Ignacio Camacho

Hace tiempo que el proceso soberanista catalán entró de lleno en el ámbito de la patología

En la realidad paralela del soberanismo, la ley española altera la normalidad ciudadana como un trastorno colectivo

Hace tiempo que el proceso soberanista catalán entró de lleno en el ámbito de la patología
Ignacio Camacho. PD

HACE tiempo que el proceso soberanista catalán entró de lleno en el ámbito de la patología perceptiva. La construcción de una realidad paralela -una posverdad en la moderna jerga sociológica- ha desembocado en el señalamiento de la normalidad como una perturbación.

La palabra desvarío no es en este caso una hipérbole sino la expresión precisa de un estado colectivo de enajenación que invierte las pautas lógicas del comportamiento democrático.

Se trata del clásico paradigma autoritario que a través de una asfixiante propaganda impone a la sociedad una visión distorsionada de sí misma. A partir de la definición histórica de Cataluña como un pueblo sometido, cuyas ansias de libertad reprime un Estado enemigo de su soberanía, los líderes independentistas han creado con éxito una fantasmagoría paranoica.

Desde esa trucada emocionalidad victimista, el ex presidente Mas alegó ayer ante los jueces que auspició el simulacro de referéndum de 2014 para restablecer «la normalidad ciudadana y la normalidad psíquica».

Es decir, que la prohibición de la consulta obedecía a una especie de desequilibrio mental contrario a la razón y por tanto merecía ser desobedecida. He aquí el epítome del trastorno de la percepción que ha logrado instaurar el régimen nacionalista: las leyes democráticas alteran la estabilidad de la convivencia y constituyen una chaladura arbitraria como una monomanía.

Los demás, todos menos los secesionistas, se han vuelto locos y el orden constitucional representa una anomalía. Por fortuna están ellos, los mesiánicos intérpretes del destino manifiesto, para restablecer la cordura mediante espectáculos como el de ayer: un multitudinario escrache a la justicia.

La normalidad psíquica del soberanismo es, pues, el estado de desobediencia, la impugnación de la autoridad jurídica. La subversión constitucional, la rebeldía legislativa.

La línea defensiva de Mas resulta coherente con esa construcción de independencia mental según la cual las instituciones catalanas sólo responden ante su propia lógica política.

El Estado, la Constitución, la Unión Europea, van a contracorriente de la verdad revelada de la autodeterminación, que Cataluña hará resplandecer con la heroica y persistente voluntad de una nación decidida.

Normalidad psíquica. Si se creyese lo que dice, el antiguo honorable podría, en caso de ser condenado, apelar a la atenuante de disfunción histriónica; pero su discurso no responde tanto a un alegato judicial como a una estrategia de legitimación política.

Lo que Mas y el resto de los separatistas pretenden es continuar enfrentando los conceptos de democracia y ley, profundizar la confusión que garantiza su hegemonía. Han sabido y logrado diseñar un marco de ventaja a base de explotar los recursos de una mitología. Sucede que ellos mismos no se la creen; es una posverdad, es decir, una simple, tosca y vulgar mentira.

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