluña, perdéis».

No se engañen. No hay otra vía.

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