Ramón Pérez-Maura

Lecciones de ética periodística de Juan Luis Cebrián

Sorprenden a lo largo del libro la cantidad de errores factuales y valoraciones inverosímiles que hay en él

Lecciones de ética periodística de Juan Luis Cebrián
Ramón Pérez Maura. PD

CONTRA mi intención inicial he dedicado un par de vuelos transatlánticos a leer «Primera página. Vida de un periodista 19441988» la hagiografía de sí mismo que ha redactado Juan Luis Cebrián.

Quien no tiene abuela está en su derecho a aplicar la máxima de que la caridad bien entendida empieza por uno mismo. Pero aún así es bien triste no tener en la vida algún amigo que te haga ver tu propia desmesura.

Para que no haya lugar a dudas, la cosa apunta maneras desde la misma dedicatoria del libro: «A Daniel, Eva, Juan, Rebeca, Rafael y Teresa; a los hijos de mis hijos, para que conozcan su estirpe». No es para que conozcan su familia, ni a su padre o abuelo, ni a sus mayores, ni a la sangre de su sangre… No. Es para que conozcan la acendrada estirpe de los Cebrián.

La zafiedad de algunos pasajes es verdaderamente notable, como cuando explica que monseñor Eijo Garay extendía el «brazo enhiesto cual divino falo, que culminaba en un anillo», pero requiere mucho ingenio académico hacer ese tipo de frase con doble sentido.

Sorprenden a lo largo del libro la cantidad de errores factuales y valoraciones inverosímiles que hay en él. Así habla de «el ministro de Asuntos Exteriores, Antonio María Castiella, un oscuro democristiano que, junto con su embajador ante la Santa Sede, precisamente Ruiz-Giménez…».

Oscuro e ignoto, porque es difícil sumar más dislates en sólo 23 palabras. Castiella se llamaba Fernando María y es la persona que más tiempo seguido ha ocupado el Ministerio de Asuntos Exteriores en la historia de España: 12 años, 8 meses y 2 días.

Y difícilmente pudo ser Ruiz-Giménez su embajador en la Santa Sede, porque don Joaquín -con quien luego colaboró Cebrián en «Cuadernos para el Diálogo»- estuvo destinado en Roma entre 1948 y 1951 y Castiella asumió Exteriores en febrero de 1952. Minucias.

Igual imaginación demuestra cuando habla de la alcaldesa de Santander que quería «ocultar con velos las cariátides en cueros de la Plaza Porticada». Lo que parece difícil e improbable considerando que desde que se inauguró la plaza en 1950 Santander no ha tenido una alcaldesa hasta… 2016. Qué más da.

Habla de su asistencia en enero de 1985 «a la toma de posesión de Daniel Ortega como presidente de Nicaragua tras el triunfo de la revolución sandinista».

«Tras», pero muy «tras». Porque la revolución sandinista triunfó en 1979 que fue el año que Ortega asumió el poder por primera vez. Y tantos otros ejemplos.

Pero lo verdaderamente increíble de este libro, lo éticamente más repulsivo, es la explicación que da Cebrián de cómo ETA «ofreció» a «El País» una entrevista con el diputado secuestrado Javier Rupérez y cómo él estaba dispuesto a pagar los varios millones de pesetas que pedía la banda por la «exclusiva» -no se la fueran a pisar. No contento con eso, intentó que el propio Gobierno abonara la cantidad a ETA.

A Javier Rupérez corresponde contar el asco que sintió cuando comprendió que el que había sido su íntimo amigo de juventud estaba mercando con su secuestro por una banda de asesinos.

Porque muertos la mayoría de los protagonistas de estas páginas (Ortega, Polanco, Fraga, Areilza, Marías…) Rupérez es uno de los pocos testigos vivos de algunas de las peripecias reconstruidas por Cebrián.

Después de leer esto yo me pregunto cómo es posible que todavía se pretendan dar leciones de ética periodística. A alguno le convendría empezar por contemplarse en el espejo y sostener la mirada.

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