Juan Pérez de Mungía

Que no muera la muerte: Abajo la inteligencia!

Que no muera la muerte: Abajo la inteligencia!
Inmortalidad Co

El negocio de la inmortalidad se abre paso día a día. No dejan de sorprendernos las noticias que muestran el camino que sigue la ciencia para evitar la muerte. O también para provocarla legalmente como si se tratara de un armisticio para vidas cansadas. La muerte ha dejado de ser sagrada. Y la muerte ha dejado de ser inevitable… por un tiempo. Nos anuncian órganos construidos con impresoras 3D, impresoras de piel artificial y prótesis robóticas, interfaces cerebro-máquina y otros artilugios mas sofisticados aparecen en el horizonte, primero como fantasías, luego como ilusiones, más tarde como logros. Nos estamos acostumbrando a no morir, a no hacerlo de forma inmediata sin ejercicio de la propia voluntad. Las enfermedades terminales de antaño se convierten en dolencias crónicas. Arrastramos nuestra vida hacia la muerte. Los sistemas de salud se han hecho predictivos y nos anuncian las catástrofes antes de que ocurran, y así las divas de cartón piedra se hacen mastectomías para evitar cánceres que se les anuncian. Quieren ilusoriamente evitar un desarreglo de la salud presente en la creencia de un destino irreversible. Como el crimen anunciado de Edipo, o de Segismundo. Algunos de los más pudientes se crionizan soñando con volver a una vida que ya no les pertenecerá, que sería otra, extraña, en un mundo arbitrariamente diferente.

Todo tiene sus pies y su cabeza. Morir es tan necesario como vivir, envejecer tan útil como crecer, vivir y morir tan útil como ser. Hacerse viejo en contraposición al Fausto joven eterno que pacta con Mefistofeles es una necesidad, un requisito. Sin la amenaza de la muerte, nada de lo que ocurra merece un recuerdo. Morir es incluso la solución. Tal es el pensamiento del suicida. Y del que amenazada su fortuna despacha su alma para proteger como Ignacio Coca a sus herederos. La biología nos ha hecho vulnerables, y el tiempo adaptados al entorno. Morir no es tan doloroso como vivir y ser y no ser no es un dilema. La muerte sólo es amenaza cuando se imagina o cuando se anticipa. Freud decía que la muerte es el pánico a la castración. Freud era esencialmente machista, si la castración no es una metáfora como la muerte. La castración se experimenta en el envejecimiento.

La ficción nos muestra personajes inmortales, capaces de aguantar golpes imposibles, el fuego y el rechazo a los rayos láser que impactan sobre el cuerpo. Los personajes incluso adoptan una piel humana bajo una estructura métalica, de fibra de carbono o nanotubos del mismo material, solo el cerebro, pendiente de desentrañar del todo su funcionamiento queda como la esencia del ser de los superhéroes. Leemos con incredulidad que ya se preparan los transplantes de cerebro y hay candidatos para apostar a que su cuerpo se lo lleve otro con su cerebro. Desean acudir a esta práctica quirúrgica a manos de otros. Tal vez de un amante para no ser más que el que el otro es. Como si ningún amante nos quisiera vivos. La sabia androide de Blade Runner que desconoce su origen, reivindica sólo su memoria.

Quizás la ciencia avance lo suficiente para trasplantar la conciencia de uno mismo a una memoria de estado sólido, como si uno mismo pudiera viajar en un USB, con sus deseos y miedos organizados jerárquicamente en directorios y al tiempo que alguién pudiera consultarlos desplegando el árbol de la conciencia, el árbol del ser. Es la predicción absoluta de Marvin Minsky, Premio de Fronteras del Conocimiento, el destino final de la metáfora computacional de la mente humana. Imaginar ya no es gratis. ¿Quién puede sufragar su inmortalidad?. Se habla hoy de la pobreza energética, ¿se hablará mañana de la pobreza inmortal?, ¿morirán solo los pobres?. Si solos los pobres mueran pobres de solemnidad como Dios manda, ¿quien puede suponer que vaya a ser necesaria la procreación al menos de los narcisistas ricos?

Abundan los delirantes. No hace falta tener ni el grosor de una uña en la frente para saber que la inmortalidad es finita. Un error de software, la obsolescencia programada, la degradación del material, incluso la extorsión de las mafias para desconectarte de la vida son solo algunos ejemplos sofisticados de como los inmortales pueden llegar a morir. Las copias de seguridad de uno mismo son siempre incompletas. Tan artificial y absurdo como hacer fotos que nunca volverán a verse de nuevo. Alimento para buscadores infinitos que convierten a cada ser humano en dato arqueológico.

Algo más fútil es morir siendo inmortal, porque de lo que se muere actualmente no va a desaparecer; un accidente, un hecho violento, caerse por un barranco mientras trata uno de hacerse un autorretrato. La muerte es así de tonta, se muere por nada, de una manera estúpida como el protagonista de Bajo el volcán, al igual que la vida se muestra a veces tan poderosa que en ocasiones no se muere o se muere porque no se muere. Cuanto le cuesta morirse a un idiota dijo la pareja de estudiantes que jugaban a ser asesinos en juegos de rol.

¿Se imagina alguien a un inmortal hipocondríaco?. La muerte alimenta los cementerios, solo quien quiere olvidar a sus seres queridos los convierte en cenizas; pronto alguien se dió cuenta que podrían existir cementerios en internet y otros se dieron cuenta que se debía borrar a los muertos de la memoria infinita de Google, incluso los muertos te invitan a través de Linkedin a que valides sus aptitudes o reclaman tu amistad.

La muerte, ese bien construido de olvido y memoria, ese trozo de la historia pública o privada de las personas se ha convertido en una perversa virtualización de la vida. Ya no hay derecho a morir, ni siquiera los difuntos pueden celebrar su propio entierro. Morir es indigno y hasta peligroso si no se han pagado todas las deudas.

Jamás se alcanza la paz del olvido, la paz de esas flores secas que alguien deposita cada uno de noviembre sobre esas letras inscritas en una piedra… nació, murió, fué así o fué asá, se está acabando con el bien más preciado, con el único bien que nos queda en propiedad, ya la muerte es un servicio de valor añadido y solo los pobres, al final podrán morir

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