Ignacio Camacho

En su debate caníbal, Podemos sólo habla de Podemos

Su bronca interna es una exhibición de narcisismo político

En su debate caníbal, Podemos sólo habla de Podemos
Ignacio Camacho. PD

Lo escalofriante de la situación, la perspectiva ucrónica que vista desde hoy produce pánico, es que esta gente que no sabe qué hacer con su invento estuvo hace sólo cuatro meses a punto de gobernarnos

A no son pláticas de familia. A medida que la tensión estrechaba la correlación interna de fuerzas, la bronca de Podemos ha derivado en un ejercicio de canibalismo político. El debate sobre el modelo organizativo ha pasado a un pulso de poder.

Iglesias y Errejón comparten, con diferencias de matices, un mismo objetivo que es la destrucción del régimen constitucional, pero lo que en principio fueron diferencias estratégicas se han convertido en una pugna abierta por el control del partido.

Una porfía retransmitida en directo porque la afición a la política-espectáculo impide a sus dirigentes alejarse de los focos y los empuja a una permanente exhibición de narcisismo.

De lo que nadie está discutiendo en esa polémica es de un proyecto de país o de sociedad. En el prolijo arsenal de documentos que confrontan las partes en liza hay una clamorosa ausencia de soluciones o de simples ideas sobre la gobernación de España.

Podemos sólo habla de Podemos: de su naturaleza, de su estructura, de su carácter, de su «misión geopolítica» (sic), de su futuro, de sus relaciones consigo mismo. El populista «partido de la gente» se ha olvidado de los problemas de la gente para entregarse a una terapia grupal autocontemplativa.

Su lenguaje es endogámico, casi tribal, de un alambicamiento incomprensible para quien no participe de su protagonismo ensimismado. Una empanada mental de universitarios con ínfulas doctrinarias que se pelean con la banal arrogancia de la edad del pavo.

Pero esta es la superestructura, que dirían ellos, del conflicto. Bajo ese fárrago autorreferencial late un pulso cainita por el dominio de un potente aparato político.

Aunque da la impresión de que ninguno de los bandos enfrentados sabe muy bien cómo y para qué administrar el notable capital electoral acumulado, sí son ambos conscientes de su capacidad de influencia en una masa social que hasta ahora les ha seguido con fidelidad ciega, impermeable al desánimo.

Eso sí lo tienen claro: pablistas y errejonistas combaten por los galones para liderar una pujante fuerza de choque. Por la supremacía, por la autoridad, por el mando.

Y lo hacen con todos los vicios de la vieja política, engordados por una propensión ególatra al endiosamiento desbordado. Su rápido crecimiento les ha provocado una crisis posadolescente que viven enfrascados en el petulante disfrute de su sobredimensionado rol mediático.

Tan entregados a su propia contemplación que no trascienden sus propios ombligos ni se dan cuenta de hasta qué punto se parecen a los demás partidos, a los que no sólo imitan en las intrigas conspirativas y en la guerra de facciones, sino en el más descarnado fulanismo.

Lo escalofriante de la situación, la perspectiva ucrónica que vista desde hoy produce pánico, es que esta gente que no sabe qué hacer con su invento estuvo hace sólo cuatro meses a punto de gobernarnos.

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