Juan Pérez de Mungía

El estado civil de sus señorías

El estado civil de sus señorías
Pareja, matrimonio, amor y divorcio. PD

Las señorías de las Cortes no pierden un segundo de su tiempo sin hacer ideología, ahora que como dice Patxi López, la ideología vuelve a estar de moda, al menos para los candidatos antiguos, como decía Zapatero. Como el papel lo soporta todo, los diputados y senadores indican cuando así les conviene su estado civil.

Cuesta extraer la información, pero ahora podemos tener una vaga idea de si sufren o no mal de amores, y si son o no correspondidos o están definitivamente decepcionados.

No existe ningún reglamento que diga sí tiene que rellenarse y cómo el epígrafe de estado civil, cuestión que pareciera ser banal si es que eso no indicara que clase de calles y charcos pisan nuestros representantes, y de ahí de pisar sabemos como piensan. Igual que las golondrinas de roca en roca, las emociones de diputados y senadores van de boca en boca.

Claro es que no publican, aunque lo sepamos por otros medios, la melodramática disposición de algunos a encontrar parteneres en las redes sociales de intercambio de parejas y sexo múltiple.

Después de todo la jurisprudencia no impone moral alguna más aún en la sociedad descreída que no ha secularizado los viejos valores cristianos, como bien podría haber ocurrido por cierto, por aquello de creer en la naturaleza.

A los muchos que se declaran solteros o indemnes y solteros sobrevenidos, les acompañan otro que como Josep Sánchez Llibre anunció, en una legislatura pasada, haberse casado en segundas nupcias.

No sabemos si haciendo honor a su primer apellido o a su segundo, eso sí, con la carga hereditaria de tres hijos que verán disminuido su patrimonio por la disposición amatoria de su padre. Los hay también que tras cuarenta años de soltería y siete legislaturas indican «vivir en pareja». Con tamaña declaración informal no podemos saber si ha encontrado el amor y con quién, si lo dice como en secreto para la inefable página del congreso o quiere ocultar su orientación sexual no siendo que en las actuales circunstancias existan quienes le quieran correr a gorrazos por ser precisamente heterosexual, ahora que se ha establecido en el gremio aquello de que los heterosexuales también son normales.

El antiguo grupo de CIU antes de haber redimido sus culpas financieras, parece cauto para no reflejar con mayor contundencia las circunstancias personales de sus diputados. Después de todo no se es nacionalista para un trozo patrio, sino también para cualquier otro trozo de la propia identidad. Nos habría gustado que alguno hubiero dicho, «vivo con una señora pero no es mi ama», o «vivo con un señor pero no es mi amo». O incluso «yo soy mi amo y mi ama, así amo a cualquiera y cualquiera me ama».

También hay quien percibe eso del amor como el amor a la crianza. Los hay de todos los pelajes. De pronto un diputado reivindica ser «familia monoparental», una tautología, porque como decían los romanos, mater non duo, y padre siempre es presunto. El popular nombre de Pepe indica precisamente padre putativo, que quiere decir, presunto padre.

La mayoría sigue la norma más convencional y no menos obscura: soltero, casado, divorciado, separado, o viudo. Existe cierta secuencia de eventos que resulta plenamente creíble, pero otras declaraciones pudieran producir perplejidad. Sin más que cambiar el orden de estas declaraciones podemos encontrarnos un galimatías, que es una vertiente elocuente de su capacidad discursiva.

Y desde luego hay quien se cansa de decirle al pueblo su circunstancia. Estos deben ser los que tienen duda sobre su propio estado y prefieren hacer uso del principio constitucional de no declarar contra sí mismos. Y no obsta decir nada sobre su estado civil para reconocer su paternidad con seis hijos.

Estos quizá son los arrepentidos, no dicen nada sobre su estado civil, pero si sobre su contribución demográfica a la nación. Los más modernos anuncian su matrimonio tuiteando, o en su página pública del denominado «Libro de Rostros». Hay mucho rostro pálido en las redes y algún piel roja en el hemiciclo, no por beber sino por hacer el indio.

