Santiago López Castillo

Los jueces mandan firmes

Los jueces mandan firmes
Santiago López Castillo. PD

Si usted va por la calle con una bandera de España puede ser objeto de una agresión, de una paliza, y no pasa nada. Pero si usted se caga en la puta España recibirá todos los beneplácitos habidos y por haber, especialmente si los hechos se producen en tierras extrañas donde el independentismo campa por sus respetos.

Tras el caso de una mujer soldado que acusó a sus mandos por acoso sexual, creo que se llamaba Zaida y era capitán, llega ahora el simpático Luís Gonzalo, teniente, en posición descanso, que se pasa la vida criticando con libros y panfletos al Ejército porque hay que acatar la disciplina castrense. Qué diría él si un sargento chusquero le pasara en el escalafón, pues se cagaría en sus muertos. Nada. Paz. Sosiego. Una veintena de jueces ha salido como un solo hombre a apoyarle y a defenderle. Incluida una magistrado que fue diputada por CiU y que siempre me pareció muy sensata. Me refiero a Mercé Pigem.

Todos con el teniente pero todos contra las Fuerzas Armadas, ojala no las necesitéis en un ataque terrorista, Dios no lo quiera. (Los independentistas se arraciman como las abejas sobre el almíbar para saber si sabrá a dulce o a explosivo. Cataluña tiene casi un millón de islamistas que es mucho más que una bomba de relojería). Pero yendo a este supuesto zángano de la colmena, el teniente Gonzalo, la disciplina es una instrucción que se da en todos los órdenes de la vida. Anda que no ha tenido tiempo este oficial para saber lo que era el Ejército. Y si no que se vaya fuera de España donde nuestras tropas dan la vida por la patria.

– ¡Fascista!

Ya le esperaba a usted, zafio, zurupeto, faltón. Hoy ser militar o concejal de ayuntamiento es como meterse en la boca del lobo. Discrepar es más ventajoso que templar gaitas o reflexionar. Aquí prima el populismo. Y si viene un general y se cuadra ante una alcaldesa, pongamos que hablo de la Colau, ésta le saluda con la indeferencia y le hace ademán de retirada, que los soldados no se arrimen a los niños y a éstos nos les quedan ya ni los soldaditos de plomo porque apenas se fabrican. Soy hijo de militar y cuando se me fue le valoré más que por sus condecoraciones. Juré bandera como voluntario en El Goloso, donde estaba mi padre, y al «romper filas» me fui a la tribuna a darle un beso. Como primera medida, me mandó ¡firme! Y yo, con dieciséis años, me quedé lívido.

Sí, teniente Gonzalo, en las Fuerzas Armadas hay mucho de voluntariado y no poco de disciplina. Andaba yo ya por los andurriales del periodismo político cuando le comuniqué a mi progenitor que el Partido Comunista estaba infiltrado en el Ejército:

– ¡Qué sabrás tú, ignorante! – fue su respuesta.

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