Ignacio Camacho

Conflicto freudiano en el PSOE y mucha ambición

Pedro Sánchez plantea un plebiscito de legitimidad

Conflicto freudiano en el PSOE y mucha ambición
Ignacio Camacho. PD

Pedro Sánchez quiere desactivar a los barones para construir un liderazgo caudillista

SE trata de una deuda pendiente. El PSOE arrastra desde la caída de Zapatero una crisis global de proyecto, pero sus recientes problemas de liderazgo tal vez no puedan entenderse más que desde la clave de un conflicto freudiano.

Pedro Sánchez nunca quiso asumir que hace tres años ganó las primarias gracias a Susana Díaz y todo lo que ha sucedido después tiene que ver con su empeño de sacudirse un liderazgo vicario.

Para ello planteó su mandato como una falsa lucha de legitimidades entre las bases y el aparato; en vez de unir, dividió y lo que consiguió fue consolidar una fractura en el modelo orgánico. En octubre perdió el pulso frente a los barones y ahora regresa con ánimo de revancha, en busca de un triunfo personal, de un plebiscito referendatario.

Los males del segundo partido español no pueden curarse hasta que no se sustancie ese duelo. Por eso Díaz tiene que presentarse esta vez; si se vuelve a esconder no sólo protagonizará una espantada histórica, sino que dejará sin resolver el colapso interno.

La socialdemocracia vive desde la etapa sanchista inmersa en un atasco que no sólo tiene que ver con su definición ideológica o programática sino con su método de funcionamiento. Un partido asambleario, de corte populista, o una organización clásica de estructuras representativas: ese es el fondo del debate que trastorna cualquier posibilidad de compromiso o de acuerdo.

Ayer, en su postulación como candidato, Sánchez dijo dos cosas que clarifican la posición que hasta ahora venía escondiendo. Una, que su proyecto es «unir primero al PSOE y luego a la izquierda», y dos, que el célebre «no es no» era en realidad «un sí al cambio».

Es decir, que su única estrategia consistía en coaligar un frente con los nacionalistas y Podemos y que la resistencia espartaquista ocultaba (mal) la ambición personal de ser presidente a cualquier precio. Para ello necesitaba saltar sobre las reticencias de los dirigentes territoriales, desactivar su influencia y construir, apelando a los afiliados, un liderazgo de caudillaje directo.

Las primarias del PSOE se convierten así en una batalla de modelos, en la que la verdadera autonomía del partido la tendrán que defender los que no se resignen a depender de Podemos.

El susanismo ya no tiene vuelta atrás; si la presidenta andaluza se niega de nuevo a comparecer o se parapeta en un pacto con Patxi López habrá perdido la oportunidad, la razón y el tiempo. Díaz tiene que salir a escena para dar la cara por su proyecto. La posibilidad de fracasar forma parte de la necesidad imperiosa de asumir riesgos.

El papel medular del Partido Socialista en el sistema político otorga a su reorganización el rango de una cuestión nacional, aunque sólo la pueden resolver sus afiliados. Ellos son los que van a elegir, pero presentar las candidaturas se ha convertido en una medida del sentido de la responsabilidad de Estado.

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