El Congreso y el Senado es como una red social, y sus páginas de interné no sirven sin mas remedio que para desnudar a sus señorías. Todo sea en favor de declarar intimidades personales y no intimidades económicas, porque ya se sabe que es más difícil hablar del propio patrimonio que del propio matrimonio. Los hijos son hijos y de cuantos hay dependen las leyes de conciliación de la vida laboral y familiar. La sensibilidad de nuestros políticos decae sin remedio. El número de hijos de sus señorías y «señoríos», como dirían los acólitos analfabetos de Bibiana Aido, han descendido de la legislatura X con 571 hijos a la XII con 338 hijos. Puede que sea resultado de la cohorte generacional de los nuevos partidos, a este pueblo nuestro siempre le han fascinado los adolescentes ambiguos, a pesar de que disminuyen en número. Pudieran ser razones de edad tener menos descendientes, o que por pura modernidad sólo se sientan obligados a declarar sólo los que no son bastardos, o sólo los que pueden atribuir a la pareja.

Y todavía hay quien declara «una hija de origen chino en adopción». Obviamente no se trata de un experto en lingüística porque ignoramos si se trata de una oferta, de una demanda, o incluso de una opción ya asumida. Al parecer esto del origen es un plus, aunque lo notorio habría sido decir «una hija de origen gitano». Desde luego estas circunstancias convienen al modo en que pueden comprometerse en comisiones, ponencia y plenos.

Piénsese que mala suerte tuvo la Sra. Bescansa cuando se vió obligada a reivindicar una guardería en el mismo hemiciclo al cuidado de las taquígrafas, porque el Congreso es ese espacio donde debe imperar aquello de luz y taquígrafos, y ya se sabe que no hay hijo sin dar a luz.

Y existen señorías que se explican: «me vi obligada a irme de mi ciudad en busca de una alternativa laboral» que obviamente consiguió en la capital, es decir, en Madrid y no en León. En capitales las hay de primera y de segunda. Fascina ver quien establece enfáticamente «comprometida con la gente» como una razón para no tener hijos ni ejercer de la madre que los parió. Igual que Hitler casado con Alemania, o Putin divorciado como hombre de Estado por deseo y acuerdo de Ludmila. El estado del Estado es en gran medida el estado civil de sus representantes. Si tienen hijos harán por las familias por aquello de que en el actual estado narcisista no puede decirse nada de aquello que no se experimenta, y si no, pues defienden otras alternativas. Las cifras cantan.

Los representantes públicos se han hecho más promiscuos según avanzan las legislaturas, buscan relaciones ocasionales e incomprometidas, o son menos proclives a mantener relaciones estables, frente a los 221 casados de la legislatura X sobre un total de 437 diputados incluidas substituciones, existen en la XII 134 casados sobre un total de 363 diputados, de nuevo incluidas substituciones. El cambio de denominador no puede ocultar la caída.

Debe ser que como decía en Camino el famoso Santo Escrivá de Balaguer, el matrimonio está hecho para la clase de tropa, y así ocurre que Javier Maroto recomienda atacar el problema demográfico, aumentar la natalidad, suponemos que por convicción y por contradicción. El matrimonio es bueno si sirve a la procreación, y da estabilidad.

Desde luego matrimonio y familia, y familia y matrimonio sigue siendo una cuestión esencialmente de derechas, como se sabe. El divorcio y la soltería encaja mejor con los emergentes. Tener hijos ya no es una amenaza si se domicilia uno en Navarra o en el Pais Vasco. Un hijo puede ahora ser desheredado. Recordemos que se puede ser diputado por Madrid y tener domicilio en Bilbao o en Barcelona. Y desde luego no al contrario.

Algo que no sirve para la movilidad de los funcionarios que ahora se ha enterado el presidente extremeño ha dejado de existir. Lo que aquí llama la atención en una retorcida versión de la antología del disparate es que las Sras. y Sres diputados cada día que pasa representan menos a la clase de tropa que constituye la ciudadanía. Hasta en la vertiente mas pura de sus afinidades personales. Después de todo si deciden su salario y sus complementos ¿por qué habrían de tener menos libertad para decidir sobre sus afinidades?

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