Fernando Jáuregui

El (¿prudente?) silencio de nuestros políticos

El (¿prudente?) silencio de nuestros políticos
Fernando Jáuregui. PD

Jamás el mundo había asistido a un discurso como el de toma de posesión de Donald Trump. He leído muchos adjetivos y calificativos (y descalificaciones, por supuesto) sobre ese discurso, que nadie, nadie, excepto, claro, los que ya sabíamos, ha podido apoyar en Europa.

Los medios de comunicación, con muy escasas salvedades, se han lanzado a despellejar ese nuevo ‘América, para los americanos’, pronunciado de forma mucho más tamplona.

Y una de las cosas más graciosas y acertadas que he leído en estas horas corresponde, desde luego, a un ‘cartoonist’, que suelen ser los que más dan en el clavo: «Trump, encantado: es imposible que decepcione». Y, tras el discurso preocupante para lo que pueda venir, resuena el atronador silencio de los corderos, digo de los políticos, de la vieja Europa y, obviamente, de España: ¿exceso de prudencia o cautela recomendable?

Tengo por cierto que, si algunos miembros de eso que da en llamarse ‘clase política’ española expresasen en público lo que algunos les hemos oído en privado, el estruendo hubiera sido ensordecedor: hay miedo. Pura, dura y simplemente. Miedo. Y no seré yo, desde luego, quien critique la posición oficial del Gobierno de Mariano Rajoy, aconsejando ‘esperar’ a ver cómo se desarrollan los acontecimientos en los Estados Unidos.

Lo que ocurre es que eso lo decían, el propio Rajoy y el nuevo ministro de Exteriores, Alfonso Dastis, antes de escuchar la sarta de tópicos demagógicos, egocéntricos y simplistas, trufada con amenazas, que compendió el discurso ‘trumpista’, que tan mal ha caído, al parecer, en las comedidas filas demócratas y en las de los republicanos levantiscos.

América, la profunda y la del progreso, ha quedado (aún más) partida en dos. Y lo que en los últimos sesenta llamábamos en la Universidad ‘el Imperio’, o sea nosotros, anda tan boquiabierto que no ha permitido, al parecer, que representante público alguno de cierta relevancia en la Vieja Europa haya logrado articular palabra.

Aquí, en la vieja España, andamos tan ensimismados con las luchas por el poder intestinas en los partidos, quizá excluyendo al que ocupa el poder, que bastante ocupado anda administrando los problemas que nos vienen, que los políticos no han encontrado tiempo para analizar de manera suficiente (bueno, de manera alguna) lo que está ocurriendo en este mundo occidental, para no hablar del oriental: una América archiproteccionista se alía con una Gran Bretaña aún más aislacionista y tienen enfrente a una China comunista que resulta que es liberal y todo ello se complementa con una Rusia que vuelve a la era grandiosa y despótica de los zares de la mano de Putin, cada día, parece, más poderoso e influyente: ha encontrado a un presidente de los Estados Unidos, nada menos, que ha caído fascinado en las garras del oso soviético, digo ruso, perdón.

No diré que ha llegado la hora de los ‘hackers’ internacionales, porque ya estaban aquí: ahora los harán subsecretarios de Estado. El caso es que la Casa Blanca, esa que ahora confiamos apenas en que esté equilibrada por los ‘contrapoderes’, enfila una nueva era que de verdad es una nueva era, de la mano del personaje más peculiar que ha llegado a la política desde Bokassa, Beppe Grillo, Berlusconi, Chavez o Coluche.

Pero todos ellos o son caricatos o han tenido un poder mucho más limitado que ese individuo de pelo anaranjado que ha revolucionado la ética, la estética y hasta la metafísica de un sistema.

Un sistema que, mal que bien, iba tirando, aunque parece que ha, hemos, abusado tanto de ese equilibrio complicado instaurado en Bretton Woods, lo hemos hecho tan injusto, que hemos acabado por traer al poder, de la mano de los votos, a eso, a auténticas caricaturas.

Ni el más disparatado de los ‘cartoonists’, ni el guionista cinematográfico que inventó a ‘mister Chance’, ese personaje inolvidable, pero creíamos que imposible, de Peter Sellers, hubiesen imaginado esta broma que nos ha gastado el destino. Broma pesada, tan pesada como el increíble discurso de Trump.

Y, ya digo: aquí (y en los países tópicamente llamados de nuestro entorno), punto en boca. Que bastantes problemas tienen los ‘populares’ pensando si mantener a la señora Cospedal en la secretaría general -aunque ya digo que entiendo la cautela del Gobierno del PP-, los socialistas cavilando en si Sánchez triunfará en la plaza de Sevilla, los morados leyendo los insulsos papeles de ‘pablistas’ versus ‘errejonistas’ y ‘bescansistas’, y los anaranjados -hombre, como el pelo de Trump_ preparando su congreso ‘riverista’.

Y todos, mirando hacia Cataluña, que está en el lado geográficamente opuesto a los Estados Unidos. Y así, entre mirar al nordeste y a sus propios ombligos, ¿cómo diablos iban a encontrar tiempo para ilustrarnos a nosotros, el vulgo ignorante, acerca de lo que piensan del nuevo orden mundial que se nos ha echado ya encima de la mano de un marciano con corbata roja, que le llega hasta donde parece tener el cerebro?

